¿Dónde estamos?

El siglo XXI carece de preguntas trascendentes. La mayor parte de la gente vive sabiendo lo que tiene que hacer, o al menos cree saberlo, y en última instancia, en todo caso, actúa con cierta seguridad sobre su destino, considerándose bendecido, elegido, tal vez maldito. Las preguntas genéricas son reemplazadas por preguntas individuales, y estas se responden con ejercicios retóricos o exhibicionismos, a veces algo fuera de control. ¿Cómo consigo esto que quiero? parece ser la pregunta guía. ¿Cómo puedo ser feliz? es otra gran interrogación. Ante todo resolver problemas técnicos de funcionamiento. Por qué debería ser feliz o por qué quiero tal cosa, son las preguntas que hay que evitar.
El deseo como producto ideológico, más que como instinto u afirmación vital. Necesitamos guiones que nos permitan funcionar bien, lejos de cualquier exceso y sin faltas. Y en el caso de tener capital, nuestras respuestas pueden ser sencillas, los guiones fáciles de seguir. Y si no nos queda más remedio que funcionar mal, el imperativo de demostrar que funcionamos bien: fotos alegres, un consumo suntuario, un atardecer. Algo que nos oculte detrás de las fantasías que impulsan redes sociales tranquilizadoras. Las expresiones incontroladas de buenos y malos deseos, la apelación a emociones generales y las ostentaciones compulsivas, no dejan de traslucir una persistente y anormal inquietud por la normalidad, fortaleciendo un rasgo neurótico habitual en la sociedad capitalista: la loca sospecha del goce del otro. Querer ser normales y felices.
Las preguntas genéricas sobre el estado de la humanidad no nos conciernen, es jurisdicción de las ciencias sociales y de datos que no podemos tener en nuestra cabeza. Resolvamos nuestra vida, no pretendamos resolver los problemas del mundo, es el sentido común aprobado en estos tiempos. Pero veámoslo con detenimiento, ¿qué significa este inconsciente exceso de individualismo? ¿En qué tiempo estamos?
Si la posmodernidad es el fin de los grandes relatos –“no pretendamos resolver los problemas del mundo”- su contraparte no parece ser otra que la entronización de los pequeños relatos; porque el fin de los grandes relatos es el fin del dominio del sujeto genérico -la humanidad como sujeto fundamental- reemplazada por el individuo como sujeto fundamental. El objetivo sigue siendo el mismo: alejarse un poco de la realidad.
El relato de la ciencia, de la religión o del marxismo no tiene por qué ser más fantástico que el relato sobre el progreso personal, la libertad y la autodeterminación de las personas. Todos estos relatos pueden ser mentirosos, cínicos e imprudentes, pero en lo que respecta al último relato -el relato de nuestro tiempo- de la libertad individual, necesita de un sujeto ideal que sólo puede construirse por conductas alienadas. Un tiempo individualista implica necesariamente un tiempo de rebaño. Y así como el relato de la ciencia se volvió contra el espíritu científico, el relato de la religión anuló la experiencia religiosa, y el relato de la revolución generó sistemas contrarrevolucionarios; el relato de la libertad individual parece
generar la sociedad con menos libertad de pensamiento y menos libertad de acción que se pueda recordar, al ser condicionada por estudiados guiones que pretenden garantizar esa “libertad” como producto ideológico –como percepción falsa de sí mismo- más que como auténtica experiencia. Es notorio que las personas exitosas siempre hablan de libertad, cuando
su adicción al éxito y a los guiones impuestos, implica un profundo desprecio por la libertad, y todo lo que ésta tiene de incertidumbre, de camino incierto, de riesgo supremo. Para miles de peregrinos, la Meca es el guion. La frialdad del corazón dijo el poeta. La conducta exitosa
previa. Nada que ver con la libertad.
Es el éxito quien confirma la libertad. Y si tienes éxito, es porque fuiste lo suficientemente libre o vives en una sociedad libre. Confirmación de tu libertad y de tu valor, como en un cuento de hadas. Te lo mereces, metafísica pura y dura, justicia trascendente. Aclaremos un par de cosas:
la reacción conservadora al laborismo impulsada por Margaret Thatcher fue la que favoreció y promocionó la percepción generalizada de los pequeños relatos de los triunfadores, para romper la solidaridad de clase. Desde los 80 para aquí se vuelve norma en Occidente relacionar el mérito con la libertad, alejándolo de sus profundas raíces en la voluntad divina y
la predestinación; pero manteniéndolo dentro de la metafísica, pues sigue operando como justicia trascendente en la percepción ideológica de pequeños y grandes propietarios. Décadas antes, la libertad era otro cuento: su riesgo e imprevisión, su potencial de transformación, su
impredecibilidad, su situacionismo, su existencialismo, su peligro, su inestabilidad. Lejos del logro, la justicia o el mérito, la libertad era una experiencia en sí mismo: no subordinada. La experimentación social, política y artística no parecía sujeta a estrategias de marketing. Lo
decisivo no era ganar ni vender, sino tener experiencias fuera del ámbito mercantil. Los relatos de sí mismo importaban menos que la experiencia consciente, lo fundacional interesaba más que lo institucional. La experiencia de una vida consciente de todas sus felicidades y
desgracias, sin ningún merecimiento y con propias palabras, ya era una señal inequívoca de valor, que no requería ningún relato sobre el valor. Hoy el mundo se desvive en relatos de valor personal. Valores sospechosos.


En el siglo XIX todavía se podía preguntar a la gente -e incluso a la gente le interesaba comunicar- cuál era su patrimonio familiar, incluso su renta anual. No era desubicado, se buscaba una información real sobre la posición de la otra persona. No se temía demasiado al
respecto, pues nadie sentía la imposición de camuflarse y actuar distinto a su posición. Pues en líneas generales, ya en el siglo XX al que no tiene le falta – y siente en consecuencia la compulsión de actuar- la sensación de logro y recompensa; en tanto que al que tiene habitualmente le falta – y siente en consecuencia la compulsión de actuar- la sensación de mérito o el duro esfuerzo del laburante, del que no tiene capital ni propiedad, del que trabaja por mera supervivencia. Los discursos ideológicos del siglo XX se establecen en relación al trabajo como actividad, negando la condición del trabajador, favoreciendo una perspectiva de trabajo general que evita la distinción existencial entre trabajador y propietario. Se puede decir que la literatura del siglo XIX, en cambio, está repleta de ejemplos, donde la fidelidad a la situación económica es una preocupación primordial del escritor, muy lejos del siglo XX, donde en la mayor parte de las narrativas de cualquier índole -tanto personales como literarias- la realidad del dinero es casi un tabú y todo se vuelve abstracto. Las personas triunfan o fracasan
por factores donde no parece incidir en lo más mínimo el acceso u falta de acceso al capital, sino el mérito y el esfuerzo o fatalidades diferentes al dinero que construyen la percepción de individualidades puras, sin contaminación de otras variables. No sólo el lenguaje coloquial apoya estas impresiones, distorsionando las realidades económicas y sociales, sino que
también lo hace la mayor parte del cine y la literatura, por alejarse de aquel fenómeno que atraviesa casi toda la literatura del siglo XIX: la realidad del dinero, separada de cualquier noción de mérito. Como realidad independiente de las personas, como fatalidad.
Desde el siglo XX se acostumbra a preguntar a la gente de qué trabaja o a qué se dedica, como si el trabajo tuviera una relación directa con el dinero, es decir: más trabajo más dinero, menos trabajo menos dinero, en sentido cuantitativo y cualitativo. Forman la visión ideológica del mundo con un lenguaje que naturaliza una percepción falsa, que habla como si el dinero no tuviera una realidad independiente del trabajo, como si el trabajo no tuviera una realidad independiente del dinero. Como si no tuviera ninguna incidencia en el mérito personal el carácter de la distribución estatal de la riqueza, la información privilegiada, la herencia o las inversiones familiares. Nace el discurso ideológico del propio esfuerzo recompensado, con el inconfesado fin de fomentar la sospecha de desmérito en la falta de oportunidades de los menos favorecidos. Desfavorecidos que también asumen este discurso, sin saber que los perjudica seriamente, que asumen una lengua extranjera en la que no van a poder hablar con soltura. La ruptura de la solidaridad de clase se consuma y arrastra incluso la solidaridad familiar. Es el triunfo ideológico del thatcherismo: la aparición de los pequeños relatos, que comienzan a ganar cuerpo hasta llegar a su fase exhibicionista, su deriva insana, su violento narcisismo, catalizador de la disgregación social en el siglo XXI.
La famosa opacidad de la sociedad capitalista no se limita al sistema financiero: consiste en elaborar relatos de triunfadores o de perdedores que se hicieron o se deshicieron así mismos, negando la incidencia del capital o la redistribución en sus vidas, como si fueran entes autónomos y responsables, como si la percepción de la realidad social se construyera con
matices legales, como si se pudiera entender del mismo modo que una percepción legal. En parte se explica porque esta percepción no suele distanciarse de la percepción ideológica dominante: para el derecho romano el esclavo es lo mismo que para el romano.
Y tampoco la industria cultural o las artes exponen la incidencia del capital en el triunfo o el fracaso personal. Es hora de sospechar que estamos ante el principal relato ideológico de nuestro tiempo, lo intocable, la imagen religiosa. Todo Hollywood se basa en la construcción de ese relato: la persona que se hace o se deshace así misma. Self made man. Caso marginal
para las estadísticas promocionado como ley general del capitalismo. Pero no siempre las cosas fueron así. Cuando el sistema todavía no se había ocultado tras relatos ideológicos, la literatura del siglo XIX supo cómo funcionaban las cosas, sin necesidad de recurrir a ninguna teoría social o política, por simple observación de la realidad. Si hoy comparamos los relatos de las grandes producciones cinematográficas con la realidad, cuando se basan en hechos reales: las variables ajenas al mérito o al desmérito parecen borradas de la historia, censuradas. El individuo se encuentra fuera de la Historia.

Editorial del número 2 de la revista Autodidactas, publicación bimestral editada en Villa Merlo, San Luis, escrita, editada y diseñada por Juan Manuel Iribarren.

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