Mente Mariposa

sobre Mente mariposa, Allen Ginsberg, traducción Gonzalo Scorza, (Caleta Olivia, 2019)

Nacido en Paterson, New Jersey, donde conoció Wiliams Carlos William –quien en varios sentidos fue su maestro-  Allen Ginsberg creció como un judío ateo e izquierdista pasando una juventud llena de privaciones, llevando a Naomi, su madre, de sanatorio en sanatorio. En 1956 escribe en San Francisco un poema fenomenal, Howl, un sacudón al conformismo de parte de la sociedad en los años de Eisenhower, el lado B del bienestar de los Estados Unidos de posguerra.

“Estaba siempre a punto de irse a alguna parte, – cuenta Williams- no parecía importar dónde; me preocupaba, nunca pensé que fuera a vivir para crecer y escribir un libro de poemas.”

Furia, deseo, llamado a despertar, Ginsberg es el autor de lo que podría sintetizarse como una extensa Carta a América, la misma carta ardiente y visionaria desplegada por Whitman, (“escribo poesía porque Walt Whitman le otorgó permiso al mundo para que hablara con candor”) pero que ahora da cuenta de un sitio devastado, tuerto, que lleva con nostalgia el peso de la vida, a sabiendas de que  “el peso de la vida es amor”.

En los poemas de Ginsberg entra todo, la política, el sexo, la opresión, la prensa, la radiación, los paisajes urbanos, los suburbios en donde la ciudad termina, pero siempre hay un foco en el hombre individual, ese que aún vapuleado, llevado de aquí para allá por un destino que no le pertenece, es capaz de gritar, de hacer saber que existe. Es desde esa intemperie, desde el patio de atrás de la civilización industrial, que Ginsberg nos instiga a expresar nuestro deseo, retomando además la conciencia de que todos estamos en el mismo barco, y que ese solo hecho es suficiente para cantar la intensa gratitud de existir.

¡El mundo es santo! ¡El alma es santa! ¡La piel es santa! ¡La nariz / es santa! ¡La lengua y la verga y la mano y el agujero del culo!/ ¡Todo es santo! ¡todo el mundo es santo! ¡todo lugar es santo! ¡todo día pertenece a la eternidad!

Desde el joven que enfrenta a la policía manifestando en contra de la guerra de Vietnam, el que canta la libertad sexual y se busca a sí mismo en el LSD, el que es clasificado de “riesgo a la seguridad del estado” por el F.B.I., al que años después hace  un voto de pobreza y enseña poesía y meditación budista en las montañas del Naropa Institute de Colorado, Allen Ginsberg concibe  el ejercicio de su arte como experimentación y actitud ante la vida.

Dicen que Ginsberg aprendió del negocio de la investigación de mercado la forma en que se manipula el lenguaje de masas. Ese conocimiento, esa inmersión en las formas en que el discurso de la publicidad, la política y  los mass media infiltran a los individuos, es puesto en evidencia en su poesía con ironía impiadosa, como en ese poema en el que desmonta la lógica que rige  las políticas del banco mundial.

“Te prestaremos dinero para aumentar tu producción /(…) “Páganos un interés anual, para tu propia seguridad  / ajústate el cinturón, no pondremos objeciones” /“Recorta servicios sociales y la ayuda a los pobres”

Mente Mariposa, selección de poemas de algunos de los mejor libros de Ginsberg, traducidos por Gonzalo Scorza, demuestra que aún hoy, en un mundo tan distinto pero tan parecido, su voz liberadora e inclusiva nos sigue interpelando. La cuestión de la catástrofe ecológica sin ir más lejos, expresada magistralmente en el poema “Lo que la marea devuelve en Vlissingen”, hecho con la enumeración de materiales que las olas arrastran a esa localidad de los Países Bajos  “Plástico y celofán, cartones de leche y envases de yogur,/bolsas de red azules y naranjas/ cáscaras, bolsas de papel, plumas y algas, palos y ladrillos. / Jugosas hojas verdes, ramas de pino, botellas de agua…”

Allen Ginsberg, el gran protagonista de la renovación beatnik  junto a su amigo Jack Kerouac, el que alguna vez dijo, “lo que realmente queremos, puede no ser tan imposible de lograr si empezamos por decirlo claramente”, murió en Nueva York en 1997 a la edad de 71 años.

Mario Nosotti (Revista Ñ N|821 22/06/2019)

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Como si todo estuviese ocurriendo

Jorge Aulicino foto

sobre Mar de Chukotka, Jorge Aulicino (Ediciones Del Dock, 2018)

 

“Una y otra vez nos fabricamos / y el espíritu no es nunca el nuestro”. Si como dijo alguien, el poeta es una antena capaz de captar en lo diverso los cambios de una sociedad, la poesía de Jorge Aulicino ausculta las imágenes de la cultura, sabe que en lo domesticado de la naturaleza (porque otra casi ya no existe), en las manufacturas, los  residuos, late una especie de espíritu que nos llama a buscar, ir más allá de nosotros. Lo que amalgama lo real no es algo metafísico, está en los materiales que el poeta escruta y revisita, nítidos y presentes, y de pronto insondables.

El aliento narrativo de la poesía de Mar de Chukotka es solo el maquillaje para hacer visible el grano de una historia, o de la Historia; el viaje por los tiempos, las latitudes, las tradiciones, son la forma de expresar un presente que se asienta en el gato en la ventana, la luz cayendo de determinada forma, un automóvil viejo con los asientos repletos de libros. Constantes variaciones, infinitas excusas, son la puerta entornada que se abre hacia el vacío que todo lo sustenta, algo que sin embargo no está fuera de la historia sino que más bien es su propio movimiento.                                                                                             Todo lo que se describe se hace idea (“no ideas, sino en las cosas”, decía William Carlos Williams) pero aquí la sintaxis tuerce cualquier fijeza, envía a andariveles ajenos a la lógica esperable. Como las frías costas del Mar de Chukotka las fronteras se renuevan, los limites se corren, la pregunta por la representación se hace fuerza verbal : “ lo que sucede es el hielo / como si nunca sucediera, / el hielo / tu página en blanco / son siluetas, tu escritura / bordadas momentáneamente en el hielo / momentáneamente, / porque lo que sucede / es el hielo”. El hielo, como el desierto, los parajes desolados, puede ser la metáfora de la eternidad, o de la nada, allí donde desagua y se diluye el teatro del mundo, porque en verdad “todo es como si no hubiese sucedido / O es todo como si estuviese ocurriendo”.

Hace unos años en un reportaje, Jorge Aulicino dijo que prefería tomar distancia de lo personal en lo que escribe, como si la autorreferencialidad entrañara una especie de mal: “Cuando empiezo a escribir trato de ubicarme en un paisaje, aunque sea el de este bar. El juego que uno trata de hacer no es ver la historia desde afuera, sino verse en la historia, verse en ese paisaje.” La voz de los poemas de Aulicino encarna a ese sujeto que se observa a sí mismo, un otro que se mueve entre las cosas, las celebra, duda o descree.  El dialogo con la literatura (desde Dante y Homero a Apollinaire o Saer), se ha imbricado a la vida cotidiana como un interlocutor más con el cual compartir pensamientos, teorías y esperanzas. Una sintaxis musical, derivativa, que alterna el vos y el tú, el registro coloquial y otro más “literario”, más admonitorio, fogonea el impulso de decirlo todo, de abordar lo real por desmesura , aun sabiendo que semejante empresa está condenada al fracaso.

Con todos  los poemas de este libro podríamos listar categorías (política, filosofía, mitos, bártulos, industria), configurar sistemas que en sus cruces, en sus anomalías, vuelvan a hacer visible el mundo, atendible el espacio, como los osos blancos que por la quebradura de los hielos no llegan a la zona donde están las focas, “pasean por la aldea /saqueando los contenedores de basura”.

El filósofo Gilles Deleuze dice que tratamos de estructurar un orden lógico, una especie de “paraguas” para protegernos del caos, y que la ciencia, el arte y la filosofía quieren que desgarremos ese firmamento, corramos ese límite. El Mar de Chukotka, en el Océano Glacial Ártico, es también ese horizonte,  esa luz fantasmal  que nos punza a seguir, a ir más allá.

mario nosotti, revista Ñ (N° 788, 3/11/2018)

 

selección de poemas :

https://musicararablog.wordpress.com/2018/10/04/el-dia-sera-oscuro/

 

En la estepa polaca

mario foto arteca

sobre Los poemas de Arno Wolica, Mario Arteca (Caleta Olivia, 2018)

 

Arno Wolica nació en 1957 en la ciudad polaca de Koszalin, cerca del Mar Báltico. Perteneciente a una familia de judíos ortodoxos abandona sus estudios de ingeniería para dedicarse a escribir.  Publica varios libros de poesía, teatro para niños y dos ensayos. Su poema “Después de Beckett” le trae problemas con las autoridades comunistas de turno que leen en el mismo cuestiones antirrevolucionarias. Otra de las cuestiones que marcan su vida son las sospechas de licantropía que pesan sobre varias generaciones de miembros de su familia, las cuales confinaron al ostracismo a varios de sus parientes. Es por esto que siendo ya un escritor reconocido se entrega a la tarea de componer un libro colosal.                                                                                                                 En marzo del 2000 publica El juego de la luna llena. Tratado de licantropía. Por esa época, una crisis personal y amorosa  lo hace caer en la bebida y auto-internarse en una clínica para adicciones de Varsovia. Todo esto nos lo informa en el prólogo del libro el escritor Horacio Fiebelkorn. Entre otros documentos, cita la opinión de Wilhelm Schwertzmann, titular de la cátedra de Literatura Judía Centroeuropea de la Niederösterreich-Lutherische Universität Berlin, quién refiriéndose al texto licantrópico de Wolica, explica que trabaja dos géneros contrapuestos, el lírico y el ensayístico, y remata  “una apuesta por la insuficiencia del sentido poético, sin perder tiempo en rodeos preliminares”. ¿Significa esto una nueva programática o nada más escritura polaca pura? se pregunta Fiebelkorn. No podríamos responderlo. Pero sí podemos arriesgar que esta caracterización bien podría cuadrarle a un poeta argentino oriundo de la plata.

Pero vayamos por partes. En esta selección de textos que el mismo Wolica realizó (no se menciona al traductor) muchos de los poemas están hechos con las incrustaciones de un cuerpo que nos ha sido sustraído. Nos quedan los fragmentos una historia cuyo contexto o es ambiguo e intercambiable, o nunca se repone. El poeta  propone una combinatoria, un juego de sintagmas, donde el que lee deberá construir el sentido. La indiferencia (o la confianza, podría interpretarse de ambas formas) en el lector es radical. Wolica se desprende de la instrumentalidad comunicativa, sabiendo que el sentido no es potestad del mensaje o la forma, sino que es construido por la subjetividad del receptor. Ir por la senda no hollada, el paisaje sin marco, desistir al control. Lo que hay son apuntes narrativos, escenas iluminadas, teatrillos de historias que de a poco se van entrelazando. Y al pasar, los poemas se leen como la biografía de un sujeto pensante, dubitativo, desgraciado, con momentos de felicidad y de decisión. Es como ver las fotos de viaje de un desconocido. Lo que de intimidad, de familiaridad tienen las fotos, es lo que a nuestros ojos tienen de ignorancia y extrañeza. El poema “Preterintencional” (Zbrodnia) dice así: “En efecto el hombre arrancó / el arma la hizo girar en el aire / y cuando estaba a punto / de hundirla en el pecho / soltó un exabrupto / y todo quedó en la nada”. La ironía, el humor y en varios casos la arbitrariedad cercana a las formas de nonsense, no impiden que Wolica sea eminentemente un poeta conceptual, solo que sus ideas son golpes sintagmáticos, imágenes rítmicas, avanzando por cortes o por reversibilidad “La dificultad del agua / en aplacar las raíces / cuya desgracia inicial / es darle todo el poder / a la absorción”.                                                                                                                        Digámoslo de una vez: Wolica es un invento de Arteca, Wolica no existe (aunque ya puede leérselo en el monumental sitio Poetas Siglo XXI), o mejor dicho, Arteca juega el juego de Pessoa con sus heterónimos. Demos gracias a Arno Wolica entonces, por permitirnos asistir a esta nueva dimensión de  Mario Arteca.

Mario Nosotti

Revista Ñ 25.08.2018

Arteca Arno Wolicka

Bobby Fischer VS. Bobby Fischer

Dupont foto

Mariano vino a casa anoche a traerme su último libro. Iba ser cosa de un minuto pero al final subió, destapó unas latitas de cerveza que traía en la mochila y nos quedamos charlando. Había sido un día caluroso y la brisa inesperada del final de la tarde nos hacía bien.

Mariano es un poeta secreto, que permanece, un poco sin querer queriendo, al margen de las redes de circulación. Algunos lo conocen más bien por sus novelas, Aún, premio Emecé 2003, Ruidos (Santiago Arcos, 2008) y Arno Schmidt (Seix Barral, 2014). Apenas uno lee un fragmento de su prosa reconoce una respiración, un fraseo, una forma de ataque donde el sentido se construye en la cadencia de una voz que oscila entre el monólogo y la oralidad, siempre cerca de lo cáustico, rayando a veces lo delirante, no tanto por lo hiperbólico sino más bien por lo obsesivo, por la reiteración un poco loca, cuya motivación profunda es desacralizar, romper con la importancia, los falsos oropeles.

Él mismo edita sus libros de poesía; corta pliegos, cose las hojas, sella a mano la portada y los ensobra. Después los distribuye en cinco o seis librerías, no más; y lo obsequia a sus amigos. El nombre que eligió para su sello, donde a veces publica algún otro poeta, anuncia una improbable frecuencia, la abstinencia más bien del plazo fijo: Ediciones cada tanto. Esa dedicación algo abstraída, de tiempos de escritura y de formas de circulación un poco a contrapelo de la figuración y el reconocimiento, se refleja también en su apuesta poética. Mariano no es afecto a la tendencia actual a una poesía que hace de lo personal su materia recurrente: lo familiar, la infancia, la amistad, tópicos que –con resultados diversos- se abren en un momento a una modesta epifanía. Así como no abreva en escenas personales, niega a sus personajes cualquier psicologismo que no sea el que derive de la propia acción; y lo mismo le pasa con la efusión lírica; lo suyo sigue la estela de algunos de sus admirados: Lamborghini Leónidas, Beckett, Céline, la gauchesca, es decir, la gente que escribió con el oído: la música (y el silencio) ante todo.

Abro el  nylon entonces, transparente, que contiene el librito. Un poema de unas 20 páginas que ya hace varios meses, me consta, el autor venía trabajando. Una cartulina color crema, de trama delicada, con el título estampado en el centro: Bobby Fischer Vs Bobby Fischer. Durante mucho tiempo, cada vez que nos juntábamos, salía a relucir el tal Bobby. Algo lo atrapó ahí, fascinado con ese personaje vio documentales, leyó acerca de su vida, de su genialidad y su desvarío, de partidas que quedaron para siempre en la historia del ajedrez, y acá estaba el resultado.

Los poemas de Dupont van rodeando, asediando su objeto para intentar aprehenderlo desde la mayor cantidad de perspectivas posibles, como Cézanne pintando una y otra vez el monte Sainte-Victorie. Sus cinco poemarios instalan un espacio e intentan agotarlo. Un espacio linguístico y una escenografía pulsional: la gauchesca recargada en Pampa Trunca, el artista cachorro y el ambiente “literario” en Quique, la inmensidad helada en Nanook, la fronda carcelaria y las megafavelas en Marcola. ¿Y Bobby Fischer? En Bobby Fischer, el mundo es un tablero de ajedrez.

Cualquiera de esos libros se leen de un tirón, no por breves, no por sencillos, sino porque son como un buen disco, uno queda atrapado en la cadencia, ese loop de decir, y no puede soltar (saltar afuera), ese ir y venir que se espirala fogoneado por el viento de la risa, el no tomarse nada muy en serio, la confianza que muestra que el amor es un lento aprendizaje, que va del enamoramiento de la imagen, la pesadez del ídolo, a la altiva energía de la desilusión.

Mario Nosotti, (enero 2018)

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BOBBY FISCHER  VS. BOBBY FISCHER

 

Bobby Fischer de un lado de la mesa. Del otro,

Bobby Fischer. Uno en un sillón, el otro, en una silla.

Se miran, serios, oblicuos, frunciendo el ceño, lo dos

Bobbys. Se observan, midiéndose, escrutándose. Un

estudio minucioso que busca el anticipo, una ventaja,

algo, lo que sea, en la dura y exigente competencia.

 

Abre Bobby, el bello Bobby, con la blancas: shic:

peón c4, y desconcierta, así, a su adversario, el Bobby

de las negras. No esperaba, Bobby, el de las negras,

que el Bobby de las blancas abriera de ese modo, no:

la salida lo toma por sorpresa. “Ajá”, piensa Bobby,

el de las negras, “conque ésas tenemos. Bien, bien.

Apertura inglesa, mmm, mmm.” Y recuerda, enseguida,

las palabras de Tartakower, Savielly, el Gran Maestro:

“la más agresiva, la inglesa, de todas las aperturas”.

Un segundo, dos , tres, y estira, Bobby, el de las blancas,

la mano derecha y clac, con la palma: baja el botón.

 

(…….)

 

Está solo, Bobby, el bello Bobby Fischer, como siempre,

aunque solo con él, acompañado por él, por él mismo,

por Bobby. Un vez más, y ya van miles, Bobby juega

contra Bobby en el centro del living de su depar,

sito en Brooklyn, New York, United States of América.

 

Desparramados por el suelo, en las mesas, en las sillas,

en todas partes, libros, manuales de ajedrez, abiertos,

y novelas de espionaje, de John le Carré, que Bobby,

en los raros momentos en que no está poseído, como en

trance, por el estudio de alguna partida, gusta de leer.

 

Aquí y allá, en un lindo salpicón, latas, vacías  y estrujadas,

de Canada Dry, de Dr. Pepper, paquetes a medio consumir

de potato chips, cajas de pizza con restos de tomate

y endurecida muzarela, calzones blancos con viejas

palometas, medias inzurcibles, zapatillas malolientes,

una muñeca para inflar: el departamento de soltero

de Bobby, el mejor ajedrecista de todos los tiempos

(según Kasparov, Garry, el ruso, otro fenómeno, etc).

 

En la cocina, un clan de cucarachas a sus anchas,

gordas y vivaces, acomete maniobras entre la pila roñosa

y variopinta que compone, en la pileta, la vajilla

de Bobby. Sin embargo, a Bobby, a ambos Bobbys,

al de las blancas pero también al de las negras, todo eso,

su casa convertida en una mugrienta porqueriza, lo tiene

sin cuidado. Bobby está en otra. Su mundo, el mundo

de Bobby, es, desde siempre, un tablero de ajedrez, y ya.

 

 

Fragmentos de Bobby Fischer VS Bobby Fischer, Mariano Dupont

(Ediciones cada tanto, 2018)

el amor como acto enunciativo

Battilana foto familiar

sobre El empleo del tiempo, poesía y contingencia, Carlos Battilana

(El Ojo de Mármol, 2017)

 

Cada poeta tiene sus preguntas. Si la escritura crítica es una de las formas de la autobiografía es probable que en cada lectura se filtre algo de la búsqueda, del recorrido personal de un escritor. Y en el caso de un poeta, es probable también que una respiración, un tono, un ethos de su trabajo con los versos aparezca, seguramente transformado, quizás como mero vestigio, en la forma de abordar los temas que lo interpelan. Las preguntas que se hace Carlos Batillana (autor de varios libros de poesía y uno de los referentes descentrados de la generación de fines de los noventa, aquellos que supieron desmarcarse y llegar hasta hoy) giran alrededor de un campo conceptual cuya materia amalgamante es la fuerza del afecto, entendiendo por esto una forma de acercarse a los seres y las cosas, mesurada, más o menos distante, pero siempre cargada de una intención de  abrir, de lograr el contacto. Esa llamada genera una correspondencia que hace avanzar la escritura. El empleo del tiempo reúne por primera vez los textos que no son poemas, es decir notas, ensayos, prólogos y reseñas, dispersos hasta ahora en distintos medios.

El empleo del tiempo tapa libro

¿Cuáles son las preguntas que se hace Carlos Battilana?: cómo se hace ese tiempo que adopta un ritmo propio, ajeno a los mandatos de la mera productividad; de qué modo la poesía ingresa en una vida y qué hacen los poemas con nosotros; cómo llega ese viento que interfiere la forma de mirar lo real, que está en los intersticios de nuestras decisiones, preferencias, formas de vincularnos o movernos. La primera parte del libro, Biografía afectiva, va en busca de ese origen determinante, tan cercano y constitutivo que casi nunca se cuestiona, y del que no es fácil rastrear sus sedimentos más profundos. El cuerpo del docente que enseña literatura en la escuela media o en la universidad pública, el padre que construye con lo adverso la singular relación con uno de sus hijos, el hincha de San Lorenzo cuyo origen remonta a una radio portátil cuyos ecos el gurí iba mamando en su Paso de los libres natal, el lector de Darío, de Vallejo y Martí, poetas que son faros en la creación y en la vida, pasiones heredadas o adquiridas como el tango o el rock, en las cuales el aura de Spinetta irradia como representante de una generación.

Al margen de la aridez y extenuación de lo académico (lo académico mal entendido), Battilana va por el lado de lo conversacional, el tono de un amigo que cuenta apasionadamente una experiencia, hilando una sintaxis que dota al pensamiento de cierta ligereza, abierta a lo fortuito que suele dar sus frutos sorprendentes. En la segunda parte, Experiencias de lo transitorio, que reúne las notas y reseñas de los distintos libros, aparecen con fuerza la libertad imaginativa, las intuiciones precisas, las hipótesis más estimulantes del autor. Battilana tiene un ojo entrenado para dar con las escenas fundantes de un poeta, aquéllas que condensan su grano escritural y existencial. José Manuel Inchauspe y Estela Figueroa, autores cercanos a su imaginario poético, le sirven para inquirir  por ejemplo que se entiende por “transparencia” o por una lengua de “registro medio”. El autor de Materia prefiere los poetas no enfáticos, de recursos escasos y singulares, recurrentes “sin un hermetismo exagerado ni un coloquialismo extremo, que permite la mirada reflexiva, la digresión”. Esto se puede ver en la elección de algunos de los nombres: Liliana Ponce, Roxana Páez, Diego Colomba, Osvaldo Bossi, Edgardo Zotto, Fabian Iriarte, Ana Miravalles, Carlos Martín Eguía, Martín Rodriguez, Daniel Durand y Osvaldo Aguirre, entre otros. Battilana no esconde cómo llegó a tal libro o tal autor, qué significó para él y su escritura ese descubrimiento, es más, hace de eso el motor que contagia el anhelo de ir en busca de aquello que lo atravesó.

mario nosotti, Revista Ñ, (3/02/18)

 

Carlos Battilana: Paso de los Libres, Corrientes, 1964. Publicó los libros de poesía Unos días, La demora, El Lado ciego, Materia, Narración, Velocidad crucero, Un western del frío entre otros. Compiló y prologó Una experiencia del mundo, de César Vallejo (Excursiones, 2016). Periodista cultural y docente de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Buenos Aires.

Battilana foto

 

El libro de las mutaciones

Experim c seres humanos Schilling tapa libro

sobre Experimentos con seres humanos. Carlos Schilling.Ed. Nudista.

por Mario Nosotti

Supongamos que el mundo gira alrededor de una historia – la saga familiar de los Staub y sus distintas series- y ese eje es tan potente que abduce a todo el resto – cualquier evento humano que no se ligue de algún modo a él-: eso es una novela.
Schilling instala en un punto del mapa – Los Juncales, un pueblito de Córdoba- la base desde donde parten las diferentes líneas de un árbol familiar. Como las trayectorias de cohetes trazadas con precisión milimétrica, estas líneas muy pronto se desvían y se cruzan con otras, sin por eso librarse del todo de su origen. Como si algo del nombre o de la raza (con toditas sus taras) resistiera en el fondo las mixturas que le impone el azar.
En las mitologías familiares, las narraciones adquieren poco a poco el peso y estatuto de los hechos; son casi siempre circunstancias fortuitas las que marcan a fuego los destinos vitales (como un barco que cambiara su rumbo apenas unos grados, y terminara – con el tiempo y la distancia suficientes – en otro continente).
Lucas y Claus Staub, dos de los narradores de esta serie de relatos, hermanos tan disímiles como potenciables, cuentan su propia historia, la de su padre, Rodolfo Staub – una mente brillante que “no entiende por qué el mundo no se adapta a sus ideas pese a que son las mejores ideas del mundo”, la de un mítico abuelo, y la de una prima misteriosa y lunar, entre muchísimos otros. La narración avanza intercalando geografías y tiempos, haciendo dialogar saberes tan diversos como la astronáutica, la ingeniería, la filosofía deductiva (Hobbes explicado a través de Sherlock Holmes), con cierta simpatía por el nazismo, un tío que imita voces y el hechizo de un amor incontrolable; y todo como si esto –con la paciencia y atención suficientes- se pudiese explicar. Experimentos con seres humanos es esa misma mezcla de encuentros, rupturas y simbiosis de personas, tan precisas como inacabables. Como las series de dibujos que hace Lucas en sus cuadernos de adolescente: infinitas de cruces esvásticas que van mutando en máscaras de KISS.

Los Inrockuptibles Octubre 2014

Los sordos. Rodrigo Rey Rosa. (Alfaguara 2013)

los sordos

por Mario Nosotti

¿Hasta donde debería llegar un hombre siguiendo la intuición de su verdad? ¿Hasta qué punto si todos los actores insisten en mostrarle que todo es explicable por la vía del bien? Los sordos, la nueva novela de Rodrigo Rey Rosa –referencia obligada de la narrativa latinoamericana actual, aquél que conoció a Bowles en Tánger y del cual hace ya años Bolaño dijo “es el mejor de mi generación”- es un thriller político pero es mucho más que eso, es una pintura de la Guatemala actual (violenta, desigual, contradictoria) y a la vez el relato de una iniciación, el intento de un hombre de crearse a sí mismo en un mundo fantasmal.
La prosa de Rey Rosa es sobria, equilibrada, y casi nunca abunda en efusiones; tiene un ojo en la trama y otro atento a ese fuera de cuadro, eso casi invisible que sucede en la luz intratable del desierto. Esa materialidad lúcida, inconmovible, mezclada con la cotidianeidad más violenta y decadente, son la marca registrada del autor.
Bajo la omnipresencia de los grandes volcanes, a la sombra de la ancestral cultura Maya – saqueada y despojada pero todavía viva- la trama novelesca se centra en los ardides de gente poderosa, que hace beneficencia con aquellos que oprime, y sabe que una parte del negocio es no confiar en nadie.
En esta historia densa, creíble, los personajes tienen varios pliegues; uno no se decide a calificarlos fácilmente aunque sean corruptos o asesinos. Todos tienen su lógica, su honestidad privada, pero a la vez ninguno puede disimular el autoengaño.
La narración comienza con la desaparición de un niño sordo de la etnia kiché, –hecho que se retoma recién en el final de la novela- y el secuestro de Clara, la hija de un banquero , a partir de lo cual se abre una trama precisa e intrincada que incluye negociados de empresarios y un hospital oculto en la montaña, donde se esconden prácticas siniestras. Es Ignacio, el joven guardaespaldas de Clara, el que mueve la acción y nos deja picando una duda monstruosa: ¿cómo puede decirse la verdad y, aun así, seguir mintiendo?

En Los Inrockuptibles (diciembre 2013)