Francisco Rovira

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Un día cualquiera

 

Descolgar un enunciado

y otro debajo del anterior

armando una pila

es tejer poesía.

 

 

De las cosas que se hilan

es en los trenes donde entra

más gente.

 

 

Pasan bajo tierra los trenes

como enunciados luminosos

uno tras otro trazando

su espacio. En el interior

tubos fluorescentes en fila

hacen un tren dentro del tren.

 

 

Del otro lado, sobre la tierra

la lluvia enfría las cosas,

o sea: la calle, las paredes,

los autos, los yuyos, las casas,

mientras se enfrían, evaporan

el calor que embelese a los mosquitos,

empecinados en entrar, del otro lado

de la ventana.

 

 

Mañana gris y húmeda

sobre todas las cosas: concreta.

 

 

Francisco Rovira: Villa La Angostura 1984, vive en Bahía Blanca. Los poemas presentados pertenecen a Krupoviesa (Club Hem Editores, 2017).

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Ana Claudia Díaz

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Cuentos de oscuridad de luz

Como un faro que da luz al ciprés silencioso
se ve esa torre gris
cuando al caer de la tarde le da el sol y alumbra
la ausencia
brilla en un hechizo, desde acá
la ambigüedad del ángulo de la mirada es el umbral
para entrar en esa grieta fina que deja ver
de un lado el castillo
del otro
la copa de los árboles en medio de un río de anguilas
resistiendo el abismo, turbio

furia
fuego fatuo que roza a las estrellas de nieve
y les derrite sus puntas más altas, sus cúpulas
desglosándose en el paso nocturno
de dragones y bestias
que agigantan las sombras de la inmensidad
sin hacer ruido, sembrando intriga

pánico
adentro el campo está lleno de lobos
con sus bocas gigantes tornasoladas
esperando que oscurezca para iniciar
el carnaval feroz
la danza

al amanecer
solo quedarán manzanas a los pies del pantano rojo
como veleta del agravio y del viento

la paradoja
cavernas de paja junto a la rivera
que con el primer rayo de luz se doran
de los bambúes brotan escorpiones de otoño
que se adentran en las hiedras y desaparecen
como pequeños escudos plateados
persiguiendo a los grillos de ayer

los niños corren en la mañana
llevan máscaras de girasoles y cañas
de plumas de cuervos con franjas de ágata
caleidoscopios para pausar la insolación
como si el mundo solo, se pudiera mirar desde ahí atrás

infancia
colmenas pobladas de caracoles y libélulas celestes
medusas de este tiempo
que se desmoronan entre la bruma fresca, reciente, del parque
y el pasto húmedo, es todo una vía láctea

Saturno
el gato de cristal que se iza en la puerta de la luna
es un páramo de hielo ante la percepción
un espejo tragaluz casi siniestro
un arlequín que se desoculta

el mediodía afónico asoma entre las cimas de los pinos
subir hasta lo alto
es la lógica para calmar el ánima perturbada
que se ve distorsionada en los vidrios empañados
la tarantulita que descansa en el cantero
es el arco de una almendra

la tempestad
su voz malabarista
es un molino de opio que galopa
destellando meteoros
se vuelve un ópalo de fuego
un volcán nocturno y les amapola los huesos
retoña
vuelve a echar vástagos de lo que había dejado de ser
para empezar de nuevo

como un faro que da luz al ciprés silencioso
se ve esa torre gris

 

Deshielo

 

Sobre el contorno del destino
las cosas brotan

diciendo nada
vacía la playa

la verdad se lleva en silencio
se carga a cuestas, se arrastra

el invierno paraliza sus días
los congela con la intensidad
de la escarcha al costado

pequeñas sombras de cristal
que se deshacen con el sol

todo es cauce
el hielo se derrite
ahora es un río finito de agua
que desemboca en la casa

una cima al revés, una bajada
fulgencia en pendiente brillante
resplandeciente

perpetua realidad que espera
a que el calor cerrado del verano
como una ceremonia o como un juego
sea el último límite

así, desencadenado el mundo
forma brisa sobre alguna parte de lo real, sobra

la tempestad es todo aquello
que enceguece la vista y la vuelve un torbellino
una criatura tratando de sacar la cabeza del agua
para respirar en medio de una fuente.

 

 

de Una cartografía de la insolación (Club Hem Editores, 2015)

 

Ana Claudia Díaz (Santa Teresita, 1983). Publicó Limbo (Pájarosló Editora, 2010 – La One Hit Wonder Cartonera, 2012), Conspiración de perlas que trasmigran (Zindo & Gafuri, 2013) y Una cartografía de la insolación (Club Hem, 2015); las plaquetas Vuelto Vudú (Pájarosló, 2009), La ecología de las poblaciones (Pájarosló, 2010) y Al antojo de las anémonas (Color Pastel, 2011). Participó en las antologías Pájaros en la frente (Pajárosló, 2011), La Juntada (APOA, 2012), Canciones (Ediciones presente, 2013), Re-Invención (Proyecto Madonna, 2013), Estaciones (La Parte Maldita, 2013), Poesía Deliberada (Textos Intrusos, 2013) y Poesía de hoy y de siempre (Eloisa cartonera, 2014).

www.anaclaudiadiaz.blogspot.com

el gaucho celeste

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LA LLANURA

El campo que no quisimos arar es la huella
que nos deja a la intemperie de esos vientos,
que el gaucho celeste ve correr, inesperados.
Ya no es más la taumaturgia lo que exaspera
a la muchedumbre sino la costumbre
de guiar a todos por la misma senda.
El gaucho celeste recorre el cielo
como un diablo que, por viejo,
encuentra la corriente de su devaneo.

El testimonio floral que la bruja deja
sobre el campanario destruido,
debajo de ese ciprés que se mueve levemente
bajo la brisa del otoño,
es la contrapartida exacta
de las trenzas
que doña Bárbara le hace a su hija
para ir a la escuela.


En puntas de pie danza el gaucho celeste,
santo de su virtud una zamba ultraterrena y llana,
que deja en banda la bandada
de pájaros que se acercan.
Buitre que se esconde es la valentona nube
que ahora se arrastra
sobre la raya azul del río, cruel, instantánea.

El cielo está despejado, cueva de ese gaucho celeste
que volando con dos codornices,
una en cada mano, atraviesa el campo arado,
fiel camino de los que todavía siguen teniendo
miedo al llano.

Mañana volverá la mburucuyá a sentir
el sabor aterciopelado en la boca
alimento del criollo que pastando se acerca
al campo arado,
y volando con recelo,
girando sobre su eje hace zumbar
el rebenque sobre las alas para que las codornices
se eleven sobre la tierra y encuentren el fruto primaveral.


El aterrizaje es lento, devastador,
el campo trata de recomponer
un lugar,
un territorio que cerque al gaucho heterodoxo pero él,
con un facón y una gramática,
perro revirado se vuelve y pechea el alambrado
se agarra a sotes con el palenque y se enrieda con las púas.

Gana el criollo y eleva el trono de su salvación,
que no resguarda
cuando el cielo se ensombrece y llega la tormenta.
En un segundo se llena de piedras lo arado y, con terror
la naturaleza golpea
los hombros del gaucho místico que, hecho bola,
como si estuviese nuevamente en la panza de Casilda,
protegido en brazos por su madre,
rechaza los golpes de las piedras de hielo.


Casilda, vieja misionera
yegua guaraní
risotada mañanera que despierta hasta los patos.
Se levanta,
y en su hacer tecnológico del dulce de membrillo,
canta chacareras mesopotámicas,
llenas de acordeones y de fuelles.
Ayer gritaba el sapucay apasionada,
hoy es torcacita de la lágrima
mientras vuelca el agua jabonosa
en las rosas de su jardín.
Con las manos destiñe alpargatas, bombachas,
refriega con el jabón blanco sobre la tabla
derruida por los años, los lavados.
La viene a visitar de vez en cuando el gaucho,
la bruja también se aparece con él.
Se sientan a la sombra del laurel
y ponen sobre el tablón de madera
hirviendo la pava
mientras charlan del ritmo de las cosechas.
El tranco sobre la pampa, la leva de la tierra
es ver el horizonte como promesa llana.


El gaucho que tras el armado se despereza,
echando humo como locomotora,
-quizás lleve la cosecha
o quizás mejor ni hablodice
el gaucho
movilizando el pensamiento.
¿Será una promesa o el néctar de la locura?


Se extienden las vías
Sobre la planicie desértica de la pampa.
-Dos paralelas se unen en el infinitodice
la bruja suave al oído del gaucho relativista
y le alcanza, sin mirar, otro mate amargo.
Con ese grano particular
el sol desciende levemente.
Y en la garganta una voz
entona vidalita suave.

El granero de la estación se convirtió en fiesta,
los farolitos de colores juegan con el viento,
la señora que come pastelitos
habla con un nene,
le consulta problemas de la vida que seguramente
nadie podrá resolver.

Un perro olfatea a los que pasan caminando por la feria.
Doña Luisa vende dulces y especias.
El gaucho toca con las puntas de los dedos la pimienta
negra, la hace rodar sobre sus yemas
sintiendo la leve picazón,
mira a la bruja y asiente.
Así se entienden.

 

 

Mariano Massone, del libro El gaucho celeste (Club Hem Editores, 2015)