El cansancio de los hijos de María Mascheroni (Hilos Editora, 2011)

hijos

La sangre de las heridas

Por Mario Nosotti

Este es un libro difícil, escarpado. Hay algo que se muestra pero como ocluido. Uno debe adentrarse lentamente en su sintaxis rota, su belleza torcida de usos y de costumbres. Desde el primer poema aparecen los pájaros, símbolo inexplicable de una fragilidad que es  vuelo y un instante después peso muerto. Vuelo, fragilidad y muerte nivelan a los padres y los hijos. No es que padres e hijos sean frágiles sino que es esa calidad que los vincula ; es ese espacio “estrecho”, “el blanco espacio inquieto de la muerte”, en que los descendientes deberán aprehender la suya propia. Si alguna vez el padre veló el sueño de los hijos, ahora es la hija mayor quien velará el deslizarse del padre en el final.
Esta declinación del padre es una iniciación. La demora en morir nos va adentrando en eso, en “los asuntos de la muerte”. Porque como lectores todos somos hijos; estamos descifrando por la letra un destino recurrente, tan frecuente como desconocido.

Pero pronto aparecen más signos, evidencias que desvían la primera lectura. De un padre que agoniza, y de los hijos que acompañando el trance abrazan con penuria su propia finitud, aparece otra capa. La historia familiar es una piedra cuyos círculos concéntricos se expanden en el agua. La metáfora del ciclo de la vida adquiere resonancias siniestras.

En uno de los poemas, un árbol que revuelve su ramaje recuerda que a su sombra hay una sepultura; pero a la vez se intuye que más allá del árbol  hay un bosque.  El lector desde entonces trata de arrinconar esa deriva, como esos hijos busca lo que insiste en borrarse, “hasta que algo, algo encaje por favor”.
De una muerte privada a la privación de la muerte misma. Aquí se aprende algo: que la separación es límite falaz; hay una pertenencia que excede la propiedad y la sangre. Quién es el padre entonces? Por qué enterrar un pájaro? Será para poder enterrar algo? La hija nunca pudo ver el “vuelo terminado, para entenderlo”, para encontrar el sitio donde al fin descansar.
El pájaro es el gesto postural del que un hijo se apropia para hacerlo morir, al padre; la postura vincula, concentra una hermandad que trae algo de calma. Pero eso  no contesta la pregunta.  Los hijos cavan una tumba con sus manos para tener al menos donde hincarse, “para bajar las cabezas y quedarnos sin padre”.
La muerte que se trata de inscribir entonces no es solo la de un padre. Es esa que se ve “si miro hacia la izquierda”, una generación ahí, “donde faltan las cruces”. La escritura transmuta el vacío que pone en evidencia, lo hace  porque “lo que está escrito escrito está”, el poema es la “página convertida en camposanto y cuna”.
Y aún así, “septiembre llega sin miramientos / y las flores muestran su obligada manera de nacer”. La página 29 es la bisagra del libro: aún con la herida abierta la vida se abre paso, “es como no haber aprendido nada / violentos y vedados vástagos crecen por doquier”. Si este poema fuese una elegía, sería la elegía de contar con lo oblicuo, con lo repetitivo y esencial.

Lo extraño, lo poderoso del quehacer de María Mascheroni es sostener una escritura que no cierra. Hay una indecisión irresoluta que permite el despliegue de un diverso que ya no ha de cuajar. No es que puedan hacerse dos lecturas, ni que haya niveles superpuestos. Es otra cosa. Es algo que mantiene viva la paradoja, que a la vez hace y deshace, hace de lo privado lo político, y de lo universal lo histórico, y viceversa, y todo en simultaneo. No dos relatos sino uno insoportable para nuestra razón.
La poesía permite que la herida no cierre. Para no ser estéril, la mantiene sangrante. Instiga a que los hijos subviertan la impotencia de una historia borrada, en la rabia de andar. La idea de Justicia resulta inoperante. Se resuelve en clausura. Porque Justicia  no puede haber ni habrá. Lo imposible de ver el vuelo terminado les regala a los hijos un duro y un extraño privilegio, algo que no han pedido: “la riqueza de no comprender”.

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