el amor como acto enunciativo

Battilana foto familiar

sobre El empleo del tiempo, poesía y contingencia, Carlos Battilana

(El Ojo de Mármol, 2017)

 

Cada poeta tiene sus preguntas. Si la escritura crítica es una de las formas de la autobiografía es probable que en cada lectura se filtre algo de la búsqueda, del recorrido personal de un escritor. Y en el caso de un poeta, es probable también que una respiración, un tono, un ethos de su trabajo con los versos aparezca, seguramente transformado, quizás como mero vestigio, en la forma de abordar los temas que lo interpelan. Las preguntas que se hace Carlos Batillana (autor de varios libros de poesía y uno de los referentes descentrados de la generación de fines de los noventa, aquellos que supieron desmarcarse y llegar hasta hoy) giran alrededor de un campo conceptual cuya materia amalgamante es la fuerza del afecto, entendiendo por esto una forma de acercarse a los seres y las cosas, mesurada, más o menos distante, pero siempre cargada de una intención de  abrir, de lograr el contacto. Esa llamada genera una correspondencia que hace avanzar la escritura. El empleo del tiempo reúne por primera vez los textos que no son poemas, es decir notas, ensayos, prólogos y reseñas, dispersos hasta ahora en distintos medios.

El empleo del tiempo tapa libro

¿Cuáles son las preguntas que se hace Carlos Battilana?: cómo se hace ese tiempo que adopta un ritmo propio, ajeno a los mandatos de la mera productividad; de qué modo la poesía ingresa en una vida y qué hacen los poemas con nosotros; cómo llega ese viento que interfiere la forma de mirar lo real, que está en los intersticios de nuestras decisiones, preferencias, formas de vincularnos o movernos. La primera parte del libro, Biografía afectiva, va en busca de ese origen determinante, tan cercano y constitutivo que casi nunca se cuestiona, y del que no es fácil rastrear sus sedimentos más profundos. El cuerpo del docente que enseña literatura en la escuela media o en la universidad pública, el padre que construye con lo adverso la singular relación con uno de sus hijos, el hincha de San Lorenzo cuyo origen remonta a una radio portátil cuyos ecos el gurí iba mamando en su Paso de los libres natal, el lector de Darío, de Vallejo y Martí, poetas que son faros en la creación y en la vida, pasiones heredadas o adquiridas como el tango o el rock, en las cuales el aura de Spinetta irradia como representante de una generación.

Al margen de la aridez y extenuación de lo académico (lo académico mal entendido), Battilana va por el lado de lo conversacional, el tono de un amigo que cuenta apasionadamente una experiencia, hilando una sintaxis que dota al pensamiento de cierta ligereza, abierta a lo fortuito que suele dar sus frutos sorprendentes. En la segunda parte, Experiencias de lo transitorio, que reúne las notas y reseñas de los distintos libros, aparecen con fuerza la libertad imaginativa, las intuiciones precisas, las hipótesis más estimulantes del autor. Battilana tiene un ojo entrenado para dar con las escenas fundantes de un poeta, aquéllas que condensan su grano escritural y existencial. José Manuel Inchauspe y Estela Figueroa, autores cercanos a su imaginario poético, le sirven para inquirir  por ejemplo que se entiende por “transparencia” o por una lengua de “registro medio”. El autor de Materia prefiere los poetas no enfáticos, de recursos escasos y singulares, recurrentes “sin un hermetismo exagerado ni un coloquialismo extremo, que permite la mirada reflexiva, la digresión”. Esto se puede ver en la elección de algunos de los nombres: Liliana Ponce, Roxana Páez, Diego Colomba, Osvaldo Bossi, Edgardo Zotto, Fabian Iriarte, Ana Miravalles, Carlos Martín Eguía, Martín Rodriguez, Daniel Durand y Osvaldo Aguirre, entre otros. Battilana no esconde cómo llegó a tal libro o tal autor, qué significó para él y su escritura ese descubrimiento, es más, hace de eso el motor que contagia el anhelo de ir en busca de aquello que lo atravesó.

mario nosotti, Revista Ñ, (3/02/18)

 

Carlos Battilana: Paso de los Libres, Corrientes, 1964. Publicó los libros de poesía Unos días, La demora, El Lado ciego, Materia, Narración, Velocidad crucero, Un western del frío entre otros. Compiló y prologó Una experiencia del mundo, de César Vallejo (Excursiones, 2016). Periodista cultural y docente de Literatura Latinoamericana en la Universidad de Buenos Aires.

Battilana foto

 

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Ortiz revisitado

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Algunos libros recientes permiten retomar  el costado político y militante del poeta entrerriano, que lo llevó a China y a la URSS.

 Poco a poco, la encomiable tarea de algunos críticos especializados, está redescubriendo aspectos apenas conocidos, diluidos en el tiempo, de la obra y la figura de Juan L Ortiz. Es el caso del joven investigador Agustín Alzari, que en 2012 publicó Estas primeras tardes y otros poemas para la revolución (Editorial Serapis) y a fines del 2014 La internacional entrerriana (Editorial Municipal de Rosario). Trabajos como este –al que podrían sumarse, entre otros, la edición crítica de El Junco y la corriente de Francisco Bitar (Eduner)- tienden a sacudir esa figura un poco estática que en los últimos años amenaza empobrecer la lectura de la obra orticiana: el mito del poeta contemplativo aislado en su provincia, el asceta de las largas boquillas y los gatos. Las lecturas históricas lo habían arrinconado en el doble “poeta del paisaje”  y “poeta social” (una tensión que atraviesa sus libros sin resolverse nunca), pero  como advirtió Juan J. Saer, las verdaderas obras se resisten al juego de las caracterizaciones, siguen siendo de algún modo secretas.

Alzari se pregunta por qué entre los crecientes estudios sobre la obra de Ortiz no hubo siquiera uno que indicara que  fue en la sociabilidad del Partido Comunista Argentino  donde la misma  encontró el terreno fértil para su despegue, y donde sus poemas fueron publicados antes que en ningún otro lado y con asiduidad. Muy pronto advertirá que la respuesta se encuentra en la obra misma de Juan L, “una de las resoluciones más sutiles –y menos conocidas- que ha tenido la literatura argentina del siglo XX en referencia a la siempre tensa relación entre literatura y revolución”

En Ortiz, los aspectos biográficos ingresan al poema de modo solapado, lo que a menudo hace difícil detectarlos. Militancia y política aparecen en la formulación reiterada del anhelo de justicia social o aludiendo sucesos históricos concretos, mediante la diseminación de marcas que la frase descarga y borronea en su apertura constante. Ya en 1967 el crítico Carlos R.Giordano escribía: “La clave de su eficacia podría residir en la sorpresa que produce el descubrimiento (inevitable) de que esa evanescente  y armoniosa poesía impresionista ha deslizado también un mensaje de lucha y esperanza”. 

La historia

Cuando en octubre de 1917 estalla la revolución Rusa, en un pequeño pueblo de Entre Ríos, un joven decidido a ser poeta acusa resonancia de esos hechos: “Y vino Febrero del diecisiete, y vino Octubre del diecisiete (…) / y yo un poco, como en pantuflas, había corrido las cortinas sobre el mundo”. Como dice Bitar, no se imagina Ortiz que cuarenta años más tarde viajaría a China y a la Unión Soviética, integrando una delegación financiada por el Partido Comunista , entre los que se encontraban Bernardo Kordon, Juan José Sebrelli, Carlos Astrada, Andrés Rivera y Raúl Gonzalez Tuñon.

La idea del Ortiz retirado y bucólico se viene abajo apenas se  conocen más detalles de su itinerario: desde su juventud estuvo ligado a la izquierda, militó por la causa comunista y hasta el fin de su vida añoró el cambio social como hito imprescindible para hacer realidad el anhelo de una poesía “hecha por todos”.  Según cuenta en una entrevista que le hizo Juana Bignozzi, su despertar político aconteció en 1912, cuando a los  16 años de edad puso su “pluma” y su “encendida oratoria” en apoyo de una de las puebladas transcurridas en el marco del llamado Grito de Alcorta. “Esa participación del pueblo, ese descubrimiento antioligárquico me interesó mucho”. En 1914 viaja a Buenos Aires y a través de su amiga Salvadora Onrubia, gualeya como él, no tarda en vincularse con la flor y nata del anarquismo criollo. Tres años más tarde regresa a  Gualeguay, donde los radicales le consiguen un trabajo en el Registro Civil. Por esta  época descubre la poesía simbolista, -en especial los simbolistas belgas, que adhieren al mensaje libertario  de los anarquistas- lo que propicia una búsqueda formal que permita coexistir intereses en apariencia antagónicos (la experiencia contemplativa y el drama social).  Luego de los primeros poemas de poesía combativa y militante publicados  en diarios radicales o anarquistas como La Protesta, hacia 1914, Ortiz pasa casi quince años sin dar a conocer prácticamente nada, pero escribiendo mucho y experimentando. Recién en  1930 aparecen en la revista Claridad, de Buenos Aires, tres poemas que ya revelan su personalísima formulación estética,  dos de los cuales – “Se extasía sobre las arenas” y “Los ángeles Bailan entre la hierba”- pasarán años más tarde a formar El agua y la Noche, su primer libro, entrando así en el libro mayor que será  En el aura del sauce.

El poeta comunista

En 1935, intelectuales de izquierda y orgánicos del PCA fundan en Buenos Aires la Asociación de Intelectuales, Artistas y Periodistas. La asociación fue fundamental a la hora de vincular y dar a conocer a toda una camada de escritores y artistas del interior hasta entonces relegada. Juan L Ortiz militó en la filial de Gualeguay de la AIAPE, y en su órgano de difusión, la revista Nueva Gaceta, publicó poemas, relatos y traducciones; finalmente es bajo el sello de la AIAPE en el que en 1940 se edita su cuarto libro, La rama hacia el este. Son hitos como este los que Alzari rescata para poder dar cuenta hasta qué punto Juan L. fue leído en primer término –al contrario que ahora- bajo el signo de lo político. Cuando en 1943 Álvaro Yunque publica el libro Poetas sociales de la Argentina (1810-1943),  agrupándolos en categorías tales como “Poetas idealistas”, “Poetas anarquistas” o “Poetas de diversa inquietud”, los poemas de Ortiz aparecen en el grupo “Poetas Comunistas”, junto a nombres como los de Tuñón, Portogalo y Guerrero.

A principios de la década del treinta, Ortiz y Ema Barrandeguy crean, junto a otros comunistas gualeyos,  la Agrupación Claridad. Allí se reúnen para leer  a Marx, organizar eventos de índole cultural y partidaria, además de escribir una columna semanal en un espacio que les cede el diario radical Justicia.  En La internacional Entrerriana, Alzari se sumerge en archivos y diarios polvorientos para restituir una historia enterrada. El libro narra en clave detectivesca sucesos que causaron revuelo en Gualeguay: la cruzada que emprende el padre Quinodoz, por ese entonces párroco de la cuidad, contra los supuestos agentes de la internacional y su lucha para evitar que Ortiz y Mastronardi logren la dirección de la Biblioteca Fomento. La pesquisa arroja hallazgos increíbles, como ese del diario La voz de Entre Ríos, en el que el mismísimo José María Rosa (uno de los padres del revisionismo histórico argentino) denuncia las actividades  del “Centro Claridad” con nombres y apellidos.

Ortiz soportó la persecución de los conservadores de Gualeguay sin aspavientos y hasta con cierto humor, pero tuvo que aislarse cada vez más hasta mudarse a Paraná con su familia en 1942. Un año más tarde la AIAPE fue clausurada por la Revolución del 43, y el PCA debió pasar a la clandestinidad.

Nota: Otros libros que en los últimos años abordaron diferentes facetas del trabajo de Ortiz son: Poemas Chinostraducidos por Juan L. Ortiz, de Guadalupe Wernicke (Abeja reina, 2012)  y Poéticas del espacio argentino: Juan L. Ortiz y Francisco Madariaga, de Roxana Páez (Mansalva, 2013).

Mario Nosotti

Revista Ñ (16/05/2015)

http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/mito-poeta-contemplativo_0_1358264186.html