Criollo cósmico

A propósito de la esperada edición que reúne la obra de Francisco Madariaga, Música Rara se hace eco del que es probablemente el acontecimiento poético del año que termina.

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F.Madariaga, 1977.



Que sos grande, mi cuñao…

Hace años que les leo a los pibes de los talleres los palmerales de Francisco Madariaga como si les ofreciera una misa en voz alta. Su voz lo era, y la voz que sale cuando leo sus poemas, la voz de sus poemas, amado Madariaga de rojo y negro en los tembladerales de oro que me dejan sin aliento, oh criollo del vino rojo y lento, del anverso de tu propia retórica, criollo del universo que pensabas en castellano y sentías en la lengua honda de tus poemas que se escribieron con el sonido del agua de los esteros y con el gorgoteo de los gauchos a caballo y a cuchillo, y con las mujercitas «inditas, criollitas, mulatitas, purificadoras y encantadoras de jinetes y de caballos…» que me dictan las palabras para decir, para decir que fuiste este poeta milagroso, Madariaga, el más correntino, el más argentino y sudamericano y terrestre de entre todos los poetas que conocí.

Aquel Asaltante veraniego que me subiera a la grupa de un alazán a los dieciséis, y que me mantuviera atenta a sus versos desde entonces paseándome como el gentilhombre que era por los bajos de un rocanrol. Porque acaso, cuando una dice «oro en los tembladerales de oro», qué otra cosa siente más que el riff de una guitarra cayendo a las aguas y subiendo al cielo celeste una y otra vez… Qué otra cosa más que la voz ciega y lúcida de la poesía que no quiere nada más que sus versos, ninguna explicación, ningún dar cuenta de nada, Madariaga, como vos querías…

Con su obra completa en mi computadora, con sus entrevistas enturbiándome el corazón por la lucidez de su pensamiento, como si lo escuchara hablar frente a mí, me siento ante la pantalla a decir el poeta grande que sos, mi cuñao… Te tuve en la mesa de mi casa una vez, y con la segunda botella de tinto empezaste a contarme la belleza de una aparecida por los esteros de Iberá, estabas con tu mujer en mi casa y te vi crecer con esa sombra y esa luz que tenía tu cara, esa hermosura de macho correntino que se fijó para siempre en mí.

En la adolescencia entraron tus versos y nunca más se fueron, no, fueron creciendo en las olas de la poesía argentina y te colocaron en la cima para mí. Cuando me preguntan por un grande, Madariaga, les digo. Empecé hablando de vos y ahora te hablo a vos, porque un poeta de tu talla nunca muere y siempre se está tomando un mate con una. Mi maestro, aunque sé que no querrías que te nombrara así, mi maestro digo, y que la poesía lo refrende.

Diana Bellessi


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Esplendor

sobre Contradegüellos, edición crítica de la obra de Francisco Madariaga (EDUNER, dos tomos, más un cd con registros de lecturas).

Mario Nosotti
Los Inrockuptibles (diciembre, 2016).

“En América lo que hay que hacer es restregar la cara, el ánima y la sangre en los rastreos comarcales, donde se anida y espera la herramienta que hace explotar la imagen más moderna”, dice Francisco Madariaga en uno de los textos que estaban hasta ahora inéditos. Con apenas 14 días de vida, el poeta viaja con sus padres a Estancia Caimán, un paraje salvaje del norte de Corrientes que lo marcará para siempre. Su poesía rastrea esa infancia entre esteros, lagunas y palmerales, para transfigurarla  en canto que expande los designios de ese “hechizo natal”. Las voces primitivas  de los gauchos, de los desheredados y del imaginario guaraní se engarzan en la visión alucinada de un espacio alejado de cualquier pintoresquismo. Con un lenguaje nuevo, que se asume moderno y antipopular -“pero cercano a vuestros vestidos miserables”-, la voz de Madariaga es la del chamán que erige en la palabra las fuerzas absorbidas de un entorno que pone en relación dos escenarios: las llanuras esterales de corrientes y la costa del este uruguayo.
Estas fulguraciones en cadena, una cinética que acumula y devuelve espejeos, tensa el soporte de una mirada, como dice Eduardo Espina, devenida visión, donde el sujeto enunciador siempre está en vías de transformarse en otra cosa. Un discurso que hilando disrupciones puntea además una autobiografía cuyas marcas titilan en lo que se sustrae, en la sobrenaturaleza de un diamante cuidadosamente facetado.
La aparición de la obra completa de Francisco Madariaga nos devuelve el esplendor de sus libros, hoy prácticamente inhallables, que a partir de la década del cincuenta renovaron la poesía argentina. El cruce entre la tradición del siglo de oro y el surrealismo, el barroco americano y el simbolismo, las voces guaraníes y criollas, no alcanza para dar cuenta del que es sin duda uno de los registros más irreductibles de nuestra lírica.
Bajo el título de Contradegüellos, la esmerada edición de EDUNER reúne todos sus libros, textos dispersos e inéditos, en dos tomos: El tren casi fluvial , que incluye los diez primeros libros más el autobiográfico, “Sólo contra Dios no hay veneno”, y Criollo del universo, que comprende cuatro libros aparecidos en apenas un año –entre 1997 y 1998-, ambos enriquecidos con fotografías, dactilogramas, y los aportes de Diana Bellesi, Arturo Carrera, Silvia Guerra, Eduardo Espina, Reynaldo Jiménez, Silvio Mattoni y Liliana Ponce. Roxana Páez, que hace años viene trabajando la obra de Madariaga – Poéticas del espacio argentino es en ese sentido un texto insoslayable- fue la encargada de llevar adelante el proyecto (incluyendo la reunión de materiales, introducción, notas y ensayos).
La experiencia de leer a Francisco Madariaga es la de abrirse paso ante un deslumbre que poco a poco nos dobla sobre la hoja; hace falta detenerse y volver a tomar aire para poder seguir. En la  condensación, y en esa intensidad sin pausa, se plasma la imaginería que, presente desde el primer libro (El pequeño patíbulo, 1954), irá desarrollando en el resto de su obra: “Peso entero del saco de perfume de la gracia, / estoy entre la espada del paisaje y el / ladrillo caliente del olvido, / viajando con un ardor de joya y sangre”.

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Corrientes, 1967.

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Corrientes, 1967.

 

Música Rara agradece a EDUNER y a Paola Calabretta la posibilidad de difundir los textos y fotografías de esta entrada.

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Crónicas del paisaje sensible

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sobre En la naturaleza. Marie Colmont.Traducción Juan L. Ortiz. EDUNER , Universidad Nacional de Entre Ríos (128 páginas). Edición al cuidado de Sergio Delgado

 

Cuando en 1942 Juan L Ortiz se instala definitivamente en Paraná, comienza a colaborar asiduamente en diversos medios gráficos, entre ellos, y a instancias de su amigo el poeta Amaro Villanueva, con  El Diario, de dicha ciudad. Allí aparecen a lo largo del año 1945, en una columna titulada En la naturaleza, los textos de Marie Colmont, escritora francesa prácticamente desconocida que Ortiz traduce especialmente bajo el seudónimo de Alfredo Díaz*. Como indica Sergio Delgado –prologuista y compilador del libro- Ortiz seguía de cerca las publicaciones de la  izquierda francesa, preocupado ante el avance del nazismo y el fascismo en Europa, y leía estos artículos cuando aún vivía en Gualeguay. Los textos de Colmont se habían publicado en Vendredi, semanario de izquierda próximo al Front Populaire entre 1936 y 1938. Ese último año coincide además con la aparición de El ángel inclinado, tercer libro de Ortiz, donde en el poema “Un palacio de cristal” la referencia a Colmont se hace explícita, lo que supone el inicio de un extenso diálogo.

“Poner en valor la experiencia recogida en el contacto íntimo con las cosas y los aspectos más celosos de la tierra y de los cielos”: lo que Ortiz dice sobre el trabajo de Colmont en una nota introductoria bien podría aplicarse a su poesía.

Esta especie de alma gemela que encuentra al otro lado del océano también alienta una íntima y tenaz cruzada, una intención política en sintonía con el momento histórico que le toca vivir; “ayudar a sentir y observar la naturaleza con mayor delicadeza y atención” es un deseo que, en este caso, tiene alcances impensados.

La floresta, los pantanos, los bosques y sus criaturas, excursiones al río, noches en que se olvida la tienda para dormir bajo las estrellas, el día derivando en la canoa: crónicas del intercambio entre una individualidad socializada y un mundo vasto y sutil, que se abre solo al precio de una atención paciente, de una entrega sostenida. Desde la panorámica de los paisajes de la  Auvernia o la Isla de Francia a la microscopía de los granos, los tallos retorcidos, o las telas de araña en las concavidades de los muros.

Pero esta comunión gozosa con los seres y las cosas de la tierra muy pronto es perturbada por la conciencia de la orfandad y la miseria en que viven las clases postergadas. Si bien en esa época se consolidan en Francia políticas de leyes laborales como la reducción del tiempo de trabajo, el descanso dominical y las vacaciones pagas,  la injusticia social y la amenaza imparable de la guerra se cuelan en casi todos los textos del libro.  Las crónicas arengan a dejar las ciudades y a aprender de la naturaleza como parte esencial de la formación de las personas si se pretende una sociedad capaz de desafiar a la degradación que avanza a gran escala. La escritora se mete con cuestiones que en semejante marco pueden parecer nimias: normativas municipales acerca de la desnudez total o parcial en los bosques y florestas de Francia, los amores “naturales” y sus consecuencias, el problema del turismo masivo y sus costos ecológicos, o la tensión entre el derecho a estar solos y el compromiso social.

El estilo de Colmont es de una ductilidad asombrosa; lo sutil y lo lírico se mezclan en su prosa ágil, llena de vivacidad y un fino humor no exento de malicia. Feminismo, ecologismo, asociaciones civiles, educación de los jóvenes, todo aparece urdido en un ardiente deseo de resistir y orientar: “hay un aprendizaje de la libertad por hacer si se quiere usarla”.

* Las traducciones pertenecen al período de escritura de  El álamo y el viento, publicado en 1947.

 

Marie Colmont nació en París en 1895 y su verdadero nombre era Germaine Moréal de Brévans. Huérfana a los 10 años, militante socialista, prácticamente desconocida, incluso en su país, a no ser por sus trabajos para niños. Murió de tuberculosis a los 43 años de edad, el 6 de diciembre de 1938, cuando estaba escribiendo estos artículos.

 

Ver también De la granja al hospicio. Marie Colmont.

 

El club de los poetas

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Ojo de tormenta, la colección del colectivo editorial platense Club Hem, es un mosaico de voces en constante crecimiento. Hasta aquí diez autores, donde puede atisbarse un panorama de lo que está pasando en la poesía argentina. 

 

Se sabe, no es novedad, la poesía se mueve. Es una de sus características, la de autopropulsarse y nutrirse a través de editoriales nuevas, festivales, ciclos, blogs. El intercambio es incesante. Por eso hacer un mapa de lo que está ocurriendo es casi siempre empobrecer el cuadro, dejar afuera. Se puede sin embargo dar cuenta de algunas sensaciones, entrever  dinámicas y climas que se van asentando.  Digamos que hace ya algunos años algo viene cambiando. El tiempo de las tribus y cierto sectarismo ha dado paso a un panorama de mayor libertad.  La mutación de las redes sociales genera un intercambio y una horizontalidad donde todo se mezcla. Esto suscita una riqueza y una heterogeneidad pocas veces vista. Corrientes generacionales, poéticas y nombres faro se han fragmentado en algo mucho más permisivo, menos atento a la sanción de un medio o línea dominante. Si esto puede dar resultados desparejos, lo cierto es que permite un cruce que estimula la búsqueda personal y la experimentación. De todos modos, a la hora de escribir el poeta está solo. Ya lo supo muy bien Pasolini: es necesario amar la soledad.

 

El realismo entre comillas

Si tuviésemos que arriesgar algún rasgo en común, sería la reformulación de cierta forma de abordar lo real – que abarca los objetos, la memoria, la percepción, lo espacios geográficos y anímicos- como motor que hace avanzar la escritura. Poesía indagatoria, que tensa los alcances del realismo y extiende su dominio. La pasión por lo real se asocia a lo imaginativo, sus límites son lábiles; ya no se trata tanto de hacer visible cierta coyuntura, sino más bien de explorar la multidimensionalidad de cualquier hecho, en unos márgenes que van de la microscopía hasta lo macro, lo telescópico. La narratividad es otro de los elementos clave. Lo que está en juego son formas de contar, de modular historias a través de deslices, gestos, relumbrones biográficos. Ya hace ya mucho que la poesía se hace luchando contra sí misma. Si bien hay excepciones, la tendencia es hacia un lenguaje nítido, sutil pero potente, donde el lirismo talla en la extrañeza de las cosas concretas. El referente, ese animal que en la poesía puede hacer estragos, es ahora un elemento cuyos límites se difuminan, dando por resultado una mirada física y vital, superadora de ciertos dualismos (objetivismo-subjetivismo, poesía-prosa).

Ojo de tormenta, la colección que desde el año 2015 dirige la poeta Celeste Diéguez para Club Hem, editorial independiente de La Plata, es parte de un tapiz semoviente por el que pasan poetas de distintas edades y momentos escriturales, unidos sin embargo en la vigencia y solidez de sus propuestas. En cada libro se agrupan dos autores cuyos textos dialogan, no solo por la coexistencia espacial, sino porque el criterio editorial ha sido casi siempre agruparlos teniendo en cuenta correspondencias estilísticas. Los prólogos –escritos por poetas reconocidos– proveen claves y despliegan sentidos que, lejos de dirigir o unificar perspectivas, las expanden.  Otra cosa llamativa es el diseño: cada una de las  tapas coloridas es  un fragmento de un mural de Rodrigo Acra, artista visual platense. Cinco libros entonces, que en realidad son diez. 

La selección

Omar Chauvié, el doble prologuista del volumen que reúne Desiderio, de Germán Arens y Bosque chico, de Marcelo Díaz, da cuenta de la malla constructiva en la que estos poetas disponen sus materiales en una voluntad común: hacer de la imaginación un instrumento capaz de relanzar saberes y órdenes del discurso.  Por un lado, el viaje intergaláctico hacia Desiderio, una luna – “una de las tantas desconocidas de Saturno / una joya en el cielo”-, para hacer una especie de informe donde pueden cruzarse la ficción espacial y un corral de la pampa. Por el otro,  las postales de un mundo (el nuestro) en extinción, como un atlas vital donde Marcelo Díaz asume la voz informativa–capaz de devolver fosforescencias-  de un viajero que narra  los movimientos íntimos de las especies.

Romina Freschi, poeta que ha mutado hacia una voz más densa, rasgada en la vivencia autobio- gráfica, sin renunciar al juego de los significantes, sale a rodar con  Có(s)mico, un libro cuyos versos dan cuenta de la  espera, ese arduo trajín  para hallar sus palabras. Como un astronauta de su propia vida (como Laika, la primera perrita espacial, la heroína a la cual está dedicado el libro) el yo poético surca lo incierto de un espacio que incluso puede ser el propio cuerpo. Esa mirada puesta en lo concreto, que alumbra lo que está más allá, se liga con El gaucho celeste, poema en el que Mariano Massone transforma la planicie pampeana en un territorio afectivo e hipnótico, un campo sideral que –como advierte Roberto Echavarren-  lo emparienta –de un modo más meticuloso y parco-  a ese otro criollo universal, Francisco Madariaga.

En Volver a la escuela, Diego Vdovichenko, trabaja sin ambages la jerga juvenil para escribir la crónica de un joven profesor que intenta acercar la poesía a los adolescentes de una escuela pública en La Plata. Como dice Claudia Masin en el prólogo, el acierto  está en el punto de vista del protagonista, que no es irónico ni condescendiente, que no está por encima, modos por cuya ausencia “mucha de la poesía del ’90 ha envejecido muy mal”. En contrapunto, la imagen de memoria fracturada en Todo el tiempo de cero, de Paula Peyseré, técnica involuntaria para quemar los restos de una historia de la que asoman partes de una mirada o cuerpo.  

Escombro, de José Villa – una de las propuestas más radicales de la serie-  es un inventario de discontinuidades, rastros sin ninguna otra amalgama que no sea un elusivo resplandor. (“dolor traducido a formas / lentas que no terminan de incrustarse”). Poesía, la de Villa, ajena a cualquier pretensión de plenitud, en versos que se escriben en una sintaxis sutilmente torsionada y esquiva. Y en el anverso el lirismo preciso y lumínico de Klimt, de Carina Sedevich, que reinventa -como dice Silvio Mattoni en el prólogo- las formas cotidianas de decir el amor: “es invierno todavía. / El ruido de la estufa / funcionando / es el amor.”

Noticias de la belle époque, el esperado libro de Mario Arteca, echa mano del discurso argumentativo para dislocar su lógica y crear una nueva, hecha de fragmentos y fulguraciones que devienen instancias afectivas; “mosaicos, imágenes potentes-dice Horacio Fiebelkorn- que problematizan, trituran, el mismo discurso en el que viajan”. Y  acompañando a Arteca, una de las revelaciones, la libertad asociativa, la percepción imaginante de Ana Claudia Díaz, que en Una cartografía de la insolación, fecunda referentes para devolverlos a su impulso lúdico, una verbalidad que –en palabras de Reynaldo Jiménez- “implica un tipo de experiencia ampliadora”. Como muestra, el final del poema Deshielo: “la tempestad es todo aquello / que enceguece la vista y la vuelve un torbellino /una criatura tratando de sacar la cabeza del agua / para respirar en medio de una fuente”.

 

Ana Claudia Díaz nació en Santa Teresita en 1983. Publicó Limbo y Conspiración de perlas que trasmigran.  Mario Arteca es periodista radial y gráfico, vive en La Plata y es autor de más de diez libros entre los que se destacan Guatambú, Bestiario búlgaro y El pronóstico de oscuridad. Mariano Massone, nació en Luján y ejerce el periodismo. Romina Freschi, comenzó a publicar en los’90, dirigió la revista Plebella y publicó Redondel, Solaris y Marea de Aceite de Ballenas  entre otros. Germán Arens es de Bahía Blanca, entre sus libros hay títulos del tipo Siempre creí que los zombis eran los protagonistas de un subgénero del cine de terror clase B. Marcelo Díaz, Río Cuarto, Córdoba, es autor de La sombrilla de Wittgenstein, Newton y yo y El fin del realismo. Paula Peyseré es porteña, nació en 1981. Llorona, ¡España, qué hermosa eres!, Las afueras, Telepatía  son algunos de sus libros. Diego Vdovichenko, nació en Rosario del Tala en 1985. Es docente en escuelas públicas. Publicó Hasta acá, Creo en la poesía y forma parte de la Antología 30.30 poesía del siglo XXI  (EMR). José Villa fue director de la revista 18 Whiskys. Algunos de sus varios libros fueron  reunidos en  Camino de vacas (Gog y Magog, 2007). Carina Sedevich  reside en Villa María, Córdoba, publicó entre otros La violencia de los nombres, Como segando un cariño oscuro e Incombustible. Para este año se anuncian  títulos de Reynaldo Jiménez, Liliana Ponce, Luciana Caamaño, Matías Moscardi, Alejandro Rubio, y siguen las firmas.

Mario Nosotti

revista Ñ (12/03/2016)

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Extraneza-cosas-concretas_0_1538846125.html

El choque

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sobre La solución. Agustín Alzari. (Yo Soy Gilda Editora)

En una Rosario abombada por el calor, visible sobre todo en los lugares que la narración esquiva, Eduardo Almohada intenta sostener su nuevo emprendimiento editorial, precariamente asentado en un único cliente, el excéntrico, tacaño y verborrágico editor catalán Albert Briñas. Este, a la par que lo bicicletea alevosamente con los pagos y lo mantiene en vilo con sus vagos proyectos, despotrica contra el gobierno de los Kirchner y la idiosincrasia local. Pero por el momento Eduardo no encuentra otra salida: “Lo iba comprendiendo lentamente, era el suyo un problema cultural añejo, satánico, complicado, “No tengo a quién llamar””.

Agustín Alzari, que ya en La internacional entrerriana había demostrado su ductilidad al tratar en el registro de la crónica lo que podría haber sido una investigación académica, se sumerge de lleno en un tipo de ficción que todo el tiempo pivotea en referencias metatextuales y de la coyuntura nacional reciente.

Lo que hace de La solución una novela ágil, divertida, difícil de soltar, está posiblemente asociado a su ritmo estructural, al contrapunto (de latitudes, climas y registros) que ejerce la sabia y  desproporcionada distribución de los capítulos que entraman las dos líneas principales: la del pequeño Albert y su familia en los Pirineos catalanes en 1957 -que matiza al Briñas que aparece después, otorgando otro peso al desenlace- y la historia de Almohada y el mismo Briñas, ahora adulto, en el Rosario de 2008 -época del conflicto con el campo y el dólar a cuatro pesos-.

Si bien al promediar la novela el interés se cierra en la cruzada de Eduardo por hacer arrancar su difuso proyecto, hay una cantidad de pequeños embriones narrativos (la anhelada relación con Carla, la fábula de un Buda ambiguo, un fragmento del under teatral rosarino) que atienden diferentes códigos y jergas; esos desvíos, esos inserts, constantemente inyectan aire fresco a una historia falsamente monótona. Y dentro de ese juego de inclusiones, se destaca el guión de una novela gráfica que Eduardo escribe con su amigo dibujante, El Chocado: una fábula distópica y oscura que  transcurre en las cloacas de una ciudad inverosímil, y es también un reconocimiento a la vitalidad de un género del cual esta novela bebe, la historieta.

 La solución es un relato hecho de claroscuros, de una inusual densidad narrativa, que a través de la sátira narra una lucha de poder y un choque de culturas. Desde su mismo título, asume sobre todo el dilema del protagonista por escapar de cierta medianía, por encontrar sentido a una cotidianeidad sin perspectivas, demasiado pegada al desconcierto, como ese jean de Eduardo que en el abrumador verano rosarino le hace hervir las piernas.

Mario Nosotti

Revista Ñ (17/10/2015)

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/resenas/Agustin-Alzari-Solucion_0_1450654952.html

 

Ortiz revisitado

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Algunos libros recientes permiten retomar  el costado político y militante del poeta entrerriano, que lo llevó a China y a la URSS.

 Poco a poco, la encomiable tarea de algunos críticos especializados, está redescubriendo aspectos apenas conocidos, diluidos en el tiempo, de la obra y la figura de Juan L Ortiz. Es el caso del joven investigador Agustín Alzari, que en 2012 publicó Estas primeras tardes y otros poemas para la revolución (Editorial Serapis) y a fines del 2014 La internacional entrerriana (Editorial Municipal de Rosario). Trabajos como este –al que podrían sumarse, entre otros, la edición crítica de El Junco y la corriente de Francisco Bitar (Eduner)- tienden a sacudir esa figura un poco estática que en los últimos años amenaza empobrecer la lectura de la obra orticiana: el mito del poeta contemplativo aislado en su provincia, el asceta de las largas boquillas y los gatos. Las lecturas históricas lo habían arrinconado en el doble “poeta del paisaje”  y “poeta social” (una tensión que atraviesa sus libros sin resolverse nunca), pero  como advirtió Juan J. Saer, las verdaderas obras se resisten al juego de las caracterizaciones, siguen siendo de algún modo secretas.

Alzari se pregunta por qué entre los crecientes estudios sobre la obra de Ortiz no hubo siquiera uno que indicara que  fue en la sociabilidad del Partido Comunista Argentino  donde la misma  encontró el terreno fértil para su despegue, y donde sus poemas fueron publicados antes que en ningún otro lado y con asiduidad. Muy pronto advertirá que la respuesta se encuentra en la obra misma de Juan L, “una de las resoluciones más sutiles –y menos conocidas- que ha tenido la literatura argentina del siglo XX en referencia a la siempre tensa relación entre literatura y revolución”

En Ortiz, los aspectos biográficos ingresan al poema de modo solapado, lo que a menudo hace difícil detectarlos. Militancia y política aparecen en la formulación reiterada del anhelo de justicia social o aludiendo sucesos históricos concretos, mediante la diseminación de marcas que la frase descarga y borronea en su apertura constante. Ya en 1967 el crítico Carlos R.Giordano escribía: “La clave de su eficacia podría residir en la sorpresa que produce el descubrimiento (inevitable) de que esa evanescente  y armoniosa poesía impresionista ha deslizado también un mensaje de lucha y esperanza”. 

La historia

Cuando en octubre de 1917 estalla la revolución Rusa, en un pequeño pueblo de Entre Ríos, un joven decidido a ser poeta acusa resonancia de esos hechos: “Y vino Febrero del diecisiete, y vino Octubre del diecisiete (…) / y yo un poco, como en pantuflas, había corrido las cortinas sobre el mundo”. Como dice Bitar, no se imagina Ortiz que cuarenta años más tarde viajaría a China y a la Unión Soviética, integrando una delegación financiada por el Partido Comunista , entre los que se encontraban Bernardo Kordon, Juan José Sebrelli, Carlos Astrada, Andrés Rivera y Raúl Gonzalez Tuñon.

La idea del Ortiz retirado y bucólico se viene abajo apenas se  conocen más detalles de su itinerario: desde su juventud estuvo ligado a la izquierda, militó por la causa comunista y hasta el fin de su vida añoró el cambio social como hito imprescindible para hacer realidad el anhelo de una poesía “hecha por todos”.  Según cuenta en una entrevista que le hizo Juana Bignozzi, su despertar político aconteció en 1912, cuando a los  16 años de edad puso su “pluma” y su “encendida oratoria” en apoyo de una de las puebladas transcurridas en el marco del llamado Grito de Alcorta. “Esa participación del pueblo, ese descubrimiento antioligárquico me interesó mucho”. En 1914 viaja a Buenos Aires y a través de su amiga Salvadora Onrubia, gualeya como él, no tarda en vincularse con la flor y nata del anarquismo criollo. Tres años más tarde regresa a  Gualeguay, donde los radicales le consiguen un trabajo en el Registro Civil. Por esta  época descubre la poesía simbolista, -en especial los simbolistas belgas, que adhieren al mensaje libertario  de los anarquistas- lo que propicia una búsqueda formal que permita coexistir intereses en apariencia antagónicos (la experiencia contemplativa y el drama social).  Luego de los primeros poemas de poesía combativa y militante publicados  en diarios radicales o anarquistas como La Protesta, hacia 1914, Ortiz pasa casi quince años sin dar a conocer prácticamente nada, pero escribiendo mucho y experimentando. Recién en  1930 aparecen en la revista Claridad, de Buenos Aires, tres poemas que ya revelan su personalísima formulación estética,  dos de los cuales – “Se extasía sobre las arenas” y “Los ángeles Bailan entre la hierba”- pasarán años más tarde a formar El agua y la Noche, su primer libro, entrando así en el libro mayor que será  En el aura del sauce.

El poeta comunista

En 1935, intelectuales de izquierda y orgánicos del PCA fundan en Buenos Aires la Asociación de Intelectuales, Artistas y Periodistas. La asociación fue fundamental a la hora de vincular y dar a conocer a toda una camada de escritores y artistas del interior hasta entonces relegada. Juan L Ortiz militó en la filial de Gualeguay de la AIAPE, y en su órgano de difusión, la revista Nueva Gaceta, publicó poemas, relatos y traducciones; finalmente es bajo el sello de la AIAPE en el que en 1940 se edita su cuarto libro, La rama hacia el este. Son hitos como este los que Alzari rescata para poder dar cuenta hasta qué punto Juan L. fue leído en primer término –al contrario que ahora- bajo el signo de lo político. Cuando en 1943 Álvaro Yunque publica el libro Poetas sociales de la Argentina (1810-1943),  agrupándolos en categorías tales como “Poetas idealistas”, “Poetas anarquistas” o “Poetas de diversa inquietud”, los poemas de Ortiz aparecen en el grupo “Poetas Comunistas”, junto a nombres como los de Tuñón, Portogalo y Guerrero.

A principios de la década del treinta, Ortiz y Ema Barrandeguy crean, junto a otros comunistas gualeyos,  la Agrupación Claridad. Allí se reúnen para leer  a Marx, organizar eventos de índole cultural y partidaria, además de escribir una columna semanal en un espacio que les cede el diario radical Justicia.  En La internacional Entrerriana, Alzari se sumerge en archivos y diarios polvorientos para restituir una historia enterrada. El libro narra en clave detectivesca sucesos que causaron revuelo en Gualeguay: la cruzada que emprende el padre Quinodoz, por ese entonces párroco de la cuidad, contra los supuestos agentes de la internacional y su lucha para evitar que Ortiz y Mastronardi logren la dirección de la Biblioteca Fomento. La pesquisa arroja hallazgos increíbles, como ese del diario La voz de Entre Ríos, en el que el mismísimo José María Rosa (uno de los padres del revisionismo histórico argentino) denuncia las actividades  del “Centro Claridad” con nombres y apellidos.

Ortiz soportó la persecución de los conservadores de Gualeguay sin aspavientos y hasta con cierto humor, pero tuvo que aislarse cada vez más hasta mudarse a Paraná con su familia en 1942. Un año más tarde la AIAPE fue clausurada por la Revolución del 43, y el PCA debió pasar a la clandestinidad.

Nota: Otros libros que en los últimos años abordaron diferentes facetas del trabajo de Ortiz son: Poemas Chinostraducidos por Juan L. Ortiz, de Guadalupe Wernicke (Abeja reina, 2012)  y Poéticas del espacio argentino: Juan L. Ortiz y Francisco Madariaga, de Roxana Páez (Mansalva, 2013).

Mario Nosotti

Revista Ñ (16/05/2015)

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/mito-poeta-contemplativo_0_1358264186.html

el misterioso ideograma de la alegría

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Vigilámbulo. Poesía reunida (Vol I, II y III). Arturo Carrera. (Editorial Adriana Hidalgo, 2015)

Hace más de veinte años, en una entrevista aparecida en Diario de Poesía, Daniel Freidemberg le decía a Carrera que se estaba convirtiendo en el poeta de los niños y el paisaje y a continuación le preguntaba si creía posible seguir hablando de lo cotidiano sin caer en lo confesional. Carrera – que para entonces ya llevaba publicados once libros- le contestaba: “Sí, pero en la brevedad, en la cualidad de breve cosa soñada que tienen los acontecimientos. ¿Qué valor puede tener un dato de mi infancia, el gusto del agua hervida por mi abuelo en Pringles o una travesura, una predilección, fuera de la redecilla del poema?”. Y es que el mundo de la infancia y el de su ciudad natal, tienen menos que ver con el lazo biográfico y territorial que con una azarosa, insistente y sutil construcción de la memoria. Una memoria que de la evocación de ciertos hechos retiene en el cedazo del deseo su oro falso; fogonazos que erigen a lo largo de sus libros un universo al que la palabra mítico le cae pesada. Porque ese territorio que hoy es el territorio de Carrera (niños y campo, padres e hijos, faunos, parcas y tías de Sicilia) tiene una contundencia fundada en la traición de la experiencia, el doble fondo de una escenificación realizada a plena luz del día.
Arturo Carrera nació en Coronel Pringles, al sur de la provincia de Buenos Aires, en 1948, donde pasó su infancia y adolescencia, y a cuya casa vuelve todos los veranos. César Aira, el otro héroe literario de su pueblo, lo inició en la escritura y los libros, y compartió con él ese tiempo “donde las cosas suceden de una vez y para siempre”. Muchas escenas, más o menos conocidas, componen el anecdotario carreriano: la muerte de su madre a poco de nacer el autor, la de ese vendedor ambulante que un día tocó la puerta de su casa y le vendió a su abuela analfabeta los tres tomos de la Obra completa de Freud (una piedra magnética para el niño de doce años que era entonces), o la búsqueda urgente apenas arribado a Buenos Aires para encontrarse con Alejandra Pizarnik, con la cual lo uniría, como en el caso de Osvaldo Lamborghini, una díscola y productiva amistad.
Impresiona bastante la caja con los tres mamotretos que bajo el título de Vigilámbulo que acaba de editar Adriana Hidalgo; sus casi dos mil páginas, que agrupan veinte libros, dan la cabal idea de que estamos ante una de las obras más prolíficas y consistentes de la poesía argentina (consistente es una palabra que, en otro andarivel, podría sonar rara, teniendo en cuenta el carácter difuminante, de animación suspendida que construyen sus versos). El primer tomo arranca con el libro más reciente (el hasta ahora inédito Vigilámbulo, palabra deleuziana que refiere a una especie de sonámbulo afectado por “un exceso de presencia”) y viaja desde ahí en retrospectiva hacia el primero (Escrito con un nictógrafo, 1972), que cierra el tercer tomo. Esta organización regresiva que propone Sergio Chejfec -autor del exquisito prólogo que encabeza la obra- pretende cuestionar la idea clásica de evolución para, en un sentido inverso, ir del despliegue pleno de los materiales hacia ese origen donde los mismos se encontraban en estado larval. Según la crítica, la obra de Carrera se divide en un inicio vanguardista – ligado a la famosa descendencia neobarroca, inventada por Severo Sarduy- que abarca sus primeros tres libros (Escrito con un nictógrafo, Momento de simetría y Oro) y que a partir de La partera canta (1982) y especialmente de Arturo y yo (1983), vira hacia ese entramado donde el tiempo, la infancia y la memoria, arman esas epifanías corrosivas que caracterizan su poesía posterior. Sin embargo, tener todos los libros agrupados le permite al lector verificar la intención (no sólo conceptual, sino también temática, rítmica) que vincula el primer libro con el último: desde el dispositivo que en Escrito con un nictógrafo permitía escribir en lo oscuro, haciendo que el escriba casi desaparezca, hasta este Vigilámbulo, que realiza la idea de escritura como dispositivo de captación de voces, donde la preeminencia del lenguaje diluye jerarquías, incluso la noción de voz poética o autor (“el eco sin palabras, sin cosas del lenguaje; / el eco / que golpea sin ondas: ínfimo, / cotidiano, prodigioso”, así empieza Vigilámbulo). Como si su poesía hubiese pasado de un arranque más bien teórico y performático, a una dimensión más comunicativa y situada, encarnada en el teatro de sus voces. Una influencia decisiva en este viraje es el descubrimiento, hacia 1982, de la poesía de Juan L Ortiz, que -como bien supo anticipar Martín Prieto- comienza a desestabilizar el programa inicial de Carrera.
Chejfec se pregunta qué clase de libros escribe Carrera. Claramente no son solo libros de poemas, sino quizá, como dijo una vez este último, “hologramas de la evolución intangible del sentido”, imágenes totales construidas en la tensión entre el verso y la escritura lineal, libros escritos por alguien que recoge y anota intermitencias, como el adulto que vigila a los niños haciéndose el distraído, para poder captar sus intercambios, la oralidad, y esos “golpes de escena” que son como una bocanada de aire fresco cuando el peso de lo elegíaco amenaza. Por eso el tono de Carrera nunca es enfático, ni conclusivo, su verso es, como apunta Chejfec, “el trazo de una disipación, saldo energético de un encuentro entre lenguaje y sensibilidad”.
Fogwill dijo una vez que la escritura de Carrera era una elaborada, aguda teoría sobre el dinero y cómo este afecta a las comunicaciones humanas. La metáfora económica, que alude a lo simbólico que impregna hasta lo más íntimo de las relaciones personales, muestra que siempre hay una yapa en esas transacciones, algo que va más allá de lo informativo y de lo instrumental, escenificación que vuelve a dar lo dado, despilfarro de una especie de ofrenda, potlatch, que hace de la presencia la forma más cercana a la felicidad.

Mario Nosotti

Los inrockuptibles, Mayo 2015

La internacional entrerriana

tapa La internacional entrerriana

sobre La internacional entrerriana de
Agustín Alzari, (Editorial Municipal de Rosario, 2014)

Imagínense a Juan L.Ortiz llegando en bicicleta a la sede gualeya de la Agrupación Claridad, donde lo espera su amiga Ema Barrandeguy para discutir a Marx. Estampa verosímil si tenemos en cuenta los últimos trabajos críticos que de a poco remueven la figura del poeta contemplativo, aislado en su provincia, para abrir un aspecto menos conocido – diluido en el tiempo-, la del Ortiz político, vinculado desde su juventud al partido comunista, de vital importancia en el despegue de su obra.
La internacional entrerriana – del joven investigador Agustín Alzari, que en 2012 publicó Estas primeras tardes y otros poemas para la revolución, otro estudio orticiano- parte de un episodio casi desconocido de la vida de Juan L., una polémica que a principios de la década del 30 causó revuelo en Gualeguay. Lo que el lector incauto encara como una pesquisa académica, pronto se tuerce hacia la crónica de un viaje en busca de un hallazgo arqueológico. Describiendo la entrada a Gualeguay desde Victoria por la ruta 11 – una vista alejada del paisaje textual que supo construir la poesía de Ortiz-, el relato comienza con una frase contundente: “Viajé a Gualeguay bajo el amparo de una máxima: el secreto está en los materiales”. Alzari se mete de cabeza en los archivos de La Biblioteca Fomento -cuya gestión compartieron Ortiz y Carlos Mastronardi- para revisar diarios polvorientos y revivir de a poco los ataques que el padre Quinodoz, por ese entonces párroco de la cuidad, lanzaba desde un semanario de la iglesia alertando sobre el avance de agentes del comunismo en Gualeguay, e instando a desenmascarar su accionar. Desde una sección fija del diario Justicia, las plumas de Juan L.Ortiz y de Ema Barrandeguy esgrimen con astucia su defensa. Lo que comienza siendo un hecho pueblerino, exagerado y de ribetes cómicos, pronto derivará en una clara persecución política que, entre otras, será la causa de la mudanza de Ortiz y su familia a Paraná.

en Los inrockuptibles, (Marzo 2015)