el misterioso ideograma de la alegría

Arturo Carrera foto

Vigilámbulo. Poesía reunida (Vol I, II y III). Arturo Carrera. (Editorial Adriana Hidalgo, 2015)

Hace más de veinte años, en una entrevista aparecida en Diario de Poesía, Daniel Freidemberg le decía a Carrera que se estaba convirtiendo en el poeta de los niños y el paisaje y a continuación le preguntaba si creía posible seguir hablando de lo cotidiano sin caer en lo confesional. Carrera – que para entonces ya llevaba publicados once libros- le contestaba: “Sí, pero en la brevedad, en la cualidad de breve cosa soñada que tienen los acontecimientos. ¿Qué valor puede tener un dato de mi infancia, el gusto del agua hervida por mi abuelo en Pringles o una travesura, una predilección, fuera de la redecilla del poema?”. Y es que el mundo de la infancia y el de su ciudad natal, tienen menos que ver con el lazo biográfico y territorial que con una azarosa, insistente y sutil construcción de la memoria. Una memoria que de la evocación de ciertos hechos retiene en el cedazo del deseo su oro falso; fogonazos que erigen a lo largo de sus libros un universo al que la palabra mítico le cae pesada. Porque ese territorio que hoy es el territorio de Carrera (niños y campo, padres e hijos, faunos, parcas y tías de Sicilia) tiene una contundencia fundada en la traición de la experiencia, el doble fondo de una escenificación realizada a plena luz del día.
Arturo Carrera nació en Coronel Pringles, al sur de la provincia de Buenos Aires, en 1948, donde pasó su infancia y adolescencia, y a cuya casa vuelve todos los veranos. César Aira, el otro héroe literario de su pueblo, lo inició en la escritura y los libros, y compartió con él ese tiempo “donde las cosas suceden de una vez y para siempre”. Muchas escenas, más o menos conocidas, componen el anecdotario carreriano: la muerte de su madre a poco de nacer el autor, la de ese vendedor ambulante que un día tocó la puerta de su casa y le vendió a su abuela analfabeta los tres tomos de la Obra completa de Freud (una piedra magnética para el niño de doce años que era entonces), o la búsqueda urgente apenas arribado a Buenos Aires para encontrarse con Alejandra Pizarnik, con la cual lo uniría, como en el caso de Osvaldo Lamborghini, una díscola y productiva amistad.
Impresiona bastante la caja con los tres mamotretos que bajo el título de Vigilámbulo que acaba de editar Adriana Hidalgo; sus casi dos mil páginas, que agrupan veinte libros, dan la cabal idea de que estamos ante una de las obras más prolíficas y consistentes de la poesía argentina (consistente es una palabra que, en otro andarivel, podría sonar rara, teniendo en cuenta el carácter difuminante, de animación suspendida que construyen sus versos). El primer tomo arranca con el libro más reciente (el hasta ahora inédito Vigilámbulo, palabra deleuziana que refiere a una especie de sonámbulo afectado por “un exceso de presencia”) y viaja desde ahí en retrospectiva hacia el primero (Escrito con un nictógrafo, 1972), que cierra el tercer tomo. Esta organización regresiva que propone Sergio Chejfec -autor del exquisito prólogo que encabeza la obra- pretende cuestionar la idea clásica de evolución para, en un sentido inverso, ir del despliegue pleno de los materiales hacia ese origen donde los mismos se encontraban en estado larval. Según la crítica, la obra de Carrera se divide en un inicio vanguardista – ligado a la famosa descendencia neobarroca, inventada por Severo Sarduy- que abarca sus primeros tres libros (Escrito con un nictógrafo, Momento de simetría y Oro) y que a partir de La partera canta (1982) y especialmente de Arturo y yo (1983), vira hacia ese entramado donde el tiempo, la infancia y la memoria, arman esas epifanías corrosivas que caracterizan su poesía posterior. Sin embargo, tener todos los libros agrupados le permite al lector verificar la intención (no sólo conceptual, sino también temática, rítmica) que vincula el primer libro con el último: desde el dispositivo que en Escrito con un nictógrafo permitía escribir en lo oscuro, haciendo que el escriba casi desaparezca, hasta este Vigilámbulo, que realiza la idea de escritura como dispositivo de captación de voces, donde la preeminencia del lenguaje diluye jerarquías, incluso la noción de voz poética o autor (“el eco sin palabras, sin cosas del lenguaje; / el eco / que golpea sin ondas: ínfimo, / cotidiano, prodigioso”, así empieza Vigilámbulo). Como si su poesía hubiese pasado de un arranque más bien teórico y performático, a una dimensión más comunicativa y situada, encarnada en el teatro de sus voces. Una influencia decisiva en este viraje es el descubrimiento, hacia 1982, de la poesía de Juan L Ortiz, que -como bien supo anticipar Martín Prieto- comienza a desestabilizar el programa inicial de Carrera.
Chejfec se pregunta qué clase de libros escribe Carrera. Claramente no son solo libros de poemas, sino quizá, como dijo una vez este último, “hologramas de la evolución intangible del sentido”, imágenes totales construidas en la tensión entre el verso y la escritura lineal, libros escritos por alguien que recoge y anota intermitencias, como el adulto que vigila a los niños haciéndose el distraído, para poder captar sus intercambios, la oralidad, y esos “golpes de escena” que son como una bocanada de aire fresco cuando el peso de lo elegíaco amenaza. Por eso el tono de Carrera nunca es enfático, ni conclusivo, su verso es, como apunta Chejfec, “el trazo de una disipación, saldo energético de un encuentro entre lenguaje y sensibilidad”.
Fogwill dijo una vez que la escritura de Carrera era una elaborada, aguda teoría sobre el dinero y cómo este afecta a las comunicaciones humanas. La metáfora económica, que alude a lo simbólico que impregna hasta lo más íntimo de las relaciones personales, muestra que siempre hay una yapa en esas transacciones, algo que va más allá de lo informativo y de lo instrumental, escenificación que vuelve a dar lo dado, despilfarro de una especie de ofrenda, potlatch, que hace de la presencia la forma más cercana a la felicidad.

Mario Nosotti

Los inrockuptibles, Mayo 2015

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