Salir a cazar poemas

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El silbido del alma

por Roberto Aguirre Molina

Cuentan sus amigos más cercanos, que en la
década de los 70 el joven Héctor R. Rodríguez,
Kiwi, salía a caminar por la arena de la Laguna
de Guadalupe. Sabían que era “chúcaro”, “arisco”,
porque cuando lo iban a visitar (en ese tiempo
vivía en la costanera vieja frente a la laguna),
escapaba por las ventanas de la planta alta. En sus
vagabundeos y meditaciones que comenzaban a la
puesta de sol, le gustaba desenterrar, con el dedo
gordo del pie, objetos que la arena de la laguna
ofrecía cuando llegaba la bajante del río Paraná.
En una oportunidad encontró un cráneo humano;
en otra, restos de huesos también humanos que
dijo eran de los indígenas que habitaron la zona,
quizás porque también aparecieron en el mismo
lugar restos de vasijas y bijouterie propias de ellos.
Comenzó a coleccionarlos y a incrementar sus
caminatas en busca de más. No era de extrañar
que ante el cumpleaños de cualquiera de ellos, le
regalara uno de esos restos.
A comienzos de la década de los ochenta se
muda enfrente de la ciudad, a Alto Verde. Con
plata que le habían dado sus padres compra una
fracción de terreno en la zona alta de la isla y a
unos kilómetros del pueblo.
El lugar deseado, no muy lejos de la civilización
y propicio para la meditación y creación en barro y
en papel. La casa, de un ambiente, donde cabía lo
esencial: cama, mesa y cocina económica; ventana
pequeña y la puerta. Una heladera fuera de uso
(no tenía luz eléctrica) servía de alacena, una
silla y de ropero, unos clavos en la pared. El piso,
por supuesto, de tierra. Bajo la cama guardaba
dos valijas grandes, antiguas, llenas de poemas.
Cuando llegaba la inundación a su casa, levantaba
con sogas la cama y colocaba ladrillos como
escalera para acostarse a dormir; las valijas estaban
a sus pies.
Al terminar el caserío del pueblo, empieza el
largo camino de arena para llegar hasta él, rodeado
de la vegetación clásica de la zona costera: ceibos,
espinillos, chilcas, abrojos, sauces y el río en un
costado, que separa Santa Fe de Alto Verde. Una
vez allí, después de varios llamados y aplausos,
aparecía entre los ramajes de plátanos, mandarinas,
naranjas y los ajíes de la mala palabra. La ‘casita’
no se veía, había que sortear varios metros de
plantaciones por un sendero angosto. “Ésta es
mi casa”, y la mostraba. Luego de un rato, largo,
la invitación para tomar unos mates: armaba con
leña una fogata al lado de la puerta mientras iba
con la pava negra, a la vereda a buscar agua en un
tanque de lata que el camión regador llenaba cada
día. Sólo había una silla y estaba adentro, así que
a sentarse en el suelo. Andaba descalzo y mientras
esperaba que hirviera la pava se dedicaba a sacar
yuyos con los dedos de los pies. Al verlo, parecía
fácil hacerlo. Pero también lo hacía mientras
hablaba o cuando pasaban los pescadores por el
río.
Después del primer mate, con una sonrisa
como de timidez, comenzaba su monólogo que no
paraba por largos minutos, y uno se quedaba tan
atento como sin palabras ante el encadenamiento
de poesía, artesanía, filosofía, mística y cosas
cotidianas. Semejante revelación de lucidez
ocurrió también en las pocas presentaciones
en público; recuerdo una, ante los alumnos del
último año de la secundaria de la ciudad. Todos
los invitados leímos con más que menos ruido de
los chicos, pero cuando le tocó su turno, el silencio
se apoderó de la sala durante treinta minutos.
Sus poemas me llegaron en una carta personal
por medio de su amigo artesano: un pequeño
plegable fotocopiado. Como ya había iniciado la
edición de los plegables de poesía El Soplo y El
Viento con poemas de Juan Manuel Inchauspe,
Vasko Popa y Beatriz Vallejos, decidí publicarlo en
la misma colección tal como me los había enviado.
Se tiraron 500 ejemplares y por correo ordinario
circularon por todo el mundo.
Con el barro de la zona cochuraba sus piezas
en un pozo hecho a la manera indígena o bien lo
hacía en la cocina económica los días de lluvia.
A alguno de sus “bichos”, como él llamaba a sus
creaciones, le dibujaba un poema en el dorso, con
un palillo. Escribía en el reverso del papel metálico
del paquete de cigarrillos que luego fotocopiaba y
distribuía.
Conocedor de su entorno y de la gente, en
su mayoría pescadores (para ellos era un honor
tenerlo como vecino), escuchaba con paciencia
sus relatos y canciones que le ofrecían al pasar a
recoger los espineles, al caer la tarde. Así se fue
formando el cuadernillo Angüeras, esos silbidos de
las ánimas en pena que persiguen a los canoeros.
Como los cachos de banana maduraban
al mismo tiempo y tenía una buena cantidad de
plantas, los aprovechaba comiéndolos todos los
días inventando recetas que contenían este fruto.
Así, me comentaba, hacía ñoquis, milanesas,
buñuelos, ensaladas y cuánto más, hasta agotar
stock; de esa experiencia surgió un poemario de
recetas que tituló “Embananamiento”, aún inédito.
Decía Kiwi: “Trabajar el barro y escribir poesía
son manifestaciones de una misma necesidad
interior. Cuando modelo el barro puedo o no saber
lo que busco crear; en general no es más que un
movimiento para tratar de correr cortinas, de abrir
un pasaje hacia la esencia oculta, y este movimiento
crea en su marcha formas siempre distintas de las
que uno se proponía construir. Y con la poesía
también pasa algo parecido: uno puede empezar
escribiendo sobre algo que ve en el paisaje, o sobre
una música que insiste en acompañarnos, y de
pronto se produce esa otra cosa, y es como si se
saliera a cazar poemas, a seguirlos con una red y
atraparlos”.

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Poemas

1986

Las primeras flores del granado
apagadas en el rocío

6 – 11 – 86

*

Se detuvo
miró hacia atrás por encima
del hombro.
Al pasarse la mano por el pelo
saltó una rana
blanca

6 – 11 – 86

*

Tal vez apagan
la luna en las plumas
de una garza

*

En un tártago, escondido por el
mburucuyá
han hecho su nido los zorzales
ellos, que solían alborotar,
distrayendo
la atención mía o la del gato
hacia otros árboles,
ahora observan en silencio
cuando me acerco desmalezando

3 – 11 – 86

*

Chindo robó los pichones del nido
llevándoselos al suyo.
Allí les da de comer en sus labios
migas de pan, granitos de mijo.
Pero sus plumas no vuelan
y él no sabe cantar

*

El sapo en la puerta de su cueva,
yo en la mía.
Miramos caer la lluvia

 9 – 11 – 86

 

 

Inéditos

3 cabezas de surubí me trajeron
los hijos del pescador.
Las colgué de un gancho
en el ceibo.

Anochece.
Siento su olor.
En la oscuridad navego.
3 cabezas de surubí
y yo su cuerpo

*

Llegué a un punto
en el que me dije
cualquier cosa que toques
será nueva

Para probármelo
toqué las tres cabezas
y fui su cuerpo

Ellas abriendo sus bocas grandes
eso dijeron

*

de Salir a Cazar poemas (Editorial Ivan Rosado, 2016)

Kiwi (Héctor Rolando Rodríguez) Nació en Santa Fe en 1940. A comienzos de los años 80 se transladó a la isla de Alto Verde, frente a la ciudad de Santa Fe. Durante su vida se dedicó, a la par, a la poesía y a la alfarería. Publicó en ediciones delanada, de Santa Fe, las plaquetas Poemas (El Soplo y El Viento n° 2, 1986), Angüeras (El Soplo y El Viento n° 9, 1989) y El espejo natal (El Soplo y El Viento n° 13,1991). Murió en el año 2011.

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Laura Crespi

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*

 

Fuera del hecho natural de construir,

hipnotizarse en el reflejo de la luna sobre el mar

ancho y brillante,

todo amor es ilusorio.

 

Las personas pasan a lo largo,

admiran una estructura de superficie

y lo llaman escritura, paisaje lunático, poema.

 

Pero el amor tiene su realidad, su cuerpo,

su exaltación, su tela sin aberturas.

Y es por fuera alegre y leve.

 

**

 

En lo imposible también hay casas.

El simple mirar, la devoción,

direccionando los desvíos,

en las calles de este barrio

que nos llevan

y nos pierden.

 

El aliento desplazado,

la fiesta en otros lugares

donde las figuras se durmieron

y nos siguieron despiertas

en un sueño solo,

silabeando unos chasquidos

que venían de las hileras de gotas

extendidas sobre el parabrisas

yendo a mínima velocidad

por la avenida azul

bajo el asfalto doble

y rayado en el medio

de esta gran prolongación

hacia la nada.

 

***

 

A veces vuelven esas palabras

cargadas de droga en un murmullo,

indescifrables como entonces

sobre el mismo ritmo despistado

de unas voces sumergidas

por sonidos muy extraños

bajo el sol hostil al despedirse

de la madrugada húmeda y pesada.

 

poemas incluidos en Les autres sensualités (Caleta Olivia, 2016)

 

Laura Crespi: San Fernando, 1973. Publicó los libros de poesía: Días de Besos, Una onda magnética, Árboles alineados, La vida interior, Primavera y el ensayo Un blanco móvil. Filosofía, metáfora y literatura. Tradujo a Wallace Stevens y Elizabeth Bishop. En 2014 editó su primer disco solista Claridad, Calridad y en 2016 el disco que reúne sus canciones infantiles Children´s Corner. Es licenciada en Filosofía por la UBA, donde da clases.