Palabras desde donde desplomarse

thumbnail_monica_02.jpg libro (1)

sobre Un barco propio, Mónica Sifrim (CienVolando, 2018)

 

Jugando con el doble sentido del barco ebrio y el cuarto propio como desafío de pérdida y encuentro, Mónica Sifrim construye un libro potente –el sexto de su producción- donde la gravedad y lo leve conjugan un viaje al encuentro de sí misma.

 

Una muchacha se arroja al vacío, por amor o desdén, por algo que le quema. Su caída sin embargo es corta, termina suspendida en las ramas de un naranjo, una tragicomedia, porque así son las cosas, en la vida, en la poesía, no hay épica que no bascule en la ridiculez. Colgando de las ramas, la chica “es un capullo indócil” y vista desde el sol “es una lapicera / que graniza / coágulos de sangre”. La caída es resbalar de la ilusión, darse cuenta de que “no hay una zona tierna / donde apoyar el hueso dolorido”. Pero lejos de terminar, la muchacha emprende un viaje, un viaje circular donde arrojarse es el precio para reconocerse y nacer al deseo.

Las variantes de tono y densidad visual de cada una de las partes del libro (Formas de caer, El canal de la mancha, Grandes esperanzas, Un barco propio), son la evidencia de su extraña riqueza, de su monotonía espléndida. En contrapunto con lo telegráfico de las Formas de caer, por ejemplo, El Canal de la mancha  tiene la carnadura, el barroquismo leve de buena parte de la poesía de la autora. Recorriendo paisajes que son ínfimos retablos, nuestra esquiva  heroína llega oculta a una ciudad, para olvidar, o para darse a luz,  para recuperar las grandes esperanzas, aquéllas que permiten sostenerse cuando camino no hay.

La niña que recorre los poemas de Mónica Sifrim encuentra en un momento de este libro un barco propio, dos tablones de roble atornillados, desde donde asistir a salvo a sus caídas, sus lances, pero ese recorrido la lleva nuevamente a su primer verdad: “la poesía no era/mar/ni tierra firme /las palabras fueron la/escalera/para subir/al techo/desde donde/quise/desplomarme/una vez”.

Un barco propio tapa

La escritura de Sifrim es eminentemente rítmica, primordialmente verbal; si hay ideas, conceptos, van siempre de la mano de un rebote de diálogos, pequeñas colisiones de palabras que caen como semillas en un palo de lluvia; es por ese derrame que accedemos al logos. Y algo de lo fortuito también, de tomar lo que el oído trae, imágenes que tocan una verdad extinguida, que solo la poesía puede formular: “una muchacha rota en alquitrán”, “el porvenir es una oveja triste”, “las verdades se apilan / como capas de pan y de manteca”.

Aunque el tiempo de caer es ínfimo, el lenguaje construye un durativo que permite elevarse de nuevo, volver a desplomarse, orbitar desde distintos puntos, y permite al lector hilar los avatares de una historia agujereada, la de alguien que renace en cada etapa, cada escenario.

Un dios raro el de Sifrim, un dios que ama  los barcos, “Dios te dio / Las palabras./Dios te dio / un barco propio /Para alejarte de esta pesadilla /Es hora de saltar”. Las palabras nos permiten saltar, navegar una historia que como la de la muchacha de este libro, la de toda la poesía de Sifrim, se debate entre la transparencia y la catástrofe.

Mario Nosotti, Revista Ñ (13/10/2018)

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El día será oscuro

Aulicino foto marina

poemas de Jorge Aulicino

 

[Mito IV: Bailar con el diablo]

 

Una parte del conocimiento

es como el clima: se enuncia en grados;

la otra es sombra, decías.

 

El sistemático propósito de

saber qué detrás de cada máscara late o hay,

o qué al menos se pronuncia,

es loable, pues

desde cierto ángulo una cosa

es Londres, otra es el hielo,

otra es el placentero mar

de techos, la bahía rocosa,

el pino, la ventana abierta

al bosque, el gusto del dentífrico

en lo hondo de la boca,

el baño bautismal, la áspera

toalla, el disparo que hoy

tampoco haremos,

los goznes aceitados,

las vetas de la madera,

el tilo, el olor del tabaco,

las plantas que cuelgan

de una ventana, el calor

o el frío, la parca notificación,

el cuerpo, las mañas.

Pero todas ellas componen

un canto desleído, variable, sombrío,

con vetas de innumerables estrellas,

un canto físico,

y esto querríamos cantar,

no ya lo que el canto canta,

no su significado sino

su cadencia o candor o maldad.

 

*

 

En La Habana el infierno es el paraíso

y uno camina como arrastrando unas garras

en el fondo del mar  y se refugia en las arcadas de

las despintadas recovas donde un olor dulzón carcome.

Desnudo frente al mar turquesa,

siente la sal tallando ciudades viejas y laberintos

entre el manglar y entre las venas.

No hay saludo posible,

una oscuridad densa puebla los ojos y los rincones.

Un disparo no es nada en La Habana,

el sexo es olor,

el clima pudre todo,

la langosta en la transparencia de la pecera

como una pregunta agita ligeramente las anténulas,

pero su ojo, redondo y desprovisto de todo mal, no mira: vio.

Estamos a dos escalones del paraíso,

y los pies se nos queman.

No sabemos cómo llegó aquí la destilación, el traje de lino,

el cigarro, la corbata, el sombrero liviano, Europa.

La sal socavó conspiraciones, hubo muertos, hay sombras

y gemidos y deseos detrás de las ventanas. Y edificios torre

frente al mar, y restos de la gran guerra fría,

la guerra de los espías.

 

*

 

[William Carlos Williams]

 

Soy el intelectual más prestigioso de la cuadra.

Querría tener un De Carlo 1960 para estacionarlo

frente al Hospital de Infecciosos, donde pudiera verlo

desde la ventana trasera de mi departamento,

los asientos atestados de libros y bolsas de suero.

 

El De Carlo es blanco como la ballena,

como mi heladera.

Todo flota

lejano y fascinante

en esta hermosa ciudad.

 

*

 

[De Imitatione Christi]

 

Bienaventurado aquel a quien la verdad por sí misma enseña,

             no por figuras y voces trasmitida, sino así como es.

 

 

Lo público: un desgastado lustre marcial y recoleto,

largos pasillos vidriados con vidrio opaco,

las firmes vetas de capas de pintura superpuestas,

olor a cloro, ruda limpieza.

Es el antiguo edificio del parque Chacabuco bajo una neblina

casi lechosa alta,

en cuyos vestuarios suenan voces, gallos, pitos, carrasperas,

un acento bronco de vez en cuando

de las voces adolescentes.

Después, la pelota bien lanzada, el golpe

certero del bate: un dios exacto.

 

La enumeración era el discurso de los rapsodas,

nos dijo el buen profesor Mattarollo.

Pruébalo.

Enhebra tus cuentas.

Sólo unos días volverán del mar.

 

*

 

Tipos cuyo único vínculo con la nada es la nada.

Tipos que caminan a través de bosques de nada

y acampan en la nada. Caramañolas y palabras

agitan junto al fuego que ilumina desde la nada la nada.

Son los mejores cazadores. Ven, a decenas de metros

y entre el follaje de la nada, lo construido en la nada,

lo que se mueve en la nada con sangre y pelos.

Seres surgidos de la nada. Y no como ellos,

que solo atraviesan y cazan en la nada.

Es difícil imaginarlos junto a este río oscuro

que lame la costa parda y raspa el fondo

en busca de oro y leopardos hace tiempo enterrados.

 

*

 

[Juan José Saer]

 

El día será oscuro hasta el último día,

y los montes y los jardines y la roca y las escolleras

serán siempre falsas, siempre serán coartadas.

El tiempo será oscuro hasta el último día,

y para conocerlo basta un día,

la gata sentada al modo de los gatos, sobre sus cuatro patas,

entre papeles y tazas de café

acecha una inteligencia lejana,

como si la esperara. Pero el viento entre las plantas

atrae su vista hacia la ventana.

El día es una máquina cuyo óxido no lava el aceite

y la máquina escribirá,

hará trajes, destilará petróleo,

extraerá estaño y sílice:

todo, debajo de la virtualidad,

es máquina, los apuntes son sobre la máquina

cuyos fallos están previstos;

la máquina tal vez incluso mueve la sangre

de bosques y montañas.

Y si no es así, de nada vale cantar los bosques

porque no tienen ni promueven ni desean

ni los acercan palabras

ni trazos de pintura sobre la tela,

ni la máquina de una partitura.

No tienen intermediarios

y muchas veces no sabemos si traen el éxtasis o la imbecilidad

y caen, de todos modos, bajo la máquina.

No podés creer en la costa de California

ni en las cabañas ni en la Selva Negra

ni en la verdad de una ruta en la meseta patagónica:

todo es obra, querido, de la máquina.

Y la máquina también morirá porque el día será oscuro hasta el final.

 

poemas pertenecientes a Mar de Chukotka (Ediciones del DocK, 2018)

ver reseña

https://musicararablog.wordpress.com/2018/10/04/el-dia-sera-oscuro/

Aulicino foto

Jorge Aulicino. Buenos Aires, integró  el grupo y taller literario “Mario Jorge De Lellis”. Trabajó en agencias noticiosas y fue subdirector de la revista cultural Ñ y parte del Comité de Dirección de Diario de Poesía. Publicó los libros de poesía, Mejor matar esa lágrima, Vuelo bajo, Poeta antiguo, La caída de los cuerposPaisaje con autor, Hombres en un restauranteAlmas en movimientoLa línea del coyoteLas VegasLa nadaLa luz checoslovacaHostiasMáquina de faro y Cierta dureza en la sintaxis, Corredores en el parque, entre otros. Tradujo a Cesare Pavese, Pier Paolo Pasolini, Guido Cavalcanti, Dante Alighieri, Marianne Moore y Ezra Pound entre otros. A administra el blog de poesía  Otra Iglesia es Imposible.