El efecto de Fauna

tren

Voy a contar un episodio. Llegué a la estación Florida del ferrocarril Mitre y de casualidad enganché un tren. A los pocos minutos, me encontraba leyendo  al lado de una chica de auriculares flúo, el libro que había empezado la noche  anterior.  Se trataba de Fauna-Desplazamientos de Mario Levrero. Exactamente igual a como me había ocurrido  con La novela luminosa, el relato me tenía totalmente enganchado.  El humor, la cotidianeidad ensimismada y a la vez abierta, telepática de Levrero, eran mi horma perfecta en esos días. Básicamente, sentía que el efecto de lectura era benéfico,  que me reconciliaba con cierto proceso personal que se iba dando sólo –con una ínfima, humilde participación de mi parte-proceso  que a pesar de la constante fluctuación malestar-bienestar,  era de todos modos necesario. Traduciendo: la clara sensación  de que todo lo que me venía sucediendo desde hacía unos meses era –aunque a veces de modo doloroso, incomprensible- para mi propio bien. A medida que avanzaba el relato –y el tren supongo- crecía en mí la idea corporal de que somos estados pasajeros, flujos como se dice ahora, y todo está constantemente en cambio. A todo esto, tenía que llegar a la estación Belgrano a tiempo para ir a coordinar un grupo; ya me había pasado llegar sobre la hora y encontrarme  que otro había tomado mi lugar. La cosa es que seguía leyendo, con el mismo entusiasmo de alegría sexual que el narrador siente por Flora, y una frase me hacía reír y levantar la vista, darme cuenta que varios  pasajeros me miraban. Yo era consciente de mi risa y de mi enfrascamiento pero a la vez, en una especie de atención periférica, podía percibir todo lo que pasaba en el vagón.  Como si cierto júbilo emanado del relato me diera ojos y oídos extras.  Sin embargo, según pude constatar después, perdía rápidamente la noción del tiempo y del espacio, y allá afuera las estaciones pasaban. En eso, a unos seis metros de donde estaba sentado, una mujer morena se para ante la puerta, lista para bajar, y me sonríe. Un nene rubio de unos seis años iba de su mano. Reconocí al instante a mi ex mujer, de la que me separé hace casi veinte años. Me señalaba y entendí claramente por el movimiento de los labios que le decía al nene -“mirá, ése es el papá de las nenas”. Saludé con la mano y sonreí. El tren paró y la vi caminar por el andén en mi dirección. Seguí sonriente  y saludando como un tonto –a ella y al nenito- en un estado de gracia atribuible sólo a Fauna. De algún modo, me sentía extrañamente complacido de que me viera justo en ese trance. El tren volvió a arrancar y empecé a sumergirme de nuevo en la bruma del relato cuando, en un tiempo que no podría precisar, percibí con espanto un solar despejado, con vías adyacentes y galpones …”la puta, me pasé!” Estaba en la estación Lacroze; de golpe me acordé que mi ex mujer  otras veces  había coincidido conmigo en  ese horario, y que ambos nos bajamos en Belgrano . Resignado a llegar otra vez tarde al grupo, vi que venía el tren del otro lado y crucé el puente  lo más rápido que pude.  Llegué a la reunión justo, mi silla estaba intacta, nadie había ocupado mí lugar.

Después, le conté este suceso a mi padrino y me dijo que era un buen augurio, que para él estaba enamorado. Yo en ese entonces había iniciado una nueva relación. También vaticinó que empezaba una etapa de disfrute en mi vida y que más de una vez iba a seguir de largo, “a perderte con el colectivo”, insistió, “con el tren”, lo corregí.

En el viaje de vuelta a Florida seguí leyendo, pero esta vez me bajé en el lugar correcto. Mi casa está  a unas diez cuadras de la estación. Cometí la imbecilidad de hacerlas caminando y leyendo, en piloto automático como quién dice, con el riesgo que implica. Cuando llego a la puerta busco la llave y no la encuentro. Por segunda vez caigo del efecto de Fauna en mis desplazamientos: como estaba apurado  había ido a la estación en el auto; la llave de mi casa estaba ahí.

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