día mas día menos: entrevista a Angela Melim

Angela Melim, una de las voces más originales de la generación que comenzó a escribir en los setenta – luego de los años de plomo de la dictadura en Brasil- compañera generacional de Adélia Prado y Ana Cristina César, pasó por Buenos Aires para presentar, Día más día menos, la primera traducción al español de su poesía reunida. 

Cosas así pardas

Jilguero, pato, alboroto

cosas así, nombres –Rita

cosas así, pardas, mestizas

de pequeño porte

cosas de fibra

aunque de aspecto desvalido

cosas pardas vivas

pulsantes

un poema así.

Cálida, desprejuiciada, Angela Melim habla de corrido y cada tanto ríe, (“soy un poco burra, me olvido de todo”). Parte del movimiento contracultural  conocido como “poesía marginal” en los años 70, lo suyo se diferenció del poema instantáneo y antiliterario, para experimentar la mixtura discursos y de voces, la dicción discontinua, en un tono de vitalidad rebelde.

Tu primer libro “O vidrio O nome” fue publicado en 1974. ¿Cómo era la escena poética brasileña en ese entonces? 

 AM: Ese libro, O vidrio o nome, no formó parte de la producción poética del momento, pero De tripas Corazon sí tiene que ver con aquél período, muy desbocado, de mucha palabrota, mucha cosa cortada, sin un orden claro, fragmentos en otras lenguas. Una cosa un poco de moda, ¿no? de aquél momento. Pero yo no pertenecía al movimiento marginal. Me movía con ellos, iba a los saraos, hacía charlas, recitales con ellos, pero estaba un poco aparte. Ellos eran más coloquiales, hablaban más del día a día, y yo ya tenía otra preocupación, porque mi poesía no era una cosa de hallazgos casuales, de esa cosa de broma que tenían muchos ellos. 

Tus poemas parecen hechos de retazos, pedazos de discursos, hay algo telegráfico en su velocidad, algo que enfilan los sonidos y juegos de palabras. Un texto de ese segundo libro, De tripas corazón, dice: “El patio está pavimentado con retazos de baldosas de todo tipo y formato unidos con cemento, descartes de una construcción cercana…”  Se me ocurre que esta podría ser tu arte poética.

AM: En el caso de ese poema, yo quería mostrar esa cosa del país subdesarrollado, que uno anda y anda, en cualquier camino, del nordeste al sur de Brasil, y es siempre lo mismo, cosas inacabadas, ladrillos rotos, restos de demoliciones junto a cosas caras como el mármol, todo mezclado. Mucho después, yo hice un poema parecido pero en otra línea, que es sobre Meier, un barrio de Río, de la periferia, donde todo se interrumpe, ni comenzó y ya acabó, ya se está desmoronando. Entonces escribí sobre eso, y después me dio gracia que Caetano Veloso, nuestro maestro, también hizo una canción con esa idea, y yo bromeo que se copió de mí, porque lo mío salió primero, pero lo cierto es que él habla de ese rasgo subdesarrollado tan nuestro, esa cosa de la precariedad junto a la ostentación típica de los ricos. Por otra parte, como dice la escritora hindú Arundhati Roy, cuando uno escribe en un país como India – y yo extiendo eso a Brasil-, donde la mayoría de las personas no saben ni leer, es muy complicado ser un autor, porque vos sabes que tu trabajo no llega a mucha gente, es algo siempre de clase.

En varios de tus libros hay una convivencia natural entre poesía y prosa, casi como si estuviesen al mismo nivel.

AM:  Allá en Brasil existe esa discusión de qué es la prosa poética, qué es poesía, qué es prosa, pero justamente mi tentativa era levantar esas barreras. Tuve la experiencia de hacer un taller de “poetas mujeres”, en donde hablaba de varias poetas brasileñas, de una portuguesa y de Virginia Woolf, que no es poeta pero tiene una prosa densa, compacta, y es como si lo fuera. Y entre nosotros tenemos también a Clarice Lispector, Pienso que es más el clima, el sentimiento lo que determina eso. 

En Os caminos do conhecer, hay un relato vertiginoso sobre una mujer que queda atrapada con su auto en un embotellamiento; durante diez páginas se cuenta lo que ve, siente y piensa mientras avanza a paso de hombre por “la ciudad más linda del mundo”. 

AM: Ana Cristina César escribió un texto sobre ese libro, dijo, “Angela Melim ahora está escribiendo como hombre, porque ella empieza así, “puso primera, puso segunda, entró en la rotonda”,(…risas) pero claro después el poema va volviéndose casi fantástico, porque habla de un lugar adonde yo viví, una aldea de pescadores, y para llegar primero hay que salir de la ciudad, llena de barullo, de gasolina, y se llega a ese lugar que era, primitivo digamos, porque pobre continúa siendo, cada vez más, y yo quería mostrar cómo es que uno está saliendo de unas palabras para entrar en otras palabras, y se termina siendo algo así como un coleccionista de palabras. Habla de personas que realmente vivían ahí, había un matemático, por ejemplo, que enloqueció por la bebida y se quedaba hablando solo, con las estrellas, mientras todo el mundo ya dormía…Esos personajes entraron en la historia para crear palabras propias para ese lugar.

Es notable la sensación de transparencia que transmiten algunos de tus poemas, como si se tratara del puro presente, no de algo calculado sino repentino, que acontece…

AM: No sé qué decirte… Me parece genial si es así. No quiero otra cosa de mi poesía. Esa es la finalidad: que alguien entre en mí y yo entre en alguien. No me gusta la poesía muy hermética, muy formalista. Busco una cosa espontánea, cotidiana, a pesar de que mi poesía es más bien pensada, sabe adónde va. Aun así busco que la comunicación con el lector sea fácil y directa.

Cómo empezaste a escribir

AM: Yo estaba en un colegio pupilo, de monjas, me dejaron ahí con cinco años, y llevaba un diario donde escribía todo lo que sucedía, y de vez en cuando escribía versitos. Mi familia vivía cerca de la playa, y yo sentía mucho no poder ir a la playa, me sentía presa, y escribí muchas cosas sobre el mar, todavía guardo esas páginas. Ahora vivo en un barrio de Río que está en la montaña, ya no me gusta más el calor. Antes adoraba el sol, ahora quiero lo húmedo, acostarme en suelo sobre las hojitas. En esa parte vienen las nubes y van bajando, tenemos esa bruma que desciende y ocupa toda la montaña, es  muy bello. Y me concentro en todo eso hasta toparme con el lucro, ver cómo quienes procuran enriquecerse explotan los recursos de esa montaña… porque yo tengo una participación política bastante intensa, entonces, últimamente no estuve prácticamente escribiendo, fue tanta la necesidad de participar que me volví completamente improductiva desde el punto de vista de la poesía.

Cómo entra la cuestión política en tu poesía

AM: La mayor parte de las veces está en las descripciones que muestran la pobreza de nuestro país al lado de la riqueza de nuestro país, tan contradictorio. O sea no es directa, pero aparece. La mayoría de los brasileños vive con cuatrocientos trece reales, menos de cien dólares por mes, y eso después de una pujanza donde todo mejoró. Soy parte del PT de la zona sur, donde vivo, barrios de clase media, y ahí estamos centrando la campaña en el Lula Livre como una vuelta a la democracia, porque no pueden tener un preso político si consideran que es una democracia.

Fuiste amiga de la poeta Ana Cristina César

AM: Tuve poco contacto con ella. Yo tuve una librería en Río, llamada Noa Noa y lanzamos dos libros de ella: Escenas de Abril y Correspondencia completa. Cuando ella volvió de  Londres nos hicimos amigas, yo frecuentaba su casa, a ella le gustaba lo que hacía. Un tiempo después me fui a vivir a Brasilia y entonces solo intercambiábamos cartas, era una amistad literaria, en función de la poesía.

Creo que nos vinculan porque aparecemos por la misma época, de una edad parecida, ella además era muy linda, y ese grupo de clase media alta, porque esa poesía  no era una poesía popular, era algo de la zona sur (la parte más rica de Río de Janeiro) y también tenían una impronta feminista, me parece que ella era más feminista que yo.   

Hay algún poeta brasileño actual que te guste particularmente?

AM: El poeta que más me gusta es Leonardo Fróes, que tiene un trabajo con el lenguaje que es una belleza. Es mi preferido. Es una nueva forma de escribir la que está inventando, “es un Lewis Carroll”, algo surrealista, y le interesa también la cultura oriental, la forma de vida oriental.



Angela Melim: Porto Alegre, Brasil, 1952. Publicó O  Vidrio O Nome (1974), Das  tripas coracao (1978), Vale o escrito (1981), Os caminos do conhecer (1981), Fogos juninos (1984), Poemas (1987), Mais día menos día. Poemas reunidos 1974-1996 (1996), Possibilidades (2006). Día más día menos, Poesía reunida 1974-2017, editorial Pato- en- la- cara, traducida al español por Teresa Arijón y Bábara Belloc. Dice Leonardo Fróes de su poesía: “retazos sacados de las gavetas del cerebro, grafismos, ranuras, inciciones, polifonía de ímpetus, fragmentos que saltan del misterio de las cosas”.

Mente Mariposa

sobre Mente mariposa, Allen Ginsberg, traducción Gonzalo Scorza, (Caleta Olivia, 2019)

Nacido en Paterson, New Jersey, donde conoció Wiliams Carlos William –quien en varios sentidos fue su maestro-  Allen Ginsberg creció como un judío ateo e izquierdista pasando una juventud llena de privaciones, llevando a Naomi, su madre, de sanatorio en sanatorio. En 1956 escribe en San Francisco un poema fenomenal, Howl, un sacudón al conformismo de parte de la sociedad en los años de Eisenhower, el lado B del bienestar de los Estados Unidos de posguerra.

“Estaba siempre a punto de irse a alguna parte, – cuenta Williams- no parecía importar dónde; me preocupaba, nunca pensé que fuera a vivir para crecer y escribir un libro de poemas.”

Furia, deseo, llamado a despertar, Ginsberg es el autor de lo que podría sintetizarse como una extensa Carta a América, la misma carta ardiente y visionaria desplegada por Whitman, (“escribo poesía porque Walt Whitman le otorgó permiso al mundo para que hablara con candor”) pero que ahora da cuenta de un sitio devastado, tuerto, que lleva con nostalgia el peso de la vida, a sabiendas de que  “el peso de la vida es amor”.

En los poemas de Ginsberg entra todo, la política, el sexo, la opresión, la prensa, la radiación, los paisajes urbanos, los suburbios en donde la ciudad termina, pero siempre hay un foco en el hombre individual, ese que aún vapuleado, llevado de aquí para allá por un destino que no le pertenece, es capaz de gritar, de hacer saber que existe. Es desde esa intemperie, desde el patio de atrás de la civilización industrial, que Ginsberg nos instiga a expresar nuestro deseo, retomando además la conciencia de que todos estamos en el mismo barco, y que ese solo hecho es suficiente para cantar la intensa gratitud de existir.

¡El mundo es santo! ¡El alma es santa! ¡La piel es santa! ¡La nariz / es santa! ¡La lengua y la verga y la mano y el agujero del culo!/ ¡Todo es santo! ¡todo el mundo es santo! ¡todo lugar es santo! ¡todo día pertenece a la eternidad!

Desde el joven que enfrenta a la policía manifestando en contra de la guerra de Vietnam, el que canta la libertad sexual y se busca a sí mismo en el LSD, el que es clasificado de “riesgo a la seguridad del estado” por el F.B.I., al que años después hace  un voto de pobreza y enseña poesía y meditación budista en las montañas del Naropa Institute de Colorado, Allen Ginsberg concibe  el ejercicio de su arte como experimentación y actitud ante la vida.

Dicen que Ginsberg aprendió del negocio de la investigación de mercado la forma en que se manipula el lenguaje de masas. Ese conocimiento, esa inmersión en las formas en que el discurso de la publicidad, la política y  los mass media infiltran a los individuos, es puesto en evidencia en su poesía con ironía impiadosa, como en ese poema en el que desmonta la lógica que rige  las políticas del banco mundial.

“Te prestaremos dinero para aumentar tu producción /(…) “Páganos un interés anual, para tu propia seguridad  / ajústate el cinturón, no pondremos objeciones” /“Recorta servicios sociales y la ayuda a los pobres”

Mente Mariposa, selección de poemas de algunos de los mejor libros de Ginsberg, traducidos por Gonzalo Scorza, demuestra que aún hoy, en un mundo tan distinto pero tan parecido, su voz liberadora e inclusiva nos sigue interpelando. La cuestión de la catástrofe ecológica sin ir más lejos, expresada magistralmente en el poema “Lo que la marea devuelve en Vlissingen”, hecho con la enumeración de materiales que las olas arrastran a esa localidad de los Países Bajos  “Plástico y celofán, cartones de leche y envases de yogur,/bolsas de red azules y naranjas/ cáscaras, bolsas de papel, plumas y algas, palos y ladrillos. / Jugosas hojas verdes, ramas de pino, botellas de agua…”

Allen Ginsberg, el gran protagonista de la renovación beatnik  junto a su amigo Jack Kerouac, el que alguna vez dijo, “lo que realmente queremos, puede no ser tan imposible de lograr si empezamos por decirlo claramente”, murió en Nueva York en 1997 a la edad de 71 años.

Mario Nosotti (Revista Ñ N|821 22/06/2019)

Bobby Fischer VS. Bobby Fischer

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Mariano vino a casa anoche a traerme su último libro. Iba ser cosa de un minuto pero al final subió, destapó unas latitas de cerveza que traía en la mochila y nos quedamos charlando. Había sido un día caluroso y la brisa inesperada del final de la tarde nos hacía bien.

Mariano es un poeta secreto, que permanece, un poco sin querer queriendo, al margen de las redes de circulación. Algunos lo conocen más bien por sus novelas, Aún, premio Emecé 2003, Ruidos (Santiago Arcos, 2008) y Arno Schmidt (Seix Barral, 2014). Apenas uno lee un fragmento de su prosa reconoce una respiración, un fraseo, una forma de ataque donde el sentido se construye en la cadencia de una voz que oscila entre el monólogo y la oralidad, siempre cerca de lo cáustico, rayando a veces lo delirante, no tanto por lo hiperbólico sino más bien por lo obsesivo, por la reiteración un poco loca, cuya motivación profunda es desacralizar, romper con la importancia, los falsos oropeles.

Él mismo edita sus libros de poesía; corta pliegos, cose las hojas, sella a mano la portada y los ensobra. Después los distribuye en cinco o seis librerías, no más; y lo obsequia a sus amigos. El nombre que eligió para su sello, donde a veces publica algún otro poeta, anuncia una improbable frecuencia, la abstinencia más bien del plazo fijo: Ediciones cada tanto. Esa dedicación algo abstraída, de tiempos de escritura y de formas de circulación un poco a contrapelo de la figuración y el reconocimiento, se refleja también en su apuesta poética. Mariano no es afecto a la tendencia actual a una poesía que hace de lo personal su materia recurrente: lo familiar, la infancia, la amistad, tópicos que –con resultados diversos- se abren en un momento a una modesta epifanía. Así como no abreva en escenas personales, niega a sus personajes cualquier psicologismo que no sea el que derive de la propia acción; y lo mismo le pasa con la efusión lírica; lo suyo sigue la estela de algunos de sus admirados: Lamborghini Leónidas, Beckett, Céline, la gauchesca, es decir, la gente que escribió con el oído: la música (y el silencio) ante todo.

Abro el  nylon entonces, transparente, que contiene el librito. Un poema de unas 20 páginas que ya hace varios meses, me consta, el autor venía trabajando. Una cartulina color crema, de trama delicada, con el título estampado en el centro: Bobby Fischer Vs Bobby Fischer. Durante mucho tiempo, cada vez que nos juntábamos, salía a relucir el tal Bobby. Algo lo atrapó ahí, fascinado con ese personaje vio documentales, leyó acerca de su vida, de su genialidad y su desvarío, de partidas que quedaron para siempre en la historia del ajedrez, y acá estaba el resultado.

Los poemas de Dupont van rodeando, asediando su objeto para intentar aprehenderlo desde la mayor cantidad de perspectivas posibles, como Cézanne pintando una y otra vez el monte Sainte-Victorie. Sus cinco poemarios instalan un espacio e intentan agotarlo. Un espacio linguístico y una escenografía pulsional: la gauchesca recargada en Pampa Trunca, el artista cachorro y el ambiente “literario” en Quique, la inmensidad helada en Nanook, la fronda carcelaria y las megafavelas en Marcola. ¿Y Bobby Fischer? En Bobby Fischer, el mundo es un tablero de ajedrez.

Cualquiera de esos libros se leen de un tirón, no por breves, no por sencillos, sino porque son como un buen disco, uno queda atrapado en la cadencia, ese loop de decir, y no puede soltar (saltar afuera), ese ir y venir que se espirala fogoneado por el viento de la risa, el no tomarse nada muy en serio, la confianza que muestra que el amor es un lento aprendizaje, que va del enamoramiento de la imagen, la pesadez del ídolo, a la altiva energía de la desilusión.

Mario Nosotti, (enero 2018)

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BOBBY FISCHER  VS. BOBBY FISCHER

 

Bobby Fischer de un lado de la mesa. Del otro,

Bobby Fischer. Uno en un sillón, el otro, en una silla.

Se miran, serios, oblicuos, frunciendo el ceño, lo dos

Bobbys. Se observan, midiéndose, escrutándose. Un

estudio minucioso que busca el anticipo, una ventaja,

algo, lo que sea, en la dura y exigente competencia.

 

Abre Bobby, el bello Bobby, con la blancas: shic:

peón c4, y desconcierta, así, a su adversario, el Bobby

de las negras. No esperaba, Bobby, el de las negras,

que el Bobby de las blancas abriera de ese modo, no:

la salida lo toma por sorpresa. “Ajá”, piensa Bobby,

el de las negras, “conque ésas tenemos. Bien, bien.

Apertura inglesa, mmm, mmm.” Y recuerda, enseguida,

las palabras de Tartakower, Savielly, el Gran Maestro:

“la más agresiva, la inglesa, de todas las aperturas”.

Un segundo, dos , tres, y estira, Bobby, el de las blancas,

la mano derecha y clac, con la palma: baja el botón.

 

(…….)

 

Está solo, Bobby, el bello Bobby Fischer, como siempre,

aunque solo con él, acompañado por él, por él mismo,

por Bobby. Un vez más, y ya van miles, Bobby juega

contra Bobby en el centro del living de su depar,

sito en Brooklyn, New York, United States of América.

 

Desparramados por el suelo, en las mesas, en las sillas,

en todas partes, libros, manuales de ajedrez, abiertos,

y novelas de espionaje, de John le Carré, que Bobby,

en los raros momentos en que no está poseído, como en

trance, por el estudio de alguna partida, gusta de leer.

 

Aquí y allá, en un lindo salpicón, latas, vacías  y estrujadas,

de Canada Dry, de Dr. Pepper, paquetes a medio consumir

de potato chips, cajas de pizza con restos de tomate

y endurecida muzarela, calzones blancos con viejas

palometas, medias inzurcibles, zapatillas malolientes,

una muñeca para inflar: el departamento de soltero

de Bobby, el mejor ajedrecista de todos los tiempos

(según Kasparov, Garry, el ruso, otro fenómeno, etc).

 

En la cocina, un clan de cucarachas a sus anchas,

gordas y vivaces, acomete maniobras entre la pila roñosa

y variopinta que compone, en la pileta, la vajilla

de Bobby. Sin embargo, a Bobby, a ambos Bobbys,

al de las blancas pero también al de las negras, todo eso,

su casa convertida en una mugrienta porqueriza, lo tiene

sin cuidado. Bobby está en otra. Su mundo, el mundo

de Bobby, es, desde siempre, un tablero de ajedrez, y ya.

 

 

Fragmentos de Bobby Fischer VS Bobby Fischer, Mariano Dupont

(Ediciones cada tanto, 2018)

Francisco Rovira

Rovira foto

 

Un día cualquiera

 

Descolgar un enunciado

y otro debajo del anterior

armando una pila

es tejer poesía.

 

 

De las cosas que se hilan

es en los trenes donde entra

más gente.

 

 

Pasan bajo tierra los trenes

como enunciados luminosos

uno tras otro trazando

su espacio. En el interior

tubos fluorescentes en fila

hacen un tren dentro del tren.

 

 

Del otro lado, sobre la tierra

la lluvia enfría las cosas,

o sea: la calle, las paredes,

los autos, los yuyos, las casas,

mientras se enfrían, evaporan

el calor que embelese a los mosquitos,

empecinados en entrar, del otro lado

de la ventana.

 

 

Mañana gris y húmeda

sobre todas las cosas: concreta.

 

 

Francisco Rovira: Villa La Angostura 1984, vive en Bahía Blanca. Los poemas presentados pertenecen a Krupoviesa (Club Hem Editores, 2017).

Fernando Gabriel Caniza

Caniza foto

 

Para encontrarse

 

Algún día, tal vez no importen

reglas virtuales de esta ciudad

algún día tendremos alternativas

al diseños colonial de las calles.

Algún día un urbanista nacido

de las entrañas de un árbol añoso

transformará en laberintos borgeanos

este bloque de líneas rectas.

Así podríamos evitar el

código de los negocios

desandar legados de virreyes

producir organismos

sinfines mutantes.

 

En una pequeña parte

del territorio, por el momento,

la clave es: salida a paso lento,

avance, retroceso, giros inesperados

sin objetivo aparente, explorar

algo nuevo en las mismas coordenadas.

Si te movés por Ballivián el destino es

Ginebra. Aunque, si la idea es seguir

hacia Liverpool, entonces llegarías

a Londres. Y al decidir un camino

recto, insólitamente, se proyecta

Dublin al sur. Pero cuando

preferís zapatear por Bauness

es mejor un giro a la izquierda

y no retroceder a Cádiz.

 

El miedo a perderse

intimida a taxistas, carteros

y guardianes del orden.

En cambio, es atrapante

para quienes deciden buscar

su propio monstruo,

en el laberinto de sus palabras.

Sin temor al desvarío

porque todos sabemos, de todo laberinto

Siempre se sale por arriba.  

 

de A nadie le importa (La Gran Nilson, 2016)

Criollo cósmico

A propósito de la esperada edición que reúne la obra de Francisco Madariaga, Música Rara se hace eco del que es probablemente el acontecimiento poético del año que termina.

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F.Madariaga, 1977.



Que sos grande, mi cuñao…

Hace años que les leo a los pibes de los talleres los palmerales de Francisco Madariaga como si les ofreciera una misa en voz alta. Su voz lo era, y la voz que sale cuando leo sus poemas, la voz de sus poemas, amado Madariaga de rojo y negro en los tembladerales de oro que me dejan sin aliento, oh criollo del vino rojo y lento, del anverso de tu propia retórica, criollo del universo que pensabas en castellano y sentías en la lengua honda de tus poemas que se escribieron con el sonido del agua de los esteros y con el gorgoteo de los gauchos a caballo y a cuchillo, y con las mujercitas «inditas, criollitas, mulatitas, purificadoras y encantadoras de jinetes y de caballos…» que me dictan las palabras para decir, para decir que fuiste este poeta milagroso, Madariaga, el más correntino, el más argentino y sudamericano y terrestre de entre todos los poetas que conocí.

Aquel Asaltante veraniego que me subiera a la grupa de un alazán a los dieciséis, y que me mantuviera atenta a sus versos desde entonces paseándome como el gentilhombre que era por los bajos de un rocanrol. Porque acaso, cuando una dice «oro en los tembladerales de oro», qué otra cosa siente más que el riff de una guitarra cayendo a las aguas y subiendo al cielo celeste una y otra vez… Qué otra cosa más que la voz ciega y lúcida de la poesía que no quiere nada más que sus versos, ninguna explicación, ningún dar cuenta de nada, Madariaga, como vos querías…

Con su obra completa en mi computadora, con sus entrevistas enturbiándome el corazón por la lucidez de su pensamiento, como si lo escuchara hablar frente a mí, me siento ante la pantalla a decir el poeta grande que sos, mi cuñao… Te tuve en la mesa de mi casa una vez, y con la segunda botella de tinto empezaste a contarme la belleza de una aparecida por los esteros de Iberá, estabas con tu mujer en mi casa y te vi crecer con esa sombra y esa luz que tenía tu cara, esa hermosura de macho correntino que se fijó para siempre en mí.

En la adolescencia entraron tus versos y nunca más se fueron, no, fueron creciendo en las olas de la poesía argentina y te colocaron en la cima para mí. Cuando me preguntan por un grande, Madariaga, les digo. Empecé hablando de vos y ahora te hablo a vos, porque un poeta de tu talla nunca muere y siempre se está tomando un mate con una. Mi maestro, aunque sé que no querrías que te nombrara así, mi maestro digo, y que la poesía lo refrende.

Diana Bellessi


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Esplendor

sobre Contradegüellos, edición crítica de la obra de Francisco Madariaga (EDUNER, dos tomos, más un cd con registros de lecturas).

Mario Nosotti
Los Inrockuptibles (diciembre, 2016).

“En América lo que hay que hacer es restregar la cara, el ánima y la sangre en los rastreos comarcales, donde se anida y espera la herramienta que hace explotar la imagen más moderna”, dice Francisco Madariaga en uno de los textos que estaban hasta ahora inéditos. Con apenas 14 días de vida, el poeta viaja con sus padres a Estancia Caimán, un paraje salvaje del norte de Corrientes que lo marcará para siempre. Su poesía rastrea esa infancia entre esteros, lagunas y palmerales, para transfigurarla  en canto que expande los designios de ese “hechizo natal”. Las voces primitivas  de los gauchos, de los desheredados y del imaginario guaraní se engarzan en la visión alucinada de un espacio alejado de cualquier pintoresquismo. Con un lenguaje nuevo, que se asume moderno y antipopular -“pero cercano a vuestros vestidos miserables”-, la voz de Madariaga es la del chamán que erige en la palabra las fuerzas absorbidas de un entorno que pone en relación dos escenarios: las llanuras esterales de corrientes y la costa del este uruguayo.
Estas fulguraciones en cadena, una cinética que acumula y devuelve espejeos, tensa el soporte de una mirada, como dice Eduardo Espina, devenida visión, donde el sujeto enunciador siempre está en vías de transformarse en otra cosa. Un discurso que hilando disrupciones puntea además una autobiografía cuyas marcas titilan en lo que se sustrae, en la sobrenaturaleza de un diamante cuidadosamente facetado.
La aparición de la obra completa de Francisco Madariaga nos devuelve el esplendor de sus libros, hoy prácticamente inhallables, que a partir de la década del cincuenta renovaron la poesía argentina. El cruce entre la tradición del siglo de oro y el surrealismo, el barroco americano y el simbolismo, las voces guaraníes y criollas, no alcanza para dar cuenta del que es sin duda uno de los registros más irreductibles de nuestra lírica.
Bajo el título de Contradegüellos, la esmerada edición de EDUNER reúne todos sus libros, textos dispersos e inéditos, en dos tomos: El tren casi fluvial , que incluye los diez primeros libros más el autobiográfico, “Sólo contra Dios no hay veneno”, y Criollo del universo, que comprende cuatro libros aparecidos en apenas un año –entre 1997 y 1998-, ambos enriquecidos con fotografías, dactilogramas, y los aportes de Diana Bellesi, Arturo Carrera, Silvia Guerra, Eduardo Espina, Reynaldo Jiménez, Silvio Mattoni y Liliana Ponce. Roxana Páez, que hace años viene trabajando la obra de Madariaga – Poéticas del espacio argentino es en ese sentido un texto insoslayable- fue la encargada de llevar adelante el proyecto (incluyendo la reunión de materiales, introducción, notas y ensayos).
La experiencia de leer a Francisco Madariaga es la de abrirse paso ante un deslumbre que poco a poco nos dobla sobre la hoja; hace falta detenerse y volver a tomar aire para poder seguir. En la  condensación, y en esa intensidad sin pausa, se plasma la imaginería que, presente desde el primer libro (El pequeño patíbulo, 1954), irá desarrollando en el resto de su obra: “Peso entero del saco de perfume de la gracia, / estoy entre la espada del paisaje y el / ladrillo caliente del olvido, / viajando con un ardor de joya y sangre”.

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Corrientes, 1967.

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Corrientes, 1967.

 

Música Rara agradece a EDUNER y a Paola Calabretta la posibilidad de difundir los textos y fotografías de esta entrada.

Lucas Soares

lucas soares foto

 

falta poco
para que nazca mi hija

tengo los ojos insomnes
del conductor que mira
el camino de todos los días

no entiendo danés
las personas que tengo delante
sólo mueven los labios

para los vecinos de arriba soy
la santiagueña embarazada

 

 

cuando Thor vuelve a su casa
se duerme mirando el maniquí
que Kenia dejó parado frente a la cama
con una peluca Marilyn
y una corona
de flores enroscada

 

 

a Lerma  le gustaba repetir:
el que pone los signos
guía

 

 

la luz solar es una extravagancia
por la que los daneses
se arrancan los ojos

por mi ventana sólo veo pasar
pinos inclinados
y fragmentos
de días lluviosos

 

 

mientras hace la cama
en la que anoche se acostó
con Kenia por última vez
la memoria de Thor caracolea
por la cabeza pelada
del maniquí en declive

 

 

a Lerma le gustaba repetir:
el que pone el bolero
domina

 

 

 

fragmentos de La sorda y el pudor (Mansalva, 2016)