El paisaje interior, Mirta Rosenberg (Ed Bajo la luna)

el paisaje interior

En el filo de la intuición
Por Mario Nosotti

Un libro de los sesenta años –así lo caracterizó la autora hace unos días- es un libro de la depuración, la experiencia tamizada, para llegar a cierta forma personal y plena de escribir lo real. Si en algunos poetas, la obra evoluciona hacia la complejización y opacidad del discurso, en otros lo hace hacia la concretud, presencia y sutileza. Y si bien este libro – el primero en catorce años y posterior a la edición de su Obra Reunida en 2006- participa del estilo que Rosenberg ha venido edificando desde su primer poemario (Pasajes 1984), cierto enclave desde donde se construye la mirada se haya aquí plenamente asentado.
Poesía luminosa, parca, contrastante, de emoción contenida y firmeza de carnes, escrutadora amable e implacable de un paisaje interior – doméstico y gramatical- donde se vive casi. Un casi que es un entre: entre cosa y palabra, entre emoción y objeto, entre gente y lectura de esa gente, entre vida y autobiografía, la escritura devuelve una distancia que “deja en suspenso el egoísmo, desconcierta el vicio del yo”.
El casi es el espacio que Rosenberg escribe. Lo poco que no ha sido consumado le permite arder; está siempre en el filo de la intuición más allá de la cual toda palabra sobra, como dice la cita del poeta José Watanabe “y si mi cuerpo sigue siendo la parte blanda de la montaña / sabré / que aún no soy la montaña”.
¿Y cómo adviene, cómo se habita el paisaje interior? eso es lo que se narra en sus poemas, madrugadas ventosas bajo un cielo lento donde se espera y busca la palabra, y cocinando o hablando por teléfono, sobre todo sentándose. Sentarse es retirarse para estar presente, para desalojar la distracción: “Ahora, más cerca de la tierra, / veo las mismas cosas / pero veo más”.
Si la escritura es algo inciso, consumado, la poesía sostiene su insatisfacción. Se trata de lo haciéndose en lo hecho, en lo sujeto, lo que no deja de venir.
El lugar del sentado, es aquél donde las zanahorias ceden, donde a uno le es dado “no calificar”, solo sentarse y “ultimar la biografía”.
Pero ante todo, lo que construye sentido en la poesía de Rosenberg es una especie de musicalidad semántica, hecha de trayectos cortos donde la rima interna, el ritmo y los rebotes fónicos corporizan el habla. Es por eso que todo lo temático, aparece vaciado en lo preformativo de los actos y de las percepciones. La emoción, los objetos, el cuerpo, recuperan su uso y su luz con la distancia –“emoción aclarada” como dice uno de los versos de su libro Pasajes-. La autorreferencialidad en los versos de Rosenberg, no es la de un yo o de una biografía, sino del propio gesto, de la de la fina mirada sobre sí y los otros. De pronto, emociones y cosas son sin apoyatura, nos es posible verlas sin encarnarse al yo.
El libro se divide en cuatro partes, Cosas que se vuelven nombres, El Paisaje interior, Bestiario intimo –una serie que continúa trabajos anteriores, donde los animales, seres en apariencia iguales a sí mismos, y por eso inubicuos, iluminan la experiencia del que habla- y Conversos – traducciones de poemas de James Fenton, Robert Lowell y Elizabeth Bishop entre otros, y que según ha expresado la autora actúan como agentes activos que comprometen la propia escritura.

Revista Ñ http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/resenas/Paisaje-interior-Mirta-Rosenberg_0_892110814.html

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