El club de los poetas

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Ojo de tormenta, la colección del colectivo editorial platense Club Hem, es un mosaico de voces en constante crecimiento. Hasta aquí diez autores, donde puede atisbarse un panorama de lo que está pasando en la poesía argentina. 

 

Se sabe, no es novedad, la poesía se mueve. Es una de sus características, la de autopropulsarse y nutrirse a través de editoriales nuevas, festivales, ciclos, blogs. El intercambio es incesante. Por eso hacer un mapa de lo que está ocurriendo es casi siempre empobrecer el cuadro, dejar afuera. Se puede sin embargo dar cuenta de algunas sensaciones, entrever  dinámicas y climas que se van asentando.  Digamos que hace ya algunos años algo viene cambiando. El tiempo de las tribus y cierto sectarismo ha dado paso a un panorama de mayor libertad.  La mutación de las redes sociales genera un intercambio y una horizontalidad donde todo se mezcla. Esto suscita una riqueza y una heterogeneidad pocas veces vista. Corrientes generacionales, poéticas y nombres faro se han fragmentado en algo mucho más permisivo, menos atento a la sanción de un medio o línea dominante. Si esto puede dar resultados desparejos, lo cierto es que permite un cruce que estimula la búsqueda personal y la experimentación. De todos modos, a la hora de escribir el poeta está solo. Ya lo supo muy bien Pasolini: es necesario amar la soledad.

 

El realismo entre comillas

Si tuviésemos que arriesgar algún rasgo en común, sería la reformulación de cierta forma de abordar lo real – que abarca los objetos, la memoria, la percepción, lo espacios geográficos y anímicos- como motor que hace avanzar la escritura. Poesía indagatoria, que tensa los alcances del realismo y extiende su dominio. La pasión por lo real se asocia a lo imaginativo, sus límites son lábiles; ya no se trata tanto de hacer visible cierta coyuntura, sino más bien de explorar la multidimensionalidad de cualquier hecho, en unos márgenes que van de la microscopía hasta lo macro, lo telescópico. La narratividad es otro de los elementos clave. Lo que está en juego son formas de contar, de modular historias a través de deslices, gestos, relumbrones biográficos. Ya hace ya mucho que la poesía se hace luchando contra sí misma. Si bien hay excepciones, la tendencia es hacia un lenguaje nítido, sutil pero potente, donde el lirismo talla en la extrañeza de las cosas concretas. El referente, ese animal que en la poesía puede hacer estragos, es ahora un elemento cuyos límites se difuminan, dando por resultado una mirada física y vital, superadora de ciertos dualismos (objetivismo-subjetivismo, poesía-prosa).

Ojo de tormenta, la colección que desde el año 2015 dirige la poeta Celeste Diéguez para Club Hem, editorial independiente de La Plata, es parte de un tapiz semoviente por el que pasan poetas de distintas edades y momentos escriturales, unidos sin embargo en la vigencia y solidez de sus propuestas. En cada libro se agrupan dos autores cuyos textos dialogan, no solo por la coexistencia espacial, sino porque el criterio editorial ha sido casi siempre agruparlos teniendo en cuenta correspondencias estilísticas. Los prólogos –escritos por poetas reconocidos– proveen claves y despliegan sentidos que, lejos de dirigir o unificar perspectivas, las expanden.  Otra cosa llamativa es el diseño: cada una de las  tapas coloridas es  un fragmento de un mural de Rodrigo Acra, artista visual platense. Cinco libros entonces, que en realidad son diez. 

La selección

Omar Chauvié, el doble prologuista del volumen que reúne Desiderio, de Germán Arens y Bosque chico, de Marcelo Díaz, da cuenta de la malla constructiva en la que estos poetas disponen sus materiales en una voluntad común: hacer de la imaginación un instrumento capaz de relanzar saberes y órdenes del discurso.  Por un lado, el viaje intergaláctico hacia Desiderio, una luna – “una de las tantas desconocidas de Saturno / una joya en el cielo”-, para hacer una especie de informe donde pueden cruzarse la ficción espacial y un corral de la pampa. Por el otro,  las postales de un mundo (el nuestro) en extinción, como un atlas vital donde Marcelo Díaz asume la voz informativa–capaz de devolver fosforescencias-  de un viajero que narra  los movimientos íntimos de las especies.

Romina Freschi, poeta que ha mutado hacia una voz más densa, rasgada en la vivencia autobio- gráfica, sin renunciar al juego de los significantes, sale a rodar con  Có(s)mico, un libro cuyos versos dan cuenta de la  espera, ese arduo trajín  para hallar sus palabras. Como un astronauta de su propia vida (como Laika, la primera perrita espacial, la heroína a la cual está dedicado el libro) el yo poético surca lo incierto de un espacio que incluso puede ser el propio cuerpo. Esa mirada puesta en lo concreto, que alumbra lo que está más allá, se liga con El gaucho celeste, poema en el que Mariano Massone transforma la planicie pampeana en un territorio afectivo e hipnótico, un campo sideral que –como advierte Roberto Echavarren-  lo emparienta –de un modo más meticuloso y parco-  a ese otro criollo universal, Francisco Madariaga.

En Volver a la escuela, Diego Vdovichenko, trabaja sin ambages la jerga juvenil para escribir la crónica de un joven profesor que intenta acercar la poesía a los adolescentes de una escuela pública en La Plata. Como dice Claudia Masin en el prólogo, el acierto  está en el punto de vista del protagonista, que no es irónico ni condescendiente, que no está por encima, modos por cuya ausencia “mucha de la poesía del ’90 ha envejecido muy mal”. En contrapunto, la imagen de memoria fracturada en Todo el tiempo de cero, de Paula Peyseré, técnica involuntaria para quemar los restos de una historia de la que asoman partes de una mirada o cuerpo.  

Escombro, de José Villa – una de las propuestas más radicales de la serie-  es un inventario de discontinuidades, rastros sin ninguna otra amalgama que no sea un elusivo resplandor. (“dolor traducido a formas / lentas que no terminan de incrustarse”). Poesía, la de Villa, ajena a cualquier pretensión de plenitud, en versos que se escriben en una sintaxis sutilmente torsionada y esquiva. Y en el anverso el lirismo preciso y lumínico de Klimt, de Carina Sedevich, que reinventa -como dice Silvio Mattoni en el prólogo- las formas cotidianas de decir el amor: “es invierno todavía. / El ruido de la estufa / funcionando / es el amor.”

Noticias de la belle époque, el esperado libro de Mario Arteca, echa mano del discurso argumentativo para dislocar su lógica y crear una nueva, hecha de fragmentos y fulguraciones que devienen instancias afectivas; “mosaicos, imágenes potentes-dice Horacio Fiebelkorn- que problematizan, trituran, el mismo discurso en el que viajan”. Y  acompañando a Arteca, una de las revelaciones, la libertad asociativa, la percepción imaginante de Ana Claudia Díaz, que en Una cartografía de la insolación, fecunda referentes para devolverlos a su impulso lúdico, una verbalidad que –en palabras de Reynaldo Jiménez- “implica un tipo de experiencia ampliadora”. Como muestra, el final del poema Deshielo: “la tempestad es todo aquello / que enceguece la vista y la vuelve un torbellino /una criatura tratando de sacar la cabeza del agua / para respirar en medio de una fuente”.

 

Ana Claudia Díaz nació en Santa Teresita en 1983. Publicó Limbo y Conspiración de perlas que trasmigran.  Mario Arteca es periodista radial y gráfico, vive en La Plata y es autor de más de diez libros entre los que se destacan Guatambú, Bestiario búlgaro y El pronóstico de oscuridad. Mariano Massone, nació en Luján y ejerce el periodismo. Romina Freschi, comenzó a publicar en los’90, dirigió la revista Plebella y publicó Redondel, Solaris y Marea de Aceite de Ballenas  entre otros. Germán Arens es de Bahía Blanca, entre sus libros hay títulos del tipo Siempre creí que los zombis eran los protagonistas de un subgénero del cine de terror clase B. Marcelo Díaz, Río Cuarto, Córdoba, es autor de La sombrilla de Wittgenstein, Newton y yo y El fin del realismo. Paula Peyseré es porteña, nació en 1981. Llorona, ¡España, qué hermosa eres!, Las afueras, Telepatía  son algunos de sus libros. Diego Vdovichenko, nació en Rosario del Tala en 1985. Es docente en escuelas públicas. Publicó Hasta acá, Creo en la poesía y forma parte de la Antología 30.30 poesía del siglo XXI  (EMR). José Villa fue director de la revista 18 Whiskys. Algunos de sus varios libros fueron  reunidos en  Camino de vacas (Gog y Magog, 2007). Carina Sedevich  reside en Villa María, Córdoba, publicó entre otros La violencia de los nombres, Como segando un cariño oscuro e Incombustible. Para este año se anuncian  títulos de Reynaldo Jiménez, Liliana Ponce, Luciana Caamaño, Matías Moscardi, Alejandro Rubio, y siguen las firmas.

Mario Nosotti

revista Ñ (12/03/2016)

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Extraneza-cosas-concretas_0_1538846125.html

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