Alejandro Méndez

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The smashing machine

Ah el martirio / rosa de nunca / tener hijos a /
quienes llamar / Rocamadour Abel Luke Skywalker.

Ricardo Domeneck

Omar, el más alto de los luchadores,
baila el vals como una gacela
con su compañero Helmut,
el de nariz plana y guantes brillantes.

La música afloja los cuerpos magullados
y provoca las primeras risas;
aunque la mirada atenta de Ulf les avisa
que el recreo está por terminar.

El último compás, el punto ciego
de sudor y caras incrédulas,
es el inicio de la charla técnica.

El entrenador esboza una teoría del miedo
y sorpresivamente les cuenta
su período miserable en la Selva Negra.

Tal como hizo Luke Skywalker
en la Guerra de las galaxias,
Ulf debió luchar contra su padre.

No perdió su mano derecha,
ni su espada láser
ni siquiera cayó por el pozo de ventilación
de Ciudad Nube;
pero recibió de él algo más duradero:
su brutalidad simétrica, el roce ominoso
del sexo.

El silencio en el gimnasio es absoluto.
Saben que lo que acaban de escuchar
contribuirá a su fortaleza.
Será el combustible necesario
para ganar las peleas del fin de semana.

Un grito inhumano
sale de la garganta de Ulf,
para luego retomar la charla
como si nada hubiera ocurrido.

Les menciona a un famoso griego,
y repite -como el estoico-
que toda la filosofía se basa
en dos palabras:
soportar y abstenerse.

Bajo los tilos

Me mostró la carta del cementerio:
había que levantar tus huesos
ya vencida su estadía terrenal.

Ella había asegurado el pedazo de tierra
con una hilera de tilos, sin imaginar
los actos que íbamos a representar;
tu nueva categoría de insepulto.

La casa estaba helada
y una sola lámpara encendida.
La impaciencia nos llevó
hacia el muro detrás de las vías.

Un cicerone municipal señaló la cruz
apoyada en la tumba vecina.
Cerré los ojos y busqué refugio
en la avenida bajo los tilos.

Se escuchó el estruendo de la pala
en la madera podrida del cajón.

Por fin te iba a conocer.

El empleado separó la osamenta
y extrajo una media negra.
La exhibió a la luz del sol.

Ella me tomó de la mano;
por las dudas te negué tres veces.

El montículo de tierra, las flores secas.
Todo daba vueltas.

El centro del mundo
en la avenida bajo los tilos.

Osario

Los tilos acapararon mi atención,
pero igual vi el fogonazo
del calcio alumbrar la mañana.

La herencia que nos dejaste
estaba compuesta por el cráneo,
los metatarsos y la mariposa
completa del coxis.

Un testamento óseo que ella
púdicamente ignoró. Mi hermano,
en cambio, admiró su resistencia.

Después llegó la tarde y el nicho
brilló como la proa de un rompehielos.
También estuvo el viento que se llevó
las flores hasta pulverizarlas.

Escondido en la casilla del cuidador
fui el sonámbulo del camposanto,
cerca de la zanja y de los truenos.

La navaja de Ockham

¿Qué formas?¿Cómo habitará la materia
el espacio por donde te esparcirás?
Las posibilidades incluyen al grano
que algún día llevaré a mi boca.

Guillermo de Ockham desde el más allá,
como vos, me pide reducir las hipótesis
a su mínima expresión.
Podar lo accesorio, arena de las flores.

Con su voz de muerto ilustre
relata la madrugada de Mayo de 1328
en la que huyó de Avignon y del Papa,
con el sello de los franciscanos en su pecho,
para buscar la protección del emperador.
Le dijo: “defiéndeme con la espada
y yo te defenderé con la pluma”

La misma fórmula que usé seis siglos más tarde
para asociarme a mi primo, galán y líder juvenil,
una tarde en el club barrial. Fue el grito de guerra
de un erotismo auto-sustentable. Quid pro quo.

Alianza que atravesó el estertor de la edad.
Di argumentos a su belleza para hacerse soberana
de mi inconsistencia muscular.
Recibí al héroe en canchas de fútbol tristísimas,
sin laureles y el hambre intacta.

Guillermo de Ockham me dice que hay que llevar
la eficiencia de la razón a su grado máximo;
de modo tal que si uno se encuentra en una ciudad
y escucha galopar, sólo pueden ser caballos,
y no una manada de cebras.

A pesar de tener su navaja cerca de mi platónica barba,
lo desafío y pierdo el rumbo en la duda que me acuna.
Pienso en dos cosas: las cebras posibles y vos resucitado.



Alejandro Méndez nació en Buenos Aires, el 23 de Agosto de 1965. Tradujo a Francis Ponge El Asparagus (1993).
Publicó los siguientes libros de poesía: Variaciones Goldberg (Ediciones del Dock. Buenos Aires. 2003); Medley (Suscripción. Larga distancia. Barcelona. 2003). Tsunami (Crunch! editores. México. 2005). Chicos índigo (Bajo la luna. Buenos Aires. 2007). Obtuvo el accésit en el Primer Concurso Internacional de Poesía El Buscón, organizado por Ediciones Liliputienses (Cáceres-España), y como consecuencia de dicho galardón Ediciones Liliputienses publicará próximamente el libro Cosmorama.
Coordina la primera curaduría autogestionada de poesía contemporánea argentina: http://www.laseleccionesafectivas.blogspot.com.
Su blog personal es: http://www.chicosindigo.blogspot.com

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