Fernando Gabriel Caniza

Caniza foto

 

Para encontrarse

 

Algún día, tal vez no importen

reglas virtuales de esta ciudad

algún día tendremos alternativas

al diseños colonial de las calles.

Algún día un urbanista nacido

de las entrañas de un árbol añoso

transformará en laberintos borgeanos

este bloque de líneas rectas.

Así podríamos evitar el

código de los negocios

desandar legados de virreyes

producir organismos

sinfines mutantes.

 

En una pequeña parte

del territorio, por el momento,

la clave es: salida a paso lento,

avance, retroceso, giros inesperados

sin objetivo aparente, explorar

algo nuevo en las mismas coordenadas.

Si te movés por Ballivián el destino es

Ginebra. Aunque, si la idea es seguir

hacia Liverpool, entonces llegarías

a Londres. Y al decidir un camino

recto, insólitamente, se proyecta

Dublin al sur. Pero cuando

preferís zapatear por Bauness

es mejor un giro a la izquierda

y no retroceder a Cádiz.

 

El miedo a perderse

intimida a taxistas, carteros

y guardianes del orden.

En cambio, es atrapante

para quienes deciden buscar

su propio monstruo,

en el laberinto de sus palabras.

Sin temor al desvarío

porque todos sabemos, de todo laberinto

Siempre se sale por arriba.  

 

de A nadie le importa (La Gran Nilson, 2016)

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Germán Arens

Aresn tapa

 

Ayer, después de muchos años volví al pueblo.
Las casas conocidas están deterioradas.
En la ruta, como todo lo que queda expuesto,
había notado el abandono de las estaciones
de servicio de Gaviotas y Algarrobo.
Así pasé el día buscándome en lugares que no existen,
o quizás existan como la historia,
debajo de los lugares que ocupa el presente.
Entrada la tarde pasé por el puente viejo
y me reconocí en un chico que pescaba en el lugar
donde van a parar los apósitos del hospital.

*

Yo llegaba y la perra se reía.
La perra era mi perra como era mío el pueblo,
mi casa, mis amigos y familia.
Un día todo empezó a irse y un día me fui yo.
Cuando desperté estaba rodeado de camas.
Miré por una ventana y las flores amarillas eran tantas
que si no hubiera sabido que eran flores
les habría dicho sol.

*

Desde las bardas
la quietud es la misma de siempre.

*

Todo estaba en mi cabeza.
El pueblo podría ser otro pueblo,
Un desplazamiento de partículas hacia adelante.
Mañana buscaré a mi perra.
Si no hay huesos habrá un rulemán.

*

La copa del árbol que fuera parduzca
es ahora rosa como los lechones.

 

 

De ¡Oh , qué lugar más bello! (Barnacle, 2017)

 

Versos para leer en voz alta

Poesia estatal tapa libro

sobre Poesía estatal de Osvaldo Baigorria (Ivan Rosado, 2016)

 

A lo largo del tiempo, Osvaldo Baigorria ha venido transitado géneros diversos (novelas que son crónicas autobiográficas –Correrías de un infiel,2005-, biografías excéntricas –Sobre Sánchez,2012-), casi siempre para interferirlos y renovarlos. Sus libros son habitualmente intervenciones en lo que, a través de la desacralización,  la irreverencia y la más descarnada honestidad, el autor nos arroja su versión de un estado de cosas.

En este caso, otra vez, no se trata del habitual libro de poemas, sino de versos compuestos para ser leídos en público en distintos espacios (institucionales y no tanto) a lo largo de cuarenta años. Poemas de ocasión, entonces, que según nos advierte el autor, probablemente no se sostengan en el papel, como letras de canciones exhumadas de su música. Y sin embrago, para el lector que curioso se interne en estas páginas, los poemas construyen su propio universo. La lengua es para Baigorria una oportunidad de juego y experimentación, de tensar límites, pero además de generar encuentros, vínculos. Cantos intraducibles, mensajes libertarios, invitaciones a la desobediencia, lo anárquico que se abre al mestizaje donde se dan la mano Adorno y la gauchesca, donde dialogan Ginsberg y Perlongher,  y sobre todo el humor -un humor que puede ser denso y cavernoso, obsceno y gástrico-  cuya misión es corromper toda falsa importancia, alivianar el peso colosal que se nos viene encima al escuchar palabras como Estado, Cultura, Militancia, incluso la palabra poesía (“no tengo la más parietal, puñetera, fucking idea / de si esto es o no es…poesía”).

El inventario de improbables museos que “Poesía Estatal” – el poema que vertebra y da título al libro-  pone en marcha puede leerse como metáfora de una mitología personal-la de Baigorria- cuyas marcas vitales (políticas, estéticas, plagiarias, insumisas)  los poemas recorren, como desempolvando épocas idas cuya energía afectiva vuelve a circular.

El libro –que incluye dibujos del autor cuyo trazo mutante parece obedecer a la propia pulsión-  cierra con un “ post- scriptum” que  da cuenta de los eventos en que los poemas fueron desplegados, algo que aunque parezca meramente informativo es otro pliegue más  de esa descolocada referencialidad autobiográfica que Baigorria viene cultivando. Como el poema en que un amigo vuelto de California traduce la expresión “beat the reaper” como  “esquivar la guadaña”, la impronta de este libro podría resumirse en otro de sus versos:  “la noche es una sola, ¡aprovechen!”.

mario nosotti

Los Inrockuptibles (mayo 2017)

 

ver poemas de Osvaldo Baigorria

 

 

 

 

Osvaldo Baigorria

poesia estatal foro de Baigorria

Poesía estatal

I

Esta noche voy a leer
un poema que no se sostiene
en el papel.
Un poema para ser leído en voz alta
y escuchado en voz baja
o leído en voz baja
y no escuchado porque quién va a escuchar un poema leído en voz baja.
Un poema… cómo decirlo:
a propósito, ad hoc, por encargo,
escrito especialmente para esta noche
tan especial
para vos.
Sí, a vos te hablo,
oh noche de los museos.
Yo quiero ser museo
para seducirte y que entres
por las várices abiertas de mis piernas latinoamericanas.
Que me penetres con tu luz oscura, sol de noche,
luz que se drapea, que se pliega,
noche de la estola y del strass,
como diría la Rosa de la patria
internacional de los trabajadores.
Que entres y recorras mis entrañas,
mis bifes de costilla, mi tripa gorda,
mis vísceras, mis grasitas.
Que contemples mi interior extasiada,
y digas: ”Ah, ah”,
como en la poesía
mala
y a coro entre miles de visitantes
de dos, tres, muchos museos.
El Museo de Arte Barroso Rioplatense y Neo-Litoraleño.
El Museo de Cultura Popular y Más-Iva.
El Museo de los Tadeys.
El Museo del 7-D y
el Museo del 8-N.
¿Se acuerdan?
El Museo de la Memoria Selectiva del Proletariado.
El Museo del Tricentenario
de la Revolución Cubana.
¿Dónde estaremos entonces, compañeros, camaradas?
¿Qué será de todo esto?
¿Habrá Féisbuk?
El Museo del Consumo Popular Ilimitado
de Recursos Naturales no Renovables.
El Museo de las Esperanzas y Expectativas de Vida en la Tierra.
En fin: el Museo de la Novela de la Eterna.
El Museo de las Musas, silabeo:
millones de visitantes de millones de museos
cada año y en esta noche,
Yeah! Tonight, con ustedes:
Las mejores mentes de mi generación
–por qué seremos tan hermosas–
destruídas por la locura, histéricas, desnudas
–la murga, los polacos, los cadáveres–
arrastrándose por los barrios negros a la madrugada
en busca de una droga
curiosa.
Los rebeldes amaestrados y alguna bestia rock
de Adorno.
Aquella que mató al marido antes que él la quemara viva
Aquel que abrió una cuenta bancaria en Uruguay
para las investigaciones del espíritu
extranjero… que pasaba.
Y la chica embarazada
que espera la asignación final del universo.
El bombo
y la cacerola:
la noche es una sola, ¡aprovechen!
¡Y que se vengan todos!
Shhh… Acá ya no se puede hablar de política.
Pero esto no es hablar de política.
Esto es solo un poema
que no se sostiene
en el papel
ni sobre el papel.

fragmento del poema Poesía Estatal, incluido en el libro homónimo,Editorial Iván Rosado.

Osvaldo Baigorria
Nació en el barrio de Mataderos, Buenos Aires, en 1948.
Publicó Llévatela, amigo, por el bien de los tres (Grupo Editorial
Latinoamericano, 1989; Caja negra, 2015), En Pampa y la vía
(Perfil Libros, 1998), Georges Bataille y el erotismo (Campo
de Ideas, 2002), Correrías de un infiel (Catálogos, 2005), Un
barroco de trinchera. Cartas a Baigorria de Néstor Perlongher

(Mansalva, 2006), Anarquismo trashumante (Terramar, 2008),
Sobre Sánchez (Mansalva, 2012) y Cerdos y porteños (Blatt &
Ríos, 2014). Compiló Con el sudor de tu frente. Argumentos
para la sociedad del ocio
(La Marca, 1995) y El amor libre. Eros
y anarquía
(Utopía Libertaria, 2006).
Fue colaborador de diversos medios como El Porteño, Cerdos
y Peces, Crisis, Página/30, Radar y Revista Ñ entre otros.
Dicta clases en la carrera de Comunicación, Facultad de
Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.

 

sobre Poesía Estatal de Osvaldo Baigorria

Salir a cazar poemas

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El silbido del alma

por Roberto Aguirre Molina

Cuentan sus amigos más cercanos, que en la
década de los 70 el joven Héctor R. Rodríguez,
Kiwi, salía a caminar por la arena de la Laguna
de Guadalupe. Sabían que era “chúcaro”, “arisco”,
porque cuando lo iban a visitar (en ese tiempo
vivía en la costanera vieja frente a la laguna),
escapaba por las ventanas de la planta alta. En sus
vagabundeos y meditaciones que comenzaban a la
puesta de sol, le gustaba desenterrar, con el dedo
gordo del pie, objetos que la arena de la laguna
ofrecía cuando llegaba la bajante del río Paraná.
En una oportunidad encontró un cráneo humano;
en otra, restos de huesos también humanos que
dijo eran de los indígenas que habitaron la zona,
quizás porque también aparecieron en el mismo
lugar restos de vasijas y bijouterie propias de ellos.
Comenzó a coleccionarlos y a incrementar sus
caminatas en busca de más. No era de extrañar
que ante el cumpleaños de cualquiera de ellos, le
regalara uno de esos restos.
A comienzos de la década de los ochenta se
muda enfrente de la ciudad, a Alto Verde. Con
plata que le habían dado sus padres compra una
fracción de terreno en la zona alta de la isla y a
unos kilómetros del pueblo.
El lugar deseado, no muy lejos de la civilización
y propicio para la meditación y creación en barro y
en papel. La casa, de un ambiente, donde cabía lo
esencial: cama, mesa y cocina económica; ventana
pequeña y la puerta. Una heladera fuera de uso
(no tenía luz eléctrica) servía de alacena, una
silla y de ropero, unos clavos en la pared. El piso,
por supuesto, de tierra. Bajo la cama guardaba
dos valijas grandes, antiguas, llenas de poemas.
Cuando llegaba la inundación a su casa, levantaba
con sogas la cama y colocaba ladrillos como
escalera para acostarse a dormir; las valijas estaban
a sus pies.
Al terminar el caserío del pueblo, empieza el
largo camino de arena para llegar hasta él, rodeado
de la vegetación clásica de la zona costera: ceibos,
espinillos, chilcas, abrojos, sauces y el río en un
costado, que separa Santa Fe de Alto Verde. Una
vez allí, después de varios llamados y aplausos,
aparecía entre los ramajes de plátanos, mandarinas,
naranjas y los ajíes de la mala palabra. La ‘casita’
no se veía, había que sortear varios metros de
plantaciones por un sendero angosto. “Ésta es
mi casa”, y la mostraba. Luego de un rato, largo,
la invitación para tomar unos mates: armaba con
leña una fogata al lado de la puerta mientras iba
con la pava negra, a la vereda a buscar agua en un
tanque de lata que el camión regador llenaba cada
día. Sólo había una silla y estaba adentro, así que
a sentarse en el suelo. Andaba descalzo y mientras
esperaba que hirviera la pava se dedicaba a sacar
yuyos con los dedos de los pies. Al verlo, parecía
fácil hacerlo. Pero también lo hacía mientras
hablaba o cuando pasaban los pescadores por el
río.
Después del primer mate, con una sonrisa
como de timidez, comenzaba su monólogo que no
paraba por largos minutos, y uno se quedaba tan
atento como sin palabras ante el encadenamiento
de poesía, artesanía, filosofía, mística y cosas
cotidianas. Semejante revelación de lucidez
ocurrió también en las pocas presentaciones
en público; recuerdo una, ante los alumnos del
último año de la secundaria de la ciudad. Todos
los invitados leímos con más que menos ruido de
los chicos, pero cuando le tocó su turno, el silencio
se apoderó de la sala durante treinta minutos.
Sus poemas me llegaron en una carta personal
por medio de su amigo artesano: un pequeño
plegable fotocopiado. Como ya había iniciado la
edición de los plegables de poesía El Soplo y El
Viento con poemas de Juan Manuel Inchauspe,
Vasko Popa y Beatriz Vallejos, decidí publicarlo en
la misma colección tal como me los había enviado.
Se tiraron 500 ejemplares y por correo ordinario
circularon por todo el mundo.
Con el barro de la zona cochuraba sus piezas
en un pozo hecho a la manera indígena o bien lo
hacía en la cocina económica los días de lluvia.
A alguno de sus “bichos”, como él llamaba a sus
creaciones, le dibujaba un poema en el dorso, con
un palillo. Escribía en el reverso del papel metálico
del paquete de cigarrillos que luego fotocopiaba y
distribuía.
Conocedor de su entorno y de la gente, en
su mayoría pescadores (para ellos era un honor
tenerlo como vecino), escuchaba con paciencia
sus relatos y canciones que le ofrecían al pasar a
recoger los espineles, al caer la tarde. Así se fue
formando el cuadernillo Angüeras, esos silbidos de
las ánimas en pena que persiguen a los canoeros.
Como los cachos de banana maduraban
al mismo tiempo y tenía una buena cantidad de
plantas, los aprovechaba comiéndolos todos los
días inventando recetas que contenían este fruto.
Así, me comentaba, hacía ñoquis, milanesas,
buñuelos, ensaladas y cuánto más, hasta agotar
stock; de esa experiencia surgió un poemario de
recetas que tituló “Embananamiento”, aún inédito.
Decía Kiwi: “Trabajar el barro y escribir poesía
son manifestaciones de una misma necesidad
interior. Cuando modelo el barro puedo o no saber
lo que busco crear; en general no es más que un
movimiento para tratar de correr cortinas, de abrir
un pasaje hacia la esencia oculta, y este movimiento
crea en su marcha formas siempre distintas de las
que uno se proponía construir. Y con la poesía
también pasa algo parecido: uno puede empezar
escribiendo sobre algo que ve en el paisaje, o sobre
una música que insiste en acompañarnos, y de
pronto se produce esa otra cosa, y es como si se
saliera a cazar poemas, a seguirlos con una red y
atraparlos”.

KIWI foto

Poemas

1986

Las primeras flores del granado
apagadas en el rocío

6 – 11 – 86

*

Se detuvo
miró hacia atrás por encima
del hombro.
Al pasarse la mano por el pelo
saltó una rana
blanca

6 – 11 – 86

*

Tal vez apagan
la luna en las plumas
de una garza

*

En un tártago, escondido por el
mburucuyá
han hecho su nido los zorzales
ellos, que solían alborotar,
distrayendo
la atención mía o la del gato
hacia otros árboles,
ahora observan en silencio
cuando me acerco desmalezando

3 – 11 – 86

*

Chindo robó los pichones del nido
llevándoselos al suyo.
Allí les da de comer en sus labios
migas de pan, granitos de mijo.
Pero sus plumas no vuelan
y él no sabe cantar

*

El sapo en la puerta de su cueva,
yo en la mía.
Miramos caer la lluvia

 9 – 11 – 86

 

 

Inéditos

3 cabezas de surubí me trajeron
los hijos del pescador.
Las colgué de un gancho
en el ceibo.

Anochece.
Siento su olor.
En la oscuridad navego.
3 cabezas de surubí
y yo su cuerpo

*

Llegué a un punto
en el que me dije
cualquier cosa que toques
será nueva

Para probármelo
toqué las tres cabezas
y fui su cuerpo

Ellas abriendo sus bocas grandes
eso dijeron

*

de Salir a Cazar poemas (Editorial Ivan Rosado, 2016)

Kiwi (Héctor Rolando Rodríguez) Nació en Santa Fe en 1940. A comienzos de los años 80 se transladó a la isla de Alto Verde, frente a la ciudad de Santa Fe. Durante su vida se dedicó, a la par, a la poesía y a la alfarería. Publicó en ediciones delanada, de Santa Fe, las plaquetas Poemas (El Soplo y El Viento n° 2, 1986), Angüeras (El Soplo y El Viento n° 9, 1989) y El espejo natal (El Soplo y El Viento n° 13,1991). Murió en el año 2011.

Laura Crespi

Laura Crespi foto

 

*

 

Fuera del hecho natural de construir,

hipnotizarse en el reflejo de la luna sobre el mar

ancho y brillante,

todo amor es ilusorio.

 

Las personas pasan a lo largo,

admiran una estructura de superficie

y lo llaman escritura, paisaje lunático, poema.

 

Pero el amor tiene su realidad, su cuerpo,

su exaltación, su tela sin aberturas.

Y es por fuera alegre y leve.

 

**

 

En lo imposible también hay casas.

El simple mirar, la devoción,

direccionando los desvíos,

en las calles de este barrio

que nos llevan

y nos pierden.

 

El aliento desplazado,

la fiesta en otros lugares

donde las figuras se durmieron

y nos siguieron despiertas

en un sueño solo,

silabeando unos chasquidos

que venían de las hileras de gotas

extendidas sobre el parabrisas

yendo a mínima velocidad

por la avenida azul

bajo el asfalto doble

y rayado en el medio

de esta gran prolongación

hacia la nada.

 

***

 

A veces vuelven esas palabras

cargadas de droga en un murmullo,

indescifrables como entonces

sobre el mismo ritmo despistado

de unas voces sumergidas

por sonidos muy extraños

bajo el sol hostil al despedirse

de la madrugada húmeda y pesada.

 

poemas incluidos en Les autres sensualités (Caleta Olivia, 2016)

 

Laura Crespi: San Fernando, 1973. Publicó los libros de poesía: Días de Besos, Una onda magnética, Árboles alineados, La vida interior, Primavera y el ensayo Un blanco móvil. Filosofía, metáfora y literatura. Tradujo a Wallace Stevens y Elizabeth Bishop. En 2014 editó su primer disco solista Claridad, Calridad y en 2016 el disco que reúne sus canciones infantiles Children´s Corner. Es licenciada en Filosofía por la UBA, donde da clases.

Mercedes Roffé

mercedes-roffe

6 de mayo
PERO


desde una escena sin fondo
hoy alguien dijo pero
y todo se detuvo

tal vez no hoy tal vez
sino tal vez alguna vez sin fondo

pero

hoy revivió

después…
después se derrumbaba
todo adentro   y fuera

sobre uno

en esa forma de naufragio
tan propia de los sueños

un pero

un vórtice

un aullido

mudo

una debacle

un deshacerse

dicen
que pero en checo es pluma
y pluma

y  pluma
en serbo croata
y pluma,
autor y escriba
espiga y plectro

así como que ondula
o vuela

pero hoy
en esa escena sin fondo
el pero era un solo pero

un no
una forma de no

de doblegar

de hundirse

de DIARIO ÍNFIMO (Ediciones de La Isla de Siltolá, 2016)

MERCEDES ROFFÉ es una de las voces de mayor reconocimiento de la poesía argentina actual.Sus libros han sido publicados en España y distintos países de Latinoamérica y, en traducción, en Italia, Quebec, Rumanía e Inglaterra. Desde 1998 dirige el sello Ediciones Pen Press. Entre otras distinciones, obtuvo las becas John Simon Guggenheim (2001) y Civitella Ranieri (2012). Desde 1995 vive en Nueva York.