JOÃO CABRAL DE MELO NETO

IV
(Discurso de Capibaribe)

Aquel río
está en la memoria
como un perro vivo
dentro de una sala.
Como un perro vivo
dentro de un bolsillo.
Como un perro vivo
debajo de las sábanas,
debajo la camisa,
de la piel.
Un perro, porque vive
es agudo.
Lo que vive
no entorpece.
Lo que vive hiere.
El hombre,
porque vive,
choca con lo que vive.
Vivir
es ir entre lo que vive.
Lo que vive
incomoda de vida
al silencio, al sueño, al cuerpo
que soñó cortarse
ropas de nubes.
Lo que vive choca,
tiene dientes, aristas, es espeso.
Lo que vive es espeso
como un perro, un hombre,
como aquel río.

Como todo lo real
es espeso.
Aquel río
es espeso y real.
Como una manzana
es espesa.
Como un cachorro
es más espeso que una manzana.
Como es más espesa
la sangre del cachorro
que el cachorro mismo.
Como es más espeso
un hombre
que la sangre de un cachorro.
Como es más espesa
la sangre del cachorro
que el propio cachorro.
Como es más espeso
un hombre
que la sangre de un cachorro.
Como es mucho más espesa
la sangre de un hombre
que el sueño de un hombre.
Espeso
como una manzana es espesa.
Como una manzana
es mucho más espesa
si se la come un hombre
que si un hombre la ve.
Como es todavía más espesa
si el hambre la come.
Como es todavía mucho más espesa
si no la puede comer
el hambre que la ve.

Aquel río
es espeso
como lo real más espeso.
Espeso
por su paisaje espeso,
donde el hambre
extiende sus batallones de secretas
e íntimas hormigas.
Es espeso
por su fábula espesa;
por el fluir
de sus jaleas de tierra,
al parir
sus islas de tierra negras.

Porque es mucho más espesa
la vida que se desdobla
en más vida,
como una fruta
es más espesa
que su flor;
como el árbol
es más espeso
que su semilla;
como la flor
es más espesa
que su árbol,
etc. etc.

(Traducción: Raúl Santana)

El perro sin plumas de João Cabral de Melo Neto (Editorial Leviatán)

perro

La construcción  de un río

Por Mario Nosotti

Dentro del grupo de los clásicos de la poesía brasileña del siglo XX  Joäo Cabral de Melo Neto ocupa un lugar especial. Corrido del subjetivismo empático de un Drummond de Andrade o de un Bandeira, su sentimiento del mundo opera siempre a partir de una cierta distancia. Dirá en una entrevista: “Soy un poeta constructivo, no un poeta espontáneo. Para mí la poesía no es una válvula de escape, es el deseo de construir algo que no tenga nada que ver conmigo. Escribo por carencia y no por exceso”. Esta actitud de observador disciplinado, escrutador de espacios y de formas – Cabral era un apasionado de la arquitectura y las artes visuales- busca hacer del poema un artefacto capaz de dar cuenta del modo más directo posible de eso que el poeta llamó “lo real más espeso”. Nacido en la ciudad de Recife en 1930, la vida nordestina será determinante a lo largo de su obra. El perro sin plumas, que Leviatán publica en edición bilingüe con prólogo y traducción de Raúl Santana, es un largo poema que sigue el recorrido del río Capibaribe atravesando la ciudad natal del poeta hasta llegar al mar, dando cuenta de sus transformaciones, su implicancia en la vida de los hombres. El poeta recuerda pero no rememora; aquél río respira en su memoria “como un perro vivo / dentro de una sala”. Esta elección extraña de comparar al río con un perro – en otros casos será una espada líquida- tiene que ver con esa opción conciente de adentrarse en el denso misterio de  todo lo corpóreo, de lo opaco y lo vivo inmediato. Será sólo a partir de aquélla anatomía y de esos materiales que el poema investigue, conjeture y cree sus conceptos.

Con el ojo de un documentalista inspirado Joao Cabral va contando lo que ve su memoria. Observa la deriva de su objeto y, paradójicamente es ese tono medio, mesurado, lo que impacta vivamente en quien lo lee. Como el río el poema discurre con un ritmo pausado, volcándose en la escucha de lo mismo, conquistando el terreno y estancándose a veces para poder dar cuenta del sitio donde pasa, “algo de la inercia del hospital, de la penitenciaría, de los asilos / de la vida sucia e irrespirable // por donde el río se vino arrastrando”. Ese avance esforzado, hecho con elementos recurrentes y con repeticiones crea un efecto hipnótico. A su vez es la metáfora de los hombres que subsisten en los márgenes, luchando cada día en esa confusión donde “es difícil saber /dónde comienza el río / dónde el lodo / dónde el hombre”, esos hombres que son como perros sin plumas – “un perro sin plumas / es más / que un perro saqueado / es más / que un perro asesinado”-.

El tono antirretórico, las imágenes precisas y directas, dan cuenta del afán comunicativo, la voluntad de acceso a lo inmediato que impulsa este discurso. Las metáforas y las comparaciones se erigen a partir de objetos materiales, no de ideas o emociones abstractas, y quizás es por eso que sorprenden en su simplicidad aparente, su crudeza infantil. El poeta bucea en la forma de ser de lo vivo traduciéndola al cuerpo del poema, donándole su genio. Esa fuerza, “invencible y anónima”, como  la de, “una  fruta / trabajando su azúcar /  después de cortada”, es la fuerza que anima este poema.

Si en un primer momento uno podría pensar que la de Joao Cabral es poesía sin metafísica, muy pronto se comprueba que lo que hace el poeta es mostrar que lo físico está hecho de insondable, que la distancia habita la apretada materia, que el objeto concreto, puede ser la mayor abstracción. Las cosas no terminan en su cuerpo visible, limitado por nuestra lógica utilitaria, sino que se prosiguen allá hasta donde alcance su sed de afectación.
Cabral de Melo Neto murió en Río de Janeiro en 1999.

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