Diego Colomba

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Confusión

 

A poco de andar por un camino que zizaguea entre
villorrios y caseríos en ruinas

el conductor de nuestro coche de alquiler pierde la
poca paciencia que le queda.

No culpo a ese hombre de espaldas flacas: si los lazos
afectivos no me unieran a la persona que viaja a mi lado

tampoco tendría reparos en pedirle (por el bien de
todos) que se calle

pero no es justamente el caso y poco me importa lo
que piense un extraño al volante

que ha cobrado el doble de la tarifa habitual aprovechando
nuestra urgencia.

Aunque entienda que no tiene porqué mostrarse
comprensivo con un hombre de voz acatarrada

que no ha dejado de anunciar una sola curva advertido
por los carteles de la banquina

como si estuviéramos por precipitarnos en la pendiente
más pronunciada de una montaña rusa

le pido que se limite a hacer el trabajo por el que está
sentado allí adelante.

Papá entiende que sus hijos se ocupan ahora de las
vicisitudes del camino

y se olvida por un rato de las señales de tránsito: con la
cabeza volcada hacia atrás mira a través del parabrisas

un cielo que se ha poblado de raras y hermosas nubes
que lo sumen en una especie de místico arrobo.

Si duda el efecto del alcohol y las pastillas que apuró
antes del viaje acuciado por la idea de despedirse para
siempre de su padre

un tema caro en él (a un padre no se lo elige, sic) nos consta

ha incidido en la factura poética de las imágenes que
papá recoge de un camino anodino.

Es verdad que nos resulta un poco cómico su evidente
estado de gracia y largamos de vez en cuando alguna
que otra risotada

pero tanto mi hermana como yo consideramos que
ahora se esta pasando francamente de la raya

obligándonos a bajar del coche que aguarda con el
motor encendido

cuando sale del baño de la estación de servicio y
camina con el paso apurado

como un niño que sabe que está haciendo una nueva
travesura

hacia el verde sucio del trigal que se levanta detrás del
parque de camiones

y mi hermana le pide a gritos que regrese

mientras un súbito viento caluroso desparrama tierra y
pájaros negros sobre nosotros.

 

 

Diego Colomba, El largo aliento (Alción editora, 2016)

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