Cráteres en su reflejo apedreado

Ramiro Pelliza foto

Ramiro Pelliza

 

1

Amaneció de noche. El cielo con la luna tan adentro. Pero, ¿acaso no era demasiado temprano para la grisácea?

Amaneció tarde aquella noche. Que lo mismo sería: ya no estás aquí a mi lado. Pero nunca tuve tamaña soledad como para darle tu nombre. Jamás pude contemplar una sonrisa desde adentro.

¿Existirá, realmente, alguna forma de llorar en orden? ¿Y de enjuagarse los errados pronósticos del clima?

Ay, lastimadura de loro, herida que es repetición en slow motion de lo de adentro; del bordecito de la sangre que hace rojo en la superficie; Ay. Decir dolor en el momento en que no lato, en que no sirvo ni como eclipse. Ya no soy apto para cercanías; donar mi sangre sería desear que pudieras acuchillarme en otro cuerpo.

Ya no tengo ni la fruta podrida para hacer versos con un Paraíso desflorado. ¡Mierda, carajo! Hasta lo escatológico es una pluma asfixiada entre su viento.

Que no puedas calarme, no deseo.

Que no puedas parar de bostezar en el momento en que la luna se haga cráteres en su reflejo apedreado en el desierto. Que tengas sueño y que no duermas.

Que te resbales, torpe, hasta con las sábanas en las que, a partir de ahora, te despiertes.

Que desayunes tarde, y más tarde llegues, demorada, culposa, triste, con el tener encima los encantos hechos antecedentes.

Que te hamaques para un solo lado. Que tu calesita no de la vuelta o que no tenga sortija.

Que seas de un color que nadie sepa, transparentita.

 

Ay, dolor, si te pudiera llamar así, ya no estaría solo.

 

 

Ramiro Pelliza: nació en Buenos Aires en 1990. Pulicó La inquietud en la inercia (Huesos de Jibia) y Llorar en Orden (Ediciones en danza, 2018), al cual pertenece el poema presentado. Formó parte del grupo Las Puntas del Clavo.

pelliza tapa libro

 

 

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Paraíso

rezzano foto

Eduardo Rezzano

 

 

Línea

Dibujé una línea e hice mil promesas de no traspasarla, pero

inesperadamente había quedado atrapado del lado equivocado.

“Error de principiante”, me dije y la borré con un trapo sucio

que encontré detrás de la heladera.

 

Ahora trabajo con volúmenes semitransparentes, que van

ocupando el espacio reservado a las telarañas y los olvidos,

y disfruto cada vez menos de la perfecta proporción que me

ofrecen mis precarios conocimientos de geometría, robados a

la infancia

 

 

Vecinos

Cada mañana me despierta

el cuchicheo de los vecinos

 

se han tomado la costumbre

de saltar el tapial

y cuchichear en mi patio

 

Los escucho a través

de la persiana baja

mientras dudo si debería

salir a espantarlos

con gritos y palos de escoba

 

Cuando por fin me decido

por una actitud amistosa

y aparezco con la pava y el mate

me encuentro con que se han ido

 

Una vez me faltó un malvón

otra la regadera de lata

aquella que pretendían mis primos

cuando murió el abuelo Ismael

 

 

Animales mitológicos  

“¡No podemos dejarte diez minutos! ¡Siempre es lo mismo!

¡Siempre, el mismo desastre!”

 

Más o menos así sonaban los gritos de la casa del fondo. No

sé si le hablaban a un nene, a un perro, a un cerdo, a un jabalí,

o a un escarabajo. Nunca lo pude saber porque en la casa

del fondo no vivía nadie –estaban todos muertos.

 

 

Un sueño

Esta madrugada soñé que ya era la mañana siguiente y que

un amigo al que había visto a la noche estando despierto

había muerto. En el sueño le avisé a otro amigo, muerto en la

vida real, y juntos fuimos a la casa del fallecido a cerciorarnos

de que mi información fuera correcta. Él me preguntó

cómo me había enterado de la triste noticia, y le contesté que

lo había soñado.

 

Eduardo Rezzano nació en 1968 en La Plata. Es escritor y músico. Publicó los libros de poesía Ningún lugar (Canto Rodado, 1999), Gato barcino (Barcelona, Lumen, 2006), no fábulas (Vox, 2010), Alcohol para después de quemar (Fuga, 2012 / Zindo & Gafuri, 2014 / Kriller 71, 2016), Caligrafía (Amargord, 2013), Nocturna (Zindo&Gafuri, 2016) y Paraíso (Malisia, 2018) al cual pertenecen los poemas aquí presentados .

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Nada de esa conmoción va a notarse

Camozzi Daniela, foto

Daniela Camozzi

 

Nada de pequeños tropiezos

 

A las piedras razonables

suelo esquivarlas:

al cabo de los años

algo he aprendido.

Con las más voluminosas

me tiento.

Se apodera de mí

un arrebato

y en vez de buscar

el camino más seguro

ahí voy estúpidamente

a saltar ese peñasco.

Nunca caigo bien parada.

Esta rodilla, la izquierda,

de nuevo se estrella

contra el pavimento,

termina magullada.

Ahora que han inventado

desinfectantes invisibles,

ya no ando por ahí,

chorreando aquel líquido ocre

de los primeros hospitales.

Pero solo he ganado discreción

para mi lastimadura.

Quizá ya sea tiempo

de abrazarla:

seguramente

hay cosas peores

que vivir saltando

piedras imposibles

y siempre caer mal.

 

Esta herida obsesiva,

eterna,

es solo mía.

 

 

Harta de mi insistencia en hincar

 

la rodilla en la tierra,

mi piel decide

sanar a su modo

y estrena

colores insospechados,

hileras de escamas.

 

No parece ser cicatriz

que quiera irse.

Es más bien un mojón,

una advertencia

indeleble.

 

Basta ya,

de dejarte

caer así.

 

 

Hay que andar como si una

 

finísima cuerda te tirase

desde la coronilla para elevar

y enderezar la espina,

cada vértebra.

Así, se centra la cadera,

el vientre se relaja

y se adelanta

el coxis.

Estirada por fuera

los ojos se cierran

casi solos y una siente

que cae

dentro de sí,

que flota un poco.

¿Alguna vez podré lograrlo,

me pregunto

hecha un nudo de mí,

como el tronco de una higuera,

como esos pequeños átomos

que se armaban de chica

en las costuras,

cualquier cosa menos

una estilizada caminante?

¿Ninguna fibra

tensándome por fuera,

ningún efector interior

de flotación?

 

Daniela Camozzi nació en Haedo, Buenos Aires, en 1969. Publicó los libros de poemas: La felicidad ajena (Huesos de Jibia, 2008), Mones Cazón (Ediciones del Dock, 2015), El amor en Blade Runner (Espiral 6, 2016) y La brecha que existe entre los cuerpos (Baltasara Editora, 2018) de donde se extrajeron los poemas presentados. Tradujo a Joseph Brodsky, Muriel Rukeyser, y Amy Lowell, entre otros. Coordina talleres de poesía y otras actividades en  el Centro de Integración Frida para mujeres cis y trans en situación de calle. Integra el colectivo artístico Espiral 6 y la organización social feminista No Tan Distintas.

 

 

 

 

 

La justa luz

Maria Chemes foto

María Chemes

 

Padre

¿dónde estabas cuando no me vestí de princesa?
cuando las muñecas quedaban desnudas en la cunita de paja…
me puse un cuerpo para amar
no te conté
tanto amor en una sola escena
el café se enfría
la memoria agoniza
no sabías mirarme
no sabía esconderme

danzando al compás de tu posible deseo
en tu mirada perdida
no pude verme

con las mas bellas manos 
sin romper en puños de vida

te amé sin elegirte

 

extrañarte siempre
como quien no llegó a la cita
o quien siempre está por llegar
a la edad que no recuerdo
un día con la luz justa para el retrato

 

*

 

Diciembre nos había encontrado respirando juntos
el calor no nos interrumpía
el temor parecía un refugio
sólo latir y permanecer…

sabernos nos daba belleza
inmunes al olvido 

 

*

en la retina de tu piel están mis caricias…
                 las que vengan después
                 cantarán su ausencia

toreo desdenes
           mientras enebro preciosas gemas
           espejos
esquivo tus silencios como poseída por una extraña melodía 
                 cuando vuelvas a mirarme 

tendrás las manos llenas de mi
            para saciarme

 

María Alejandra Chemes: Buenos Aires 1962. Publicó los libros de poesía  A rodar la niña (1987) y Los lejanos amantísimos (1993, Tierra Firme), Brazos de ningún vacío (Paradiso, 2012) y en 2016 la nouvelle Zapiola es una calle eterna. Ha realizado performances donde se unifica la puesta teatral,el tratamiento vocal y la escenificación poética. Es cantante y da clases de canto en su estudio en Buenos Aires.

 

 

 

 

 

El tiempo es una piedra efervescente

valeria pariso foto

Valeria Pariso

 

 

1

 

Ana tiene

un tatuaje sobre el hombro

por donde le sale una frontera.

 

El dibujo de un círculo de araña

recuerda la leyenda de Samimbi.

 

Por Samimbi fue creado el ñandutí.

 

La batalla era otra y sin embargo,

una tela de araña,

tejida a mano,

es un conjuro contra la desesperación.

 

Así lo aseguran las mujeres que saben.

 

Ana lleva tatuado

en su hombro izquierdo

un círculo de encaje

de hilo finísimo.

 

La rama queda lejos.

El amor queda lejos.

 

Pero el viento

mueve las velas de las catedrales.

 

Y Ana no es mujer de poca fe.

 

 

2

 

Ramiro fue llevado a Bahía Blanca

para cumplir con el servicio militar.

 

Él escribe cartas donde dice:

 

“El tiempo

es una piedra efervescente.

 

La distancia

se aprieta y se desarma

como una

uva negra

entre los dedos.”

 

Entonces,

Ana

tiene la certeza

de que nadie

la querrá como Ramiro.

 

 

3

 

Cuando la hermana de Ana

trae

bolitas de eucaliptus,

su madre,

que se llama Antonia,

las pone a hervir

en una lata.

 

Pica el vapor

que crece

como un árbol,

los pulmones

de Ana

se marean,

y ella queda

ebria

de silencio.

 

 

Valeria Pariso (Buenos Aires, 1970), publicó los libros de poesía Cero nivel del mar (2012), Paula levanta la persiana (2013), Donde termina esta casa (2015), Del otro lado de la noche (2015), Triza (2017) y La trilogía –Uva negra / Mascarón de proa / El castillos de Rouen- (Vela al viento ediciones patagónicas, 2018), al cual pertenecen los poemas presentados.

El bruto muro de la casa impropia

Cesario foto

Alejandro Cesario

 

 

Escarcha

 

No hay sol,

tampoco noche.

Espera que escampe.

 

Hay un sueño terco

que se socava

a un costado de la ruta.

 

Allí se vende fruta fina.

 

 

En la escalera

 

Melopeya en el ayuno.

Arrumaco en el degüello.

 

Una canta la sorda cadencia

sentada en el umbral.

 

La otra monserga

su ocarina marrón.

 

Crótalos naranjas en sus manitos ahuecadas,

tal vez desangeladas.

 

Una lleva una panza mendiga

gajo a punto de nacer.

La otra un roto trebejo.

 

Tres calderillas que no alcanzan

coloco en su jarro de lata.

 

 

Intemperie

 

Entre árboles sacudidos por el viento

puedo oler los tilos.

 

Amordazan los badajos mohosos.

Goznes oxidados en la puerta del convento.

 

Trapos, latas, palos, plantas.

Escondido detrás de un matorral,

tapado con una manta de dril,

asustado bajo un cirio que iluminan sus retinas.

 

 

Alejandro Cesario (Colegiales, 1967) Publicó la novela Esas miradas tristes –un viaje por la Patagonia y los libros de poemas El humo de la chimenea, Fragor de borrascas, Ciervo negro, Estación de chapas, La última sombra y El bruto muro de la casa impropia (Ediciones La yunta, 2018) al cual pertenecen los poemas presentados.

 

 

La mitad de las cosas del mundo

Nurit foto

nurit kasztelan

 

 

Una red invisible

 

Hay una red invisible de gente

que sostiene las cosas

que hace algo para que vos

no te caigas

te quedes en tus cinco años.

Estás afuera en el jardín

con tu frasco de vidrio

atrapando las hormigas

las juntás con las manos

con cuidado de que no se mueran

que se acomoden de forma precisa

en la hoja que para vos es un colchón.

Todavía entendés

solo la mitad de las cosas del mundo

y la que ahora quiere el frasco de vidrio

soy yo

para apresar este momento donde el presente

está más allá de vos y de mí.

 

 

Intento inútilmente congelar recuerdos

 

Como quien mira por la ventanilla un paisaje

cuyo desvío es tan lento

que pareciera que no sucede,

así pasan mis días.

Cambiaría tanto

por tan poco:

que se arregle el calefón

seguir el orden natural de las cosas

congelar los recuerdos.

Descalza en una alfombra vieja

miro con insistencia el reloj de la cocina.

El esmalte de uñas ya está seco.

Pleno verano y yo

con medias de nylon color verde.

¿Existe humillación más plástica?

Sí, la que pasé la noche en que tuvimos

una discusión teórica.

El me enseñó

que la palabra pezón, en alemán

es una mala palabra.

Hoy la mañana se estanca en el pudor

de un camisón demasiado escotado.

Y lo que tengo para decir

pareciera escribirse en un lenguaje en desuso.

 

Nurit Kasztelan (BsAs. 1982) publicó: Movimientos incorpóreos (Huesos de Jibia, 2007), Teoremas (La propia cartonera, 2010), Lógica de los accidentes (Vox, 2013), O amor era um jogo inestável (Nosotros, San Pablo, 2018) y Después (Caleta Olivia, 2018), al cual pertenecen los poemas presentados. Codirige la editorial Excursiones y gestiona la librería Mi Casa.