Los rieles. Aurora Venturini. (Mondadori,2013)

Los Rieles. Aurora Venturini.

por Mario Nosotti

Una operación quirúrgica intenta reconstruir la rota humanidad de una mujer. Los médicos la dan por muerta. De un golpe descendemos hasta antros infernales dignos de Dante o Catalina de Siena, con toda la parafernalia de parrillas y seres de tormento, y con Monsieur Le Diable, un satán bisexuado que decreta que todo acabó. Pero la condenada se resiste, una y otra vez grita, “ No estoy muerta!”, y el conjuro da voz a una palabra que tuerce la visión. Así empieza Los Rieles, la novela de Aurora Venturini –autora de una obra febril recién visible a partir del premio otorgado a su novela Las primas en 2007 – , y desde ahí viajar por los estados del daño y la desolación será la regla.
La narración se mueve todo el tiempo en el límite difuso del sueño y la vigilia, la realidad ordinaria y lo alucinatorio. Mejor dicho, la realidad jugada hasta su extremo es alucinatoria, tanto como el presente se arma con los recuerdos y las evocaciones. Siempre está el riesgo de creer que todo lo que escribe Venturini es autobiográfico. Es que en el universo Venturini –único en la literatura argentina- la única verdad es la textual; el personaje público –la amiga de Eva Duarte, de Sartre, la que habla de su vida en entrevistas, o más recientemente en un documental- y el sujeto discursivo, todo aparece “narrado”, como si sólo a través de la letra se pudiera dar cuenta ese ente sospechoso que llamamos autor.

Los Rieles es una novela enorme, desaforada y sutil a la vez. La trama principal se va hilvanando en puntos de sentido separados por largos meandros que son como derivas de esos núcleos. Los tiempos van y vienen, la historia principal se retoma y se deja, y la novela crece por oleadas que avanzan sobre un continente virgen para el lector, pero superpoblado de sucesos que el narrador recrea como si fuese alguien que vivió varias vidas.

Luego del accidente la mujer “ya en el límite de todas las edades” nos cuenta cómo fue envenenada y posteriormente robada de todos sus ahorros por parte de su maquiavélica cuidadora, Inés Orete. A partir de esos hechos, el narrador rearma la historia de su vida como quien junta los pedazos de un cuerpo roto.
En un mundo básicamente hostil y deforme, amenazado por el daño consciente y la decrepitud, la salvación proviene de la literatura. Ella es no sólo la posibilidad de fuga hacia la ensoñación y la belleza, sino también la instancia de reivindicación social y personal, de vínculo y de resistencia. Aun cuando en la larga rehabilitación hospitalaria la paciente se sienta devastada, su aura de juventud brillante y atrevida le permitirá sortear una vez más el trance.

Leer a Venturini es una de esas experiencias de las que no se sale ileso. Sintaxis torsionada, extrañísimos desvíos en la lógica de los tiempos verbales y un cierto barroquismo tensado entre el humor y lo ordinario, donde el lujo verbal y la imagen más seca conviven en el diestro manejo de la frase.
El primer amor -”ese gran difunto”- , las amistades literarias, Rilke, los viajes, un encuentro melancólico con Borges, y esas epifanías que le imponen un manto momentáneo al desamparo, son como la cuadricula del plano de una ciudad a punto de volverse irreal.
Más que la decadencia física, el gran tema del libro es el miedo, más que el miedo, el terror, los “golpes en la vida tan fuertes” –Vallejo dixit– y en el fondo de todo, la muerte como una sombra teatral.
La fruición de la letra en Venturini es un mal contagioso, una especie de peste que puede convencer al más indiferente de lo deseable de vender su alma a la literatura.

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