Donde nace el deseo

Lila Zemborain

sobre Matrix Lux -poesía reunida 1989-2019-, Lila Zemborain (Bajo La Luna, 2019)

De pronto, en medio de los poemas de Matrix Lux, como una hoja incrustada, aparece un texto de Thomas Merton que habla sobre la fe. Dice que la fe pone al intelectual en posesión de una verdad que la razón no puede captar en sí misma, y que se trata de un conocimiento que hace falta comprender en sus propios términos, cuya esencia radica en su actualidad infinita. De algún modo, la poesía de Lila Zemborain se abre paso a partir de esa intuición; algo late detrás de lo evidente, la piel o las membranas, algo que es como una promesa: un cuerpo dentro de otro, mundos en el mundo, autónomos y a la vez trasvasados por una materialidad que los vincula, que solo las palabras pueden poner en juego, “desbordando constantemente los bordes semánticos” (apunta en el postfacio Del Pozo Ortea). Esa especie de fe, o de promesa, testimonia a través de vislumbres, de lances de  sentido que en un momento dado precipitan.

Una matriz contiene “la proliferación desmesurada”, que puede ser lo real, el mundo inabarcable, como también las células incontenibles de un tumor maligno, y que una luz que restaura, y apacigua. “Hay que tener la energía / de un gigante / para dejarse llevar / por esa corriente que pacifíca / lo irreductible”.  El poema es también ese núcleo  que contiene una velocidad indetenible y permite a la vez,  liberarla en multiplicidad de resonancias.    

Matrix Lux, (inédito que cierra y da nombre a la poesía reunida de Lila Zemborain), reúne libros escritos a lo largo de casi tres décadas, y pone en evidencia un proyecto  que no es otra cosa que el avance sobre la incertidumbre, el deseo de búsqueda y experimentación.  Hay poemas en prosa, retazos de autobiografía,  poemas telegráficos, juegos visuales, mantras, y en todo ronda un aire de celebración, aún en el dolor, aun cuando lo que habla sea la sangre, los fluidos, las células, el código secreto de lo vivo.

Una verdad sensible late en estos poemas, “Las palabras se adelgazan / se afinan / y ya no hay forma de decir /más que en el chequeo / constante de las contradicciones”.

Como un libro de las mutaciones, la poesía de Lila Zemborain, -“tratado de las sensaciones, sonidos que se llaman o se pierden, como copos de una gran nevada”, dice Arturo Carrera en el prólogo- por momentos compleja, antirreferencial, antinarrativa y antirretórica, poesía de los límites y el todo, las formas entrelazadas y los intercambios, se yergue como una de las más potentes y disruptivas de su generación.

Desde los versos breves con los que arranca Ábrete sésamo debajo del agua,  la que habla es la herida, no como metáfora del dolor, sino como desgarro, alteridad latente que se pone a rodar en las palabras. Libros como Rasgado, El rumor de los bordes, Guardianes del secreto o Malvas Orquídeas del mar, donde un suceso aciago, o una serenidad que damos por sentada, se exploran a través de ese “rasgar al otro con palabras”, vaciamiento del yo, pregunta que se extiende hacia la noche.

Lila Zemborain (Buenos Aires, 1955). Profesora de escritura creativa y de literatura en el Departamento de Español y Portugués de la Universidad de Nueva York. Algunos de sus libros son. Ábrete sésamo debajo del agua (1993), Usted (1998), Malvas orquídeas del mar (2004), Rasgado (2006), El rumor de los bordes (2011). Ha sido traducida al francés y al inglés.

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Mente Mariposa

sobre Mente mariposa, Allen Ginsberg, traducción Gonzalo Scorza, (Caleta Olivia, 2019)

Nacido en Paterson, New Jersey, donde conoció Wiliams Carlos William –quien en varios sentidos fue su maestro-  Allen Ginsberg creció como un judío ateo e izquierdista pasando una juventud llena de privaciones, llevando a Naomi, su madre, de sanatorio en sanatorio. En 1956 escribe en San Francisco un poema fenomenal, Howl, un sacudón al conformismo de parte de la sociedad en los años de Eisenhower, el lado B del bienestar de los Estados Unidos de posguerra.

“Estaba siempre a punto de irse a alguna parte, – cuenta Williams- no parecía importar dónde; me preocupaba, nunca pensé que fuera a vivir para crecer y escribir un libro de poemas.”

Furia, deseo, llamado a despertar, Ginsberg es el autor de lo que podría sintetizarse como una extensa Carta a América, la misma carta ardiente y visionaria desplegada por Whitman, (“escribo poesía porque Walt Whitman le otorgó permiso al mundo para que hablara con candor”) pero que ahora da cuenta de un sitio devastado, tuerto, que lleva con nostalgia el peso de la vida, a sabiendas de que  “el peso de la vida es amor”.

En los poemas de Ginsberg entra todo, la política, el sexo, la opresión, la prensa, la radiación, los paisajes urbanos, los suburbios en donde la ciudad termina, pero siempre hay un foco en el hombre individual, ese que aún vapuleado, llevado de aquí para allá por un destino que no le pertenece, es capaz de gritar, de hacer saber que existe. Es desde esa intemperie, desde el patio de atrás de la civilización industrial, que Ginsberg nos instiga a expresar nuestro deseo, retomando además la conciencia de que todos estamos en el mismo barco, y que ese solo hecho es suficiente para cantar la intensa gratitud de existir.

¡El mundo es santo! ¡El alma es santa! ¡La piel es santa! ¡La nariz / es santa! ¡La lengua y la verga y la mano y el agujero del culo!/ ¡Todo es santo! ¡todo el mundo es santo! ¡todo lugar es santo! ¡todo día pertenece a la eternidad!

Desde el joven que enfrenta a la policía manifestando en contra de la guerra de Vietnam, el que canta la libertad sexual y se busca a sí mismo en el LSD, el que es clasificado de “riesgo a la seguridad del estado” por el F.B.I., al que años después hace  un voto de pobreza y enseña poesía y meditación budista en las montañas del Naropa Institute de Colorado, Allen Ginsberg concibe  el ejercicio de su arte como experimentación y actitud ante la vida.

Dicen que Ginsberg aprendió del negocio de la investigación de mercado la forma en que se manipula el lenguaje de masas. Ese conocimiento, esa inmersión en las formas en que el discurso de la publicidad, la política y  los mass media infiltran a los individuos, es puesto en evidencia en su poesía con ironía impiadosa, como en ese poema en el que desmonta la lógica que rige  las políticas del banco mundial.

“Te prestaremos dinero para aumentar tu producción /(…) “Páganos un interés anual, para tu propia seguridad  / ajústate el cinturón, no pondremos objeciones” /“Recorta servicios sociales y la ayuda a los pobres”

Mente Mariposa, selección de poemas de algunos de los mejor libros de Ginsberg, traducidos por Gonzalo Scorza, demuestra que aún hoy, en un mundo tan distinto pero tan parecido, su voz liberadora e inclusiva nos sigue interpelando. La cuestión de la catástrofe ecológica sin ir más lejos, expresada magistralmente en el poema “Lo que la marea devuelve en Vlissingen”, hecho con la enumeración de materiales que las olas arrastran a esa localidad de los Países Bajos  “Plástico y celofán, cartones de leche y envases de yogur,/bolsas de red azules y naranjas/ cáscaras, bolsas de papel, plumas y algas, palos y ladrillos. / Jugosas hojas verdes, ramas de pino, botellas de agua…”

Allen Ginsberg, el gran protagonista de la renovación beatnik  junto a su amigo Jack Kerouac, el que alguna vez dijo, “lo que realmente queremos, puede no ser tan imposible de lograr si empezamos por decirlo claramente”, murió en Nueva York en 1997 a la edad de 71 años.

Mario Nosotti (Revista Ñ N|821 22/06/2019)

la pintura y su prole

sobre Anch´io sono pittore!, Arturo Carrera (Mansalva, Colección Campo real, 2019)

por Mario Nosotti

Un niño de cuatro años dibuja una carta para su madre. Como sospecha que ella está en el cielo y no la recibirá, la quema, piensa que el humo llevará la materia a su destinataria. Esta anécdota, en la que ronda el tema de la ausencia y la presencia, lo visible y lo invisible, es la respuesta que da Arturo Carrera cuando le preguntan por qué empezó a escribir. Se trata de una invocación, el deseo de obtener una presencia. La madre del poeta, una “pintora ingenua”autora de unos pocos cuadros, muere cuando su hijo tiene apenas dos años, dejando sus pinturas, – una pocas marinas, manteles y almohadones con paisajes y pavos reales – pinceles y utensillos.

Agrupados en secciones como “Autorretratos”, “Retratos de niños” o “Paisajes clandestinos”, Yo también soy pintor!, es la autobiografía del que mira pinturas, del que habla con cuadros, y a la vez de un pintor (Anch´io sono pittore!), del que pinta, no importa si con palabras o pinceles, con sueños o con evocaciones,  porque el pintor y el poeta son ante todo los desrealizadores de la naturaleza, aquella que recrean a través de sus ritos, materiales y técnicas, formas de dar la espalda “a lo real”.

A través de  fragmentos de entrevistas, de poemas, películas o sueños, es posible adentrarse  en los cuadros, caminar en los surcos y las simetrías de obras tan disímiles y interpelantes como las de Marcia Schvartz, Fabián Marcaccio, Eduardo Stupía, Alfredo Prior, Guillermo Kuitca, Pablo Siquier, Enrique Aguirrezabala y Juan José Cambre.

La tangente entre imagen y escritura, entre amistad e iniciación, atraviesa los textos de este libro. “Intento elucidar en disímiles notas, mi afecto acaso ignorante hacia la pintura, durante la infancia y después entre mis amigos artistas.”

Relatos en pinturas y cuadros en los textos, poesía como posesión (como tractatus)  de una cara, un objeto, cargados de vestigios, de capas del proceso que la renovación constante hace brillar.

Concebir por ejemplo a los autorretratos como fuga de una improbable semejanza, un misterio, aquello que conmovió al poeta John Ashbery en el espejo convexo del Parmigianino, “ese atisbo de complejidad que él va desenrollando como quien devana un capullo de seda”.

Así van las  camitas de Kuitca, las líneas y los rulos de Stupía o los cuencos de Cambre, series diferenciales en la cuales “mirar equivale a acelerar el flujo de toda reflexión”.

Muchos de los acercamientos de Carrera a los artistas elegidos se traman a través de anécdotas personales – “Me angustian estas caritas de tiza mojada” dice Alejandra Pizarnik al conocer los retratos de niños de Alfredo Prior en 1972, dos noches antes de suicidarse-  y siguen con detalles técnicos que las despliegan. O a veces al revés, o entremezclados. Y cuando el “curador” bucea esas estéticas, lo hace por intuiciones, iridiscencias poéticas, derivas e intertextos que son como paseos en un bosque nocturno. Esta forma de ensayo se propone como desgeografía (o deseografía) del género, el hilo murmurado del que hilvana miniaturas, fragmentos y detalles , filósofos que ayudan a entender la pintura, y pintores que escriben poemas sobre el lienzo que “el pintante” recorre.

Repleta de intuiciones, de simetrías, de lanzamientos y propiedades portátiles, las formas de llegada de Carrera a sus objetos son siempre inesperados, rastreando una constelación de tópicos y autores a los que revisita con mínimos desvíos, provocando la constante aparición de zonas nuevas, de capas de registro acumuladas.

En un clima de atención flotante, el barroco-carrera se despliega en fragmentos como este, perteneciente a la entrada sobre Marcia Schvatrz: “Hay miradas fósiles. Hay obscenidad en el sentido más puro de esa palabra: todo está fuera de su lugar y de su tiempo. Los chongos desnudos cantan un ritornelo de milonga con la expresión enaltecida del ocio quejumbroso; son amantes de pelo renegrido que se afeitan mirándose en el filo de la navaja; el hilo rojo de unas bárbaras muchachas que menstrúan soñando en la claridad vertiginosa del río.”

revista Ñ (01/06/2019)

La impiedad del durmiente

Carmen Iriondo

La impiedad del durmiente

por Mario Nosotti

(sobre Prosas de dormida, Carmen Iriondo, Ed. Sudamericana, 2005 / Ed. Huesos de Jibia,2018)

Ensayar como quien cuenta un sueño, tratando de participar a los demás de esa experiencia impersonal e íntima. Leer el mundo por entre la rendija del letargo y la vigilia, poner a andar los mitos, las teorías filosóficas, y las domésticas; abrir la puerta a ese estado indeciso a partir de algo oído, imaginado, o por la percusión incauta de unos versos, hacer del sueño algo comunicable sin perder la potencia de lo extraño, sin sustitutos, sin aplanar el símbolo sino más bien dejándolo expandirse, prestándole palabras que no son ni de la pura visión ni de la lógica, sino un razonamiento iridiscente, una razón poética.
La voz de la dormida va enfilando estas notas, se mete con las ganas de morir, con la rivalidad y la angustia –generalmente bien disimuladas-  que engendra la presencia de los otros, con la pasión tanática de hombres y mujeres que a veces solo pueden sustraerse creándose una nueva perspectiva, otra forma de ver sus aciertos y errores, lo que les viene dado, como el cuervo del poeta Ted Huges capaz de ver en cuatro dimensiones.
Repleta de intuiciones, de hallazgos discursivo y verbales, las Prosas de dormida son la “olla de grillos” –esta imagen sonora se la robo a Reynaldo Jiménez- desde donde resuenan distintas afecciones que por ser tan humanas, buscan una respuesta en las huellas de algo que adivinan un paso por detrás de la cultura. “No sabemos que sabemos”, “las ideas hacen el tema y alejan la sabiduría”: estas afirmaciones reversibles se comprimen  y lanzan coletazos para ir más allá.
¿Desde dónde se escribe? ¿Para qué? ¿Quién sostiene el deseo? ¿Qué dialéctica arma la mentira y la máscara del escritor?  La pregunta sobre el oficio de escribir compromete pedazos de la vida, o la vida entera, así como el silencio, como la muerte, son la puesta en abismo de una zona de la que casi siempre huimos.
Este libro a la vez delicado y valiente, preciso y desbocado, pone en contacto, como dice Luis Chitarroni en el prólogo, “dos provincias del yo, la subjetividad y la introspección”. Para eso dialoga con las voces de poetas como Hilda Doolitle, Theodore Roethke, Mario Luzzi, Mariane Moore, Jhon Berryman, Elizabeth Bishop, Anne Sexton , Mark Strand, Alejandra Pizarnik, y muchas otras. Y nunca hay sensación de profusión o de exhibicionismo, los nombres aparecen aquí y allá como pequeñas luces, señales que no solo nos guían y muestran lo diverso que puede ser un viaje, el nuestro sobre todo, porque Iriondo siempre le habla a alguien, la inmensa minoría que no puede sustraerse a seguirla, a descubrir sus furias, sus provincias, sus criaturas del cielo y del infierno, libro tras libro, en un juego tan serio que veces nos devuelve  al placer de la propia inocencia, la del descubrimiento permanente, anterior a la férrea barrera de los juicios.

A continuación, un montaje de fragmentos que componen  distintos capítulos del libro de Carmen Iriondo (una profanación del texto original, o mejor dicho una aproximación, una posible lectura). Y finalmente la transcripción del epílogo del libro, hermoso y revelador texto de Walter Cassara.


Prosas de dormida

I

La voz es el sonido que atrae a los que andan por ahí con los oídos abiertos, es la que dentro nuestro empuja para nacer siempre distinta y mil veces igual. Kafka decía que para escribir no hay más escuela que el sufrimiento, y escribir es un movimiento, un devenir de lo inacabado que es escuchar las voces internas, teñidas por las fugas y evitaciones, por los choques y encuentros de zonas que no tienen diferenciación concreta. (…)

La orientación hacia los otros, la búsqueda constante de la mirada del prójimo, el rechazo que nos provoca la siniestra aparición de ese clamor indigno, todo esto es lo que nos asusta. Es el borde abismal, que sitúa ante el agujero y el falso equilibrio del personaje humano su silueta oscilante.(…)

Reclamo a los otros, pedido de nada, invocación. El mundo vivo va moviendo su recelo hasta parecer quieto, fijo en la obviedad de un espejo verdadero. Y el equívoco devuelve un poco de verdor a la arena reseca por el sol ajeno.

III

Defiendo por escrito a las ninfas, esas griegas criaturas sensuales y escurridizas, para reconocerles los atributos adivinatorios que ciertamente ostentaban, según las leyendas, por su cercana aso-ciación con el agua.
Por más que sumerja mis manos bajo el chorro traslúcido una y otra vez, no logro adivinar por qué los dioses decidieron escupirme viento verde en la cara. Teñido incluso con azufre hediondo por un cabrito de patas erizadas que siempre pisó el suelo del infierno y soñó con derrotarme.(…)

Muchos de nosotros pasamos más tiempo queriendo morir que queriendo vivir, apurando la partida en medio de un dolor que no cede, mientras solo nos sostiene una pizca de azafrán.

IV

Para ahuyentar las imágenes voraces ante la presencia del deseo del otro es que a veces escribimos. Escribimos cuando no podemos dormir y otras veces dormimos cuando no podemos vigilar. Para soportar a esa otra persona que también desea y nos quiere, nos cubrimos con las mantas de uso familiar y nos enredamos con las hilachas que nos hablan hasta en sueños.(…)

La rabia de los dientes apretados por el insomnio es la que llena de goce un cuerpo gastado por escenas antiguas de depredación. Momentos que pertenecieron a la infancia universal donde no hay moldes ni baldecitos, ni palitas ni cedazos para construir la barricada de la piel de arena, para mitigar el ardor del punto donde pica, duele, lacera o late la sangre que se estanca.
Cuando las energías se manifiestan más destructoras que nunca, resta la sistematización de cualquier rito del que se puede echar ojo para adquirir otra visión de los hechos que tomamos como reales. El cuervo tiene objetivamente una visión más que tridimensional, ve cuatro dimensiones. Y desde el aire ayudó a un hombre a ablandar sus pasiones tanáticas. El hombre no sabe lo que dice, esto lo sabe cualquier psicoanalista o poeta para el caso, el que habla no sabe lo que dice, y eso conforma una estructura. Y contra este desconocimiento es que hay que jugar a la esgrima, mientras haya vida.

VI

Dormir para olvidar y olvidar para poder dormir es el ciclo de la crisálida humana. Mariposas interiores que van a conjurar ese miedo atávico a la distracción, a la tragedia, a la peste, a la lluvia cuando hay inundación y a la sequía cuando los pastos parecen de la luna, tiesos y amarillos.

VII

Los espíritus se mueven en un aire de sueño. Hablan con la voz del espíritu soñado y se inscriben automáticamente en el relato.

VIII

¿Qué vela el poema en su intento de ser expresado? Por más que un poema pretenda nombrar el horror, cubre algo con sus ropajes teatrales. Detrás de harapos hay jardines flotantes, y detrás de coronas de rubíes, cadáveres pudriéndose. Pero siempre habrá otra cosa: manchas, para renacer, para tachar, para volver a irse.

X

Cuál será el lecho de mentiras desde el que escribimos. De dónde estiramos un brazo pesado pidiendo agua fresca después de cada página. De dónde nos levantamos para hacer de la mentira social nuestra práctica cotidiana más elaborada.
En un simple saludo de todos los días, ponemos en marcha, de un solo parpadear, una sonrisa en la luz, el deseo de ser agradable ante los otros, y vamos mintiendo así durante gran parte de nuestra vida despierta, esperando que los sueños nos susurren la verdad.
Se dice no que miente, sino que la poesía vela, posa un visillo sobre la ventana dura del lenguaje hablado. Pero el poema de amor es mentiroso como los es el deseo a la hora de desear el deseo ajeno. Por más que las palabras quieran machacar juramentos y repetir los golpes para ser creídas, una cosa es ser creíble y otra decir la verdad.
A las mujeres se las cubre, esto ha sido una preocupación constante de la humanidad, a lo mejor porque las mujeres son difíciles –o imposibles– de descubrir, y por eso hay que inventarlas, igual que la poesía que se escribe del lado del vacío. Algunas veces la impostura cotidiana traspasa el cuerpo y muestra la intranquilidad de la seducción. Decir que no a la simpatía de otra persona parece siempre provenir de una verdad. Sin embargo, puede también ocultar las ganas intensas de aceptar una esencia angustiante. (…)

La angustia de existir nos acerca a tantas maneras de decir mentiras como existen estilos de personas, de casas o de poesía. Mascaradas de clones humanamente insatisfechos peregrinan hacia el sitio desde donde finalmente se cree que se crea.

XII

Cuando todo cambia alrededor del eje de nuestros sentidos, se nos hace presente el temor a lo que muta, a la variación, a los postes que pasan velozmente cuando viajamos hacia lo eternamente inestable. (…)

Las ideas hacen tema y alejan de la sabiduría. Nos impiden entender un viaje celeste, lejos de los demás y sus consistencias, para ir al encuentro de la divinidad. ¿Habla el Cielo?, se pregunta Confucio, que quisiera no hablar. No sabemos si sabemos. No ignoramos que ignoramos porque somos inscriptos desde ese lugar que se llama ignorancia y con esa pasión que nace de saber lo mínimo. No habla de algo ni de eso, habla por hacerse el mar y cruzarlo de sonidos que tapen el eco del vacío que abarca la existencia. Si la idea del sabio chocara contra la sabiduría, la falsedad sería doble, se referiría a una vida supuesta de manera fallida. El gran obstáculo continúa siendo la presencia del prójimo quien, como la mantis religiosa, nos mira con esos ojos grandes llenos de nada para aterrarnos con las infinitas construcciones imaginarias que hacemos sobre lo que se espera de nosotros.
Afloran en carne viva las influencias. En cada herida hay una influencia pero no hay una idea. Sangra todavía Bonnefoy en mi nieve humeante, congela mi máscara de semblante maldito. Inventaremos leyendas para poetizar el mito en movimiento, el cruce de las aguas del riesgo que todo ser vivo intenta, para convertirse en mutante. Por poco que se espere de nosotros, se espera una metamorfosis.

XIII

Nombramos en un mundo, sentimos en otro, se lamentaba Proust. Volver a encontrar el mundo es andar alrededor del enigma de la belleza, de la penumbra, de las lacas sombrías, delas tintas y las pátinas chinas, de la opacidad de los tiempos iluminados por la luz fatigada del silencio.

XIV

A veces escribir es como atravesar un enorme desierto, vivir infinitas aventuras marcadas por el sopor, la sed y el sol crudo, para comprobar del otro lado que detrás de la noche no hay absolutamente nada, salvo la imagen y la letra de todos esos otros.
La poesía, observó Joseph Brodsky, constituye una tremenda escuela de inseguridad: uno no sabe si lo que escribió entraña algún valor y menos aun si logrará escribir algo valioso en el futuro. Verso, del latín versus, significa giro, vuelta de dirección, ir hacia atrás. Y los humanos debemos hacer una doble vuelta, un rulo prohibido para protegernos de presencias amenazantes. De cómo “má y pá”, al decir de Philip Larkin, nos han dañado por tantísimo amor.

Epílogo: “Del dormir funámbulo”

por Walter Cassara

Que el menudo ovillo de nuestras vidas está íntimamente entrelazado con las grandes y montaraces madejas del sueño ya consta en Shakespeare, quien –recordemos– pone en boca de Próspero aquello tan memorable de que “estamos hechos de la misma materia que los sueños…”. En efecto, hemos sido forjados con la misma estopa onírica que vertebra y dilapida todas las cosas, aquella que se resume en el árbol centenario que aún perdura al borde del camino, la que se expresa por igual a través de la elegancia del gato y de la sonrisa del niño girando en una calesita; a través de la flor del arrayán y del hilo musical de una estación de subte; en la atmósfera de Saturno y en los atardeceres de Querétaro. Y de los sueños, quizás lo que más nos perturba sea precisamente eso, el desparramo arbitrario de emociones y materia, las ilaciones laberínticas que dinamitan con bajezas el cuidadoso libreto de la vigilia, los gradientes difusos con los que suelen medirse las categorías y los objetos básicos de la conciencia, por ejemplo el concepto de tiempo…, ¿en qué capítulo de nuestra biografía deberíamos situar los momentos en que hemos estamos soñando o durmiendo, vale decir los momentos en que hemos renunciado voluntariamente al transcurso mundano?
Al margen de las servidumbres fisiológicas, y al margen de que nuestros sueños se han banalizado tanto o más que el mundo (el onirokitsch que ya había vislumbrado Benjamin en los albores del surrealismo), los motivos por los cuales consentimos dicha abdicación de la existencia son todavía un completo misterio.
¿Cómo hemos de saber que no estamos muertos (cito a Borges de memoria), al regresar cada mañana –aparentemente intactos– de ese oscuro tráfico mental con la nada y con los ínferos? Y al abrir los ojos, y sobre todo luego, mientras nos remendamos la efigie frente al espejo, antes de echarnos ese bendito chorro de agua fresca en la cara, ¿cómo es que no se han esfumado de golpe todos nuestros recuerdos, nuestras máscaras y liturgias cotidianas; cómo cerramos una puerta y abrimos otra, y olvidamos tan campantes las ciénagas que acabamos de cruzar en vilo, y al rato ya hemos recuperado el juicio y estamos felizmente instalados en la oficina, flirteando con la contadora –que tiene el cuello largo y sedoso de una geisha–; cuchicheando a boca suelta nuestras bobadas de siempre con la realidad?
Se sabe que los ranqueles –Mansilla lo relata muy bien en su célebre libro– tenían tanta intimidad con el caballo que incluso podían practicar el difícil arte del pernoctar ecuestre: pasaban buena parte de su vida a lomos del cuadrúpedo, en posición supina, rumbosamente tendidos entre la cerviz y la grupa, como sobre un sillón reclinable, echándose luengas siestas y hocicando en los horizontes infinitos de la pampa. El sueño del indio y el sueño del yeguarizo deberían de estar rigurosamente acompasados: cada ronquido y cada resoplo, cada somniloquio y cada rechinar de dientes se escucharía al unísono; cada onda herciana del cerebro respondería a las fluctuaciones de la otra, en un equilibrio –metabólico y espiritual– perfecto. Acerca de este indio que ahora, bajo la sombra esquinada de un chañar, cursa su siesta atornillado a un tobiano, con los pies entretejidos en las ancas; acerca de este arte u oficio furtivo del dormir funámbulo, la durmiente que habla en estas prosas –casi podríamos ratificarlo– tendría muchas cosas que decir, ya que ella dormita también, habla recostada a pelo de la poesía, encabalgada o mejor: encaballada a ese oscuro animal del lenguaje que el sentido común llama poesía, mediante el cual solo se habla o se escribe por encantamiento de las palabras (nunca hay otro motivo), a semejanza del ranquel que sabe amansar al potro encandilándolo con el solo ejercicio de la propia fascinación, o del niño que purga sus terrores nocturnos al conjuro de la voz materna, puesta a fabular o a cantar.
Carmen Iriondo domina esos conjuros, “asustadiza vestal, inocente en el abandono de sus defensas”, no obstante se adentra, subida a su yegua de la noche (nigthmare) en el pequeño Hades casero; sondea enamorada el fantasma de la voz materna, porque estas concisas meditaciones o ensalmos sobre la literatura y la vida nos parece que han sido escritos, en buena parte, subrepticiamente, para desentrañar los enigmas y los estigmas de esa voz a la que le debemos todo, la revelación y la disculpa de nuestra existencia. No es azarosa en estas páginas, por tanto, la frondosidad de accidentes mitológicos de estirpe femenina: sirenas, ninfas, moiras, medusas, melisas, quimeras…, todas ellas hipóstasis, ensoñaciones o derivas de la gran diosa madre Deméter. Por otro lado, tampoco puede ser casual que se men cione al filósofo Bergson, entre un muy diverso catálogo de citas, con sus ensayos acerca del hecho cómico, ya que las frases aquí fosforecen bajo esa forma suprema de la melancolía que comporta la risa, siendo su amanuense una de aquellas raras personas –presumimos– que no pierden la gracia ni siquiera en posición decúbito supina, cuando reposan en la cama de ébano de Morfeo o aun sobre el sinuoso diván freudiano.
Vistos al contraluz de los sueños, solo somos frustraciones e instintos asesinos, pero también somos torpes cachorritos correteando detrás de una mariposa blanca; somos el alma de un príncipe condenada a la perplejidad barroca de los signos, y somos el gordo pelón del slapstick que recibe todos los tortazos; somos bailarinas de candombe girando en un mecanismo a cuerdas, somos una inferencia lógica sin premisa mayor, y somos la mano oculta que nos hace deambular por las hojas de un grimorio grisáceo… Ya quisiéramos traernos desde aquellos reinos de lo informe alguna confidencia valiosa, algún Kubla Khan deslumbrante, o al menos una tarjeta de cortesía, pero lo único que emerge a la superficie, en cambio, es un gritito asorochado, un gemido a gatas humanoide que se asfixia toscamente en la tráquea, como un ardor estomacal, cuando nos abofetean en medio de las tinieblas y nos lanzan a los ponchazos contra las evidencias.
Con caligrafía nictálope y una sintaxis danzante, cantabile, que bordonea naturalmente los acertijos hieráticos –y a la vez tan laxos– que nos suelen atacar en nuestros diarios peregrinajes al más allá, la prosa de Iriondo se perfila sobre el envés de la trama onírica, a contrapelo de las taumaturgias previsibles, los surrealismos ya disecados por la costumbre; la autora no escribe al hilo del inconsciente sino que más bien enhebra algunas reflexiones y lecturas en torno a él –flores muy perfumadas que se abren en su mesita de noche–; no estruja la raíz de la mandrágora ni persigue el rigor metódico ni el objeto absoluto, se deja más bien mecer al compás de su miscelánea subjetiva, su propio tres por cuatro. Y cerrando los ojos raya el despertar, se amontona con sus muchos hermanos y hermanas de papel, como en esos actos de desdoblamiento en los cuales el soñante, con un absceso de conciencia desatado, de pronto, en los más profundo de la fase REM, se encuentra consigo mismo en pleno ciclo larval o letárgico, y se zamarrea de un brazo con pánico –o se da también a veces una ristra de suaves bofetadas– tratando de reanimarse, en pugna por regresar a su surco en el mundo, pero sin distinguir a ciencia cierta dónde ni cuándo comienza dicho surco, ni dónde ni cuándo acaba la oscuridad.

Carmen Iriondo. Nació en Buenos Aires, licenciada en Psicología por la Universidad de Mar del Plata. Publicó: Casa propia(1988), Rara vez (1995), La niña pandereta (1997), Por el miedo te digo (2000), Egle y Suertes Virgilianas (2002), Syl & Ted (2003), Animalitos del Cielo y del Infierno (2004); Vuelo de fiebre (2007), Llamando al picaflor por el nombre de pila (2009), Seamos nieve (2010), El rock de los limbos (2011), Animalitos del Cielo, del Infierno y del Mar (2014), El carro de las letras (2015), Fantasmata (2016), Los míos (2016).

Como si todo estuviese ocurriendo

Jorge Aulicino foto

sobre Mar de Chukotka, Jorge Aulicino (Ediciones Del Dock, 2018)

 

“Una y otra vez nos fabricamos / y el espíritu no es nunca el nuestro”. Si como dijo alguien, el poeta es una antena capaz de captar en lo diverso los cambios de una sociedad, la poesía de Jorge Aulicino ausculta las imágenes de la cultura, sabe que en lo domesticado de la naturaleza (porque otra casi ya no existe), en las manufacturas, los  residuos, late una especie de espíritu que nos llama a buscar, ir más allá de nosotros. Lo que amalgama lo real no es algo metafísico, está en los materiales que el poeta escruta y revisita, nítidos y presentes, y de pronto insondables.

El aliento narrativo de la poesía de Mar de Chukotka es solo el maquillaje para hacer visible el grano de una historia, o de la Historia; el viaje por los tiempos, las latitudes, las tradiciones, son la forma de expresar un presente que se asienta en el gato en la ventana, la luz cayendo de determinada forma, un automóvil viejo con los asientos repletos de libros. Constantes variaciones, infinitas excusas, son la puerta entornada que se abre hacia el vacío que todo lo sustenta, algo que sin embargo no está fuera de la historia sino que más bien es su propio movimiento.                                                                                             Todo lo que se describe se hace idea (“no ideas, sino en las cosas”, decía William Carlos Williams) pero aquí la sintaxis tuerce cualquier fijeza, envía a andariveles ajenos a la lógica esperable. Como las frías costas del Mar de Chukotka las fronteras se renuevan, los limites se corren, la pregunta por la representación se hace fuerza verbal : “ lo que sucede es el hielo / como si nunca sucediera, / el hielo / tu página en blanco / son siluetas, tu escritura / bordadas momentáneamente en el hielo / momentáneamente, / porque lo que sucede / es el hielo”. El hielo, como el desierto, los parajes desolados, puede ser la metáfora de la eternidad, o de la nada, allí donde desagua y se diluye el teatro del mundo, porque en verdad “todo es como si no hubiese sucedido / O es todo como si estuviese ocurriendo”.

Hace unos años en un reportaje, Jorge Aulicino dijo que prefería tomar distancia de lo personal en lo que escribe, como si la autorreferencialidad entrañara una especie de mal: “Cuando empiezo a escribir trato de ubicarme en un paisaje, aunque sea el de este bar. El juego que uno trata de hacer no es ver la historia desde afuera, sino verse en la historia, verse en ese paisaje.” La voz de los poemas de Aulicino encarna a ese sujeto que se observa a sí mismo, un otro que se mueve entre las cosas, las celebra, duda o descree.  El dialogo con la literatura (desde Dante y Homero a Apollinaire o Saer), se ha imbricado a la vida cotidiana como un interlocutor más con el cual compartir pensamientos, teorías y esperanzas. Una sintaxis musical, derivativa, que alterna el vos y el tú, el registro coloquial y otro más “literario”, más admonitorio, fogonea el impulso de decirlo todo, de abordar lo real por desmesura , aun sabiendo que semejante empresa está condenada al fracaso.

Con todos  los poemas de este libro podríamos listar categorías (política, filosofía, mitos, bártulos, industria), configurar sistemas que en sus cruces, en sus anomalías, vuelvan a hacer visible el mundo, atendible el espacio, como los osos blancos que por la quebradura de los hielos no llegan a la zona donde están las focas, “pasean por la aldea /saqueando los contenedores de basura”.

El filósofo Gilles Deleuze dice que tratamos de estructurar un orden lógico, una especie de “paraguas” para protegernos del caos, y que la ciencia, el arte y la filosofía quieren que desgarremos ese firmamento, corramos ese límite. El Mar de Chukotka, en el Océano Glacial Ártico, es también ese horizonte,  esa luz fantasmal  que nos punza a seguir, a ir más allá.

mario nosotti, revista Ñ (N° 788, 3/11/2018)

 

selección de poemas :

https://musicararablog.wordpress.com/2018/10/04/el-dia-sera-oscuro/

 

Palabras desde donde desplomarse

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sobre Un barco propio, Mónica Sifrim (CienVolando, 2018)

 

Jugando con el doble sentido del barco ebrio y el cuarto propio como desafío de pérdida y encuentro, Mónica Sifrim construye un libro potente –el sexto de su producción- donde la gravedad y lo leve conjugan un viaje al encuentro de sí misma.

 

Una muchacha se arroja al vacío, por amor o desdén, por algo que le quema. Su caída sin embargo es corta, termina suspendida en las ramas de un naranjo, una tragicomedia, porque así son las cosas, en la vida, en la poesía, no hay épica que no bascule en la ridiculez. Colgando de las ramas, la chica “es un capullo indócil” y vista desde el sol “es una lapicera / que graniza / coágulos de sangre”. La caída es resbalar de la ilusión, darse cuenta de que “no hay una zona tierna / donde apoyar el hueso dolorido”. Pero lejos de terminar, la muchacha emprende un viaje, un viaje circular donde arrojarse es el precio para reconocerse y nacer al deseo.

Las variantes de tono y densidad visual de cada una de las partes del libro (Formas de caer, El canal de la mancha, Grandes esperanzas, Un barco propio), son la evidencia de su extraña riqueza, de su monotonía espléndida. En contrapunto con lo telegráfico de las Formas de caer, por ejemplo, El Canal de la mancha  tiene la carnadura, el barroquismo leve de buena parte de la poesía de la autora. Recorriendo paisajes que son ínfimos retablos, nuestra esquiva  heroína llega oculta a una ciudad, para olvidar, o para darse a luz,  para recuperar las grandes esperanzas, aquéllas que permiten sostenerse cuando camino no hay.

La niña que recorre los poemas de Mónica Sifrim encuentra en un momento de este libro un barco propio, dos tablones de roble atornillados, desde donde asistir a salvo a sus caídas, sus lances, pero ese recorrido la lleva nuevamente a su primer verdad: “la poesía no era/mar/ni tierra firme /las palabras fueron la/escalera/para subir/al techo/desde donde/quise/desplomarme/una vez”.

Un barco propio tapa

La escritura de Sifrim es eminentemente rítmica, primordialmente verbal; si hay ideas, conceptos, van siempre de la mano de un rebote de diálogos, pequeñas colisiones de palabras que caen como semillas en un palo de lluvia; es por ese derrame que accedemos al logos. Y algo de lo fortuito también, de tomar lo que el oído trae, imágenes que tocan una verdad extinguida, que solo la poesía puede formular: “una muchacha rota en alquitrán”, “el porvenir es una oveja triste”, “las verdades se apilan / como capas de pan y de manteca”.

Aunque el tiempo de caer es ínfimo, el lenguaje construye un durativo que permite elevarse de nuevo, volver a desplomarse, orbitar desde distintos puntos, y permite al lector hilar los avatares de una historia agujereada, la de alguien que renace en cada etapa, cada escenario.

Un dios raro el de Sifrim, un dios que ama  los barcos, “Dios te dio / Las palabras./Dios te dio / un barco propio /Para alejarte de esta pesadilla /Es hora de saltar”. Las palabras nos permiten saltar, navegar una historia que como la de la muchacha de este libro, la de toda la poesía de Sifrim, se debate entre la transparencia y la catástrofe.

Mario Nosotti, Revista Ñ (13/10/2018)

En la estepa polaca

mario foto arteca

sobre Los poemas de Arno Wolica, Mario Arteca (Caleta Olivia, 2018)

Arno Wolica nació en 1957 en la ciudad polaca de Koszalin, cerca del Mar Báltico. Perteneciente a una familia de judíos ortodoxos abandona sus estudios de ingeniería para dedicarse a escribir.  Publica varios libros de poesía, teatro para niños y dos ensayos. Su poema “Después de Beckett” le trae problemas con las autoridades comunistas de turno que leen en el mismo cuestiones antirrevolucionarias. Otra de las cuestiones que marcan su vida son las sospechas de licantropía que pesan sobre varias generaciones de miembros de su familia, las cuales confinaron al ostracismo a varios de sus parientes. Es por esto que siendo ya un escritor reconocido se entrega a la tarea de componer un libro colosal.                                                                                                                 En marzo del 2000 publica El juego de la luna llena. Tratado de licantropía. Por esa época, una crisis personal y amorosa  lo hace caer en la bebida y auto-internarse en una clínica para adicciones de Varsovia. Todo esto nos lo informa en el prólogo del libro el escritor Horacio Fiebelkorn. Entre otros documentos, cita la opinión de Wilhelm Schwertzmann, titular de la cátedra de Literatura Judía Centroeuropea de la Niederösterreich-Lutherische Universität Berlin, quién refiriéndose al texto licantrópico de Wolica, explica que trabaja dos géneros contrapuestos, el lírico y el ensayístico, y remata  “una apuesta por la insuficiencia del sentido poético, sin perder tiempo en rodeos preliminares”. ¿Significa esto una nueva programática o nada más escritura polaca pura? se pregunta Fiebelkorn. No podríamos responderlo. Pero sí podemos arriesgar que esta caracterización bien podría cuadrarle a un poeta argentino oriundo de la ciudad de La Plata.

Pero vayamos por partes. En esta selección de textos que el mismo Wolica realizó (no se menciona al traductor) muchos de los poemas están hechos con las incrustaciones de un cuerpo que nos ha sido sustraído. Nos quedan los fragmentos una historia cuyo contexto o es ambiguo e intercambiable, o nunca se repone. El poeta  propone una combinatoria, un juego de sintagmas, donde el que lee deberá construir el sentido. La indiferencia (o la confianza, podría interpretarse de ambas formas) en el lector es radical. Wolica se desprende de la instrumentalidad comunicativa, sabiendo que el sentido no es potestad del mensaje o la forma, sino que es construido por la subjetividad del receptor. Ir por la senda no hollada, el paisaje sin marco, desistir al control. Lo que hay son apuntes narrativos, escenas iluminadas, teatrillos de historias que de a poco se van entrelazando. Y al pasar, los poemas se leen como la biografía de un sujeto pensante, dubitativo, desgraciado, con momentos de felicidad y de decisión. Es como ver las fotos de viaje de un desconocido. Lo que de intimidad, de familiaridad tienen las fotos, es lo que a nuestros ojos tienen de ignorancia y extrañeza. El poema “Preterintencional” (Zbrodnia) dice así: “En efecto el hombre arrancó / el arma la hizo girar en el aire / y cuando estaba a punto / de hundirla en el pecho / soltó un exabrupto / y todo quedó en la nada”. La ironía, el humor y en varios casos la arbitrariedad cercana a las formas de nonsense, no impiden que Wolica sea eminentemente un poeta conceptual, solo que sus ideas son golpes sintagmáticos, imágenes rítmicas, avanzando por cortes o por reversibilidad “La dificultad del agua / en aplacar las raíces / cuya desgracia inicial / es darle todo el poder / a la absorción”.                                                                                                                        Digámoslo de una vez: Wolica es un invento de Arteca, Wolica no existe (aunque ya puede leérselo en el monumental sitio Poetas Siglo XXI), o mejor dicho, Arteca juega el juego de Pessoa con sus heterónimos. Demos gracias a Arno Wolica entonces, por permitirnos asistir a esta nueva dimensión de  Mario Arteca.

Mario Nosotti

Revista Ñ 25.08.2018

Arteca Arno Wolicka